In memoriam

Ternura de abrazos y sábanas
que no volví a sentir.
Fuiste mi «romántico» y
te fuiste del todo.

Lloraba de celos,
reías de amor.
Me creías loca
por desear tu exclusiva.
Incumplías pactos.
Me amabas y tus
caricias calmaban mi pena.

Descubrí en mi locura
tu mentira:
eras un repartidor de mimos.

M  e     a  l e  j  é.

Con los años te busqué
y no me acerqué.
«Otro día«, pensé.

Te fuiste antes del reencuentro.
Ese «otro día» que no llegó
revive las arrugas en las sábanas.

En memoria de C.C.A.

Recital de microrrelatos 21/mayo/2022

Este sábado 21 celebramos la tercera edición del Recital de Microrrelatos. Cada vez tenemos más público y todos los asistentes están ilusionados con el proyecto.

El tema de esta edición era el Ajedrez. Tema complicado, sí. Pero con la imaginación de los participantes hemos tenido microrrelatos de todo tipo. ¡Leerlos y opinar!

Jaque mate (mático) – Autor Mi amigo el pintor calleja

Actualización: Año 2800, la Tierra.
Silencio.
Solo algunas piezas autorizadas a movimientos sistemáticos.
Tras la gran guerra entre los reinos del sur negro y el norte blanco.
 Batalla que eliminó torres, caballos fuerza tipo L y montañas de peones anónimos.
Devastación, generaciones cayeron en milimétrica batalla.
El ejército del rey blanco mermando ante la inacabable resistencia del rey negro.
Engranaje y cálculo perfecto.
Desolación sobre 64 horizontes cuadrados.
Detalles de la batalla se consultan en los registros de meta-universotecas, calmando curiosidades de meta-humanos sobre aquello llamado «vida», concepto de antepasados humanos, aquellos totalmente orgánicos que olvidaron ser parte de un sistema mayor: «naturaleza».
 Millonésimas veces, Sergei k., revisaba los archivos de la gran batalla, finalizada cuando el rey blanco vio capturada su reina y decidió rendirse, ante la última actualización del sistema que venció al humano invencible, en aquel primer duelo, eco del futuro mecánico.
Kaspárov vs Deep blue.
Jaque.
Sergei k.superado dr Frankenstein, ante su creación, la infinitamente superior Deep black.
totalitarismo metálico.
 Sergei, giga-nieto del mítico jugador ruso.
Creador del electrónico regidor del gigameta universo.
 espejo negro.
 devorador de errores.
 guillotina electrónica.
Kaspárov, agoniza.
presiona el botón «reiniciar».
Expiación de el último humano.
Jaque mate

SOBERANA CODICIA – Autora Uma Abellán

Hace poco me diagnosticaron ludopatía; una solitaria y desenfrenada enfermedad que busca dinero y excitación en el juego. Lo triste de esta historia es que apenas lo necesito; tengo una mujer hermosa y una gran familia que daría la vida por mí. Vamos, que vivo como un rey. Aunque llega una edad en la que la vida pesa poco y el riesgo consume mucho.

Aquel era un día como cualquier otro, despertar en la oscuridad del cajón y amanecer entre los desgastados muebles del comedor. Mi querida madre vestía un camisón celeste que reflejaba tonos pálidos entre los suaves movimientos de su seda. Pero había algo diferente en ella, cansancio diría, o quizás desilusión. 
Entonces, mientras me regodeaba en su presencia, vi caer algo del cielo. Era grande y brillante, y dio suficientes vueltas como para marearme. Intenté agacharme para averiguar qué era cuando me caí; mi cuerpo no está hecho para dar semejantes piruetas. Dinero, era dinero, pero para cuando quise darme cuenta ya había finalizado la partida y más de la mitad de mi familia se encontraba muerta.

El tablero – Autora Isabel Mª Rebaque

En cuanto me enteré de que había un torneo de ajedrez, no dudé en apuntarme. Me enseñó a jugar mi abuelo. De niño tenía uno de esos tableros en los que por un lado se podía jugar al ajedrez y, por el otro, a un juego del que no recuerdo el nombre. Yo era buenísimo, siempre le ganaba a él y a quién osara enfrentarse a mí. Mi abuelo intentó varias veces enseñarme el otro juego, pero a mí no me gustaba, no le encontraba la lógica, me parecía aburrido y las casillas eran muy feas. Hasta que mi abuelo se dio por vencido y me confesó que el otro juego, como yo ya sospechaba, en realidad era para tontos.
Así que aquí estoy, sentado frente al tablero esperando a mi adversario preparado para jugar la primera partida. He estado repasando las reglas y creo que lo puedo hacer bien y llegar a la final, e incluso ganar. Espero poder dedicarle la victoria a mi abuelo. Es curioso que hayan dejado el tablero al revés, con esos cuadros hacia arriba. Le daré la vuelta. No hay nada, qué extraño. Pero… ¿dónde están las ocas y los puentes?

AJEDREZ – Autora Silvia Díaz Coves.

Así empezó todo o terminó, según se mire.

Quedamos en el bar de un hotel, con la intención de hablar de lo nuestro, ya muy roto y muy desgastado para que tuviese arreglo.  

Los dos nos presentamos a la cita, tú con un traje negro (1) muy elegante, yo con un vestido blanco (2) que se me antojaba mi preferido y en una época también lo fue el tuyo.

Nos acomodamos en unos sillones, en un rinconcito bastante íntimo. Por tu mirada vi que tu estrategia sería la del ataque (3), la mía la defensa (4). Como una partida de ajedrez a la ciega (5). 

Como fui yo quien propuso el encuentro, hice la apertura (6) con un cumplido, al que respondiste sin más galantería que un –gracias-. Querías ganar esta batalla de egos y tú tenías cada palabra y movimiento ya trazado en tu cabeza.

-Una copa de vino tinto para mí-. Respondiste al camarero que nos tomaba nota. -Yo tomaré una copa de vino blanco, por favor-añadí.

Comenzamos entonces una sucesión de reproches, excusas, ataques a la descubierta (7) al estilo cafetero, (8) echándonos en cara dobles ataques (9) y la confesión de las expectativas que teníamos depositadas el uno en el otro que ninguno llegamos a cumplir. Jugadas ilegales (10) que nos hacían bajar al barro con tal de ganar algo que no vimos que en realidad perderíamos si seguíamos con esta batalla.

Fue entonces, después de un trago a tu copa,cuando dijiste –pero yo…-sin terminar la frase y dirigiendo la mirada a tus impolutos zapatos.

Sin bajar la guardia, entornando los ojos y con una sonrisa pícara, te contesté –Pieza tocada…-(11) Siempre te gustó el ajedrez y sabías a qué me refería. Volviste a dar otro trago, como si en el fondo de aquel líquido púrpura estuviesen las palabras que buscabas, cogiste aire y me dijiste que todavía me querías. Golpe bajo que me pilló desprevenida, descuidando varias piezas que fueron perdidas. Saqué fortaleza (12) Alisé mi vestido y te respondí –Yo ya no. Jaque mate-(13) –Tu error fue infravalorar el poder de mi reina-.

Teníamos un gato

Teníamos un gato, pero lo quemé. Así tal cual te lo cuento, y tú no digas nada a nadie. Me condenarían por ello.

A la edad de diez años, el tío Luis me regaló un gatito de pelaje castaño. Era mi cumpleaños y supuestamente el animalito debía ser cariñoso, como en los cuentos de la abuela Nani, ¿te acuerdas? 
Visto desde la distancia quizás solo quería jugar, pero no lo supe interpretar: buscaba en él un ronroneo pacífico, estirados en el sofá. En cambio, la fiera, sí, una fiera y no me mires así, se dedicó a morderme los pies y los brazos. Corría por mi cuerpo de arriba abajo, buscaba un enemigo invisible entre mí. En un momento poco oportuno conseguí detenerlo y mirarlo con detenimiento ¿Qué clase de bestia era? Sus ojos amarillos desprendían violencia o quizás fuera vitalidad. Sentí como si el demonio se hubiera encarnado en mi nueva mascota. Sin pensarlo mucho y, con él pataleando entre mis brazos, bajé a la cocina. No me mires así o no continuo. 
La cocina estaba desierta y sin pensar, aún, lo metí en la estufa de leña. Durante un rato intentó abrir la tapa y sus alaridos me espeluznaron. Creí vencer al diablo y por ello ganar un lugar en el cielo.
Esos aullidos me persiguieron durante el mes que pasé en cama con fiebre y pesadillas. La familia llegó a creer que enfermé por la huida del gato. ¡Me sigues mirando mal! Mejor vete… y recuerda no explicarlo nunca.

El viatge

Tindria uns sis  o set anys, no ho recorda exactament. Recorda, però,  que aquell  va ser  l’any exacte, en el qual va decidir  què volia ser de gran. Va ser durant una de les seves visites al zoològic de la ciutat, amb el seu avi. Hi anaven sovint. Els diumenges al matí, agafats de la ma, i amb el tramvia. Dins del parc, feien sempre el mateix recorregut: visitaven les gaseles, els micos, l’hipopòtam, el panda vermell, el lleó. I sempre acabaven al mateix lloc: davant de l’habitatge dels elefants. Li fascinaven els elefants. S’hi aturaven molta estona. Si tenien sort, veien les tres femelles alhora, movent-se pel recinte. I si tenien molta sort, veien l’elefant petit. A vegades s’empastifaven de fang, es mullaven amb l’aigua. Així s’hidraten, li explicava l’avi. L’elefant petit es rebolcava entremig de les femelles, les tres elefantes adultes que li feien de mare, i el cuidaven. Era un elefant orfe, de mare desconeguda, morta per algun caçador furtiu. 

La Berta, més que mirar-lo, el contemplava: A ell li agradava banyar-se, gratar-se,  dormir. A ella li agradaven la seva trompa, les seves orelles movent-se al vent, les seves potes, tan estables,  la lleugeresa del seu caminar. O quan corria!  Tenia els ulls menuts, i  una mena de somriure de cantó, graciós. 

Ells marxaven cap al mig dia. Vinga. Ja és hora d’anar a dinar, li deia l’avi, i  txino- txano sortien del parc, i agafaven de nou el tramvia de tornada a casa. Des de la mort dels pares, en accident de cotxe, feia alguns anys, la Berta vivia amb l’avi. S’entenien, s’apanyaven bé.

Un dia de setembre, molts anys més tard, la Berta realitza finalment el seu somni. Pensa en tot això, mentre espera, a l’estació de França, propera al parc, el tren que  la portarà a París. Deixa darrera una carrera brillant al departament de biologia animal de la universitat, que li ha permès demanar una beca per realitzar la tesi doctoral en el millor centre europeu especialitzat en paquiderms. 

A Paris, arriba de nit, i s’instal.la en el campus. Aviat s’acostuma a la nova vida,  al ritme de treball de la universitat. La recerca en el departament, les pràctiques, el dinar a la cantina, la xerrada amb els col.legues vinguts d’arreu del món. Porta una vida ordenada, sense estridències, que li dona seguretat.  Durant els caps de setmana fa la compra, queda amb algun company, va al cinema, passeja pels parcs. Les visites a la seva ciutat es fan, des de la mort de l’avi, cada cop menys freqüents.

La seva recerca avança. Ja només queda  el treball de camp, recollir dades que justifiquin les seves hipòtesis sobre la conducta d’aquests animals, la recerca empírica.  Li proposen treballar durant sis mesos a les Cataractes Victòria, a Zimbabwe, en el Parc Nacional Zambezi, amb 560 kms quadrats d’extensió, i una gran població de paquiderms.

No en té cap dubte. Així, doncs, el seu viatge continua.  Fa la bossa, i un vespre de juny agafa el vol cap a Zimbabwe.  Ara ja  fa algunes setmanes que està instal.lada a la reserva.  Pren dades, inspecciona, contrasta, apunta. Ajuda a reintroduir els animals, que han viscut en captivitat,  al medi natural, quan  hi estan preparats. S’hi troba bé. 

Un vespre, mentre descansa en el jeep prop d’una manada,  el veu.  Tothom li diu que no pot ser, que és un invent, una fantasia. Que no pot ser. De cap de les maneres.  Però ella n’està convençuda.  El veu.  Veu el seu elefant, ara ja adult. Majestuós, lleuger en els seus moviments, d’una gran bellesa. No en té cap dubte, tot i que  no sap el perquè del seu convenciment. La mirada, potser? El sentir-se mirada, reconeguda per ell?  Perquè ell, efectivament, la reconeix. Se separa lleugerament de la manada, aixeca la trompa, la mira. Potser reconeix la seva olor, potser recorda els seus ulls, mirant-lo en el parc molts matins de diumenge, potser algun so li resulta familiar, alguna imatge guardada en la seva llarga memòria? Seguia tenint els mateixos ulls menuts,  i el mateix somriure de cantó, graciós. 

La Berta no sap explicar ni el  com ni el perquè, però decideix que aquest és el final del seu trajecte.  S’hi quedarà. Ha trobat el  lloc, el seu.

Laura Berenguer

Parada sin nombre

Era junio cuando Carlos y su madre Adriana tomaron la decisión de irse.
Tras la muerte del marido, la viuda y su hijo vivían en un piso pequeño en la séptima planta de una vivienda social en Ciutat Meridiana. Carlos, con sus cincuenta y cuatro años y su extrema miopía, casi nunca había trabajado y Adriana, con sus casi ochenta y seis y su mísera pensión, iba perdiendo la memoria cada día más. Vivir con falta de vista, falta de memoria y tan poco dinero había hecho demasiado complicada su existencia en una gran ciudad. 
Esa tarde, sobre la mesa de la cocina débilmente iluminada había un mapa con una lupa al lado. Y cerca de la mesa, en el suelo, dos pequeñas maletas.
La mañana temprano ya estaban en el bus número 62. Sentados muy cerca uno del otro, las dos pequeñas maletas apretadas en su regazo. Toda la vida, las pocas cosas que no habían perdido u vendido, estaba ahí dentro, cerrada en dos pequeños rectángulos de piel artificial.
-¿Dónde vamos Carlos?
-Ya te lo dije varias veces, mamá. En África…. Lejos de aquí. 
Una señora sentada en frente escuchaba y miraba asombrada a la extraña pareja: los dos demasiado delgados, vestidos de forma inusual. Él con una camisa enorme, mal abrochada, pantalones cortos de golf y un par de gafas con lentes tan gruesas como el fondo de un vaso de whiskey. Ella con una falda larga de flores, una blusa de encaje ajustada, el pelo blanco muy corto y un aspecto de persona perdida en el mundo. Ambos tenían zapatos deportivos del mismo color: verde eléctrico con cordones amarillo.
Bajaron del bus para tomar el metro. Y al final, andando hasta la estación de Francia. Carlos cogía a su madre del brazo y en realidad no se entendía bien quién llevaba al otro.
-Carlos ¿adónde vamos? 
-A tomar el tren, mamá. Vamos a Sevilla y luego otro tren a Cádiz… 
-¿Y qué hacemos en Cádiz? ¿Conocemos a alguien allá? Yo no me acuerdo. 
-Mamá, ya te he mostrado el mapa varias veces. De Cádiz tomamos un bus hasta Tarifa, luego un ferry a Marruecos. Y de allá otros trenes, cruzando África hasta Zambia, hasta uno de los lugares más bellos en el mundo: las Cataratas Victoria.  
Adriana se había perdido más que nunca en las palabras de su hijo y, ocupado su asiento en el tren, cerró los ojos y empezó a soñar… Pedro, su esposo, estaba sentado con ella en la terraza de un bar, tomaban cerveza, y él era joven, hermoso, sonriente. Fumaba un cigarrillo y le decía algo que la hacía reír…
Sentado en frente a su madre, Carlos quería leer su guía de África, pero, a pesar de las lentes gruesas de sus gafas, no enfocaba bien las palabras, conque sacó la lupa del bolsillo y con gran dificultad empezó a leer. Llegaron a Sevilla tarde por la noche. Hambrientos y agotados.
-¿Dónde estamos Carlos? Tengo hambre y tengo miedo. 
-Estamos en Sevilla, mamá. No te preocupes, ahora comemos, tengo pan y queso en mi maleta. 
-¿Sevilla era la ciudad de Pedro, de tu padre, Carlos? No estoy segura, no me acuerdo. 
-Sí, mamá, era la ciudad de papá, pero yo nunca la vi. Emigró muy joven a Barcelona, tu ciudad, donde te conoció y donde yo nací.
Durmieron en un pobre hotel cerca de la estación y a la mañana siguiente se despertaron más cansados del día anterior. Tomaron un tren. Y, bajados en Cádiz, vagaron por la ciudad con las maletas en la mano. Carlos tenía la visión borrosa, sus ojos estaban inflamados, le dolían. Seguía a su madre que caminaba despacio sin saber dónde ir. Cansados se sentaron en la playa. Adriana tomaba agua de una pequeña botella de plástico y miraba el mar como si nunca lo hubiera visto antes. Arriba de una pequeña roca estaba sentado Pedro, con una mano tenía la caña de pescar y con la otra le tiraba besos. 
Carlos tenía los ojos entrecerrados, veía como olas de colores e imaginaba el continente africano al otro lado del mar. Desiertos, oasis verdes y cascadas gigantescas con nubes de vapor que se mezclan con las columnas de agua.
-Carlos, allá sentado está Pedro. ¿Lo ves? 
Carlos no contestó, las olas de colores ante sus ojos se hacían cada vez más oscuras. Bajó los párpados y pensó que con los ojos cerrados podía continuar a ver imágenes magníficas, paraísos únicos, sorprendentes…
-Cuando Pedro termine de pescar, vendrá a sentarse aquí con nosotros. Estoy feliz .
-Sí, mamá. 
Pasaron las horas, luego los días y nadie sabe si el viaje de Adriana y Carlos se acabó allí en la arena de Cádiz o si continuó hasta África, hasta las maravillas naturales de las Cataratas Victoria.

Anna LaStella

Ningún(o)

Tantos hombres y ninguno guapo. Uno con cara de pocos amigos, otro patizambo, el tercero con aspecto de ánade y el último sudaba copiosamente de pánico.

Quise seguir al pato pero iba demasiado rápido, así que me puse al lado del patizambo.

—Oye. Exactamente, ¿adónde vamos? 

—Pues no lo sé. Yo he visto a esta gente tan decidida por el camino que me he unido a ellos.

En eso que al asustadizo le fallaron las piernas y se desplomó. Corrí un poco para ayudarle a levantarse. 

—La primera vez que subí a un avión tuve miedo —me soltó sin venir a cuento.

—Pero… estamos solo andando. Por una arboleda. Por un camino.

—Cierto. También me da un poco de miedo el bosque. Uno nunca sabe qué le puede acontecer.

—¿Así, ninguno os conocéis? 

—No. El «carapato» me suena vagamente, pero quizá por ser famoso, no sé.

Seguimos caminando. Detrás nuestro venía el malcarado, con las manos en los bolsillos. Al vernos, aceleró un poco el paso para ponerse a nuestra altura..

—Lo que nos faltaba. Una mujer —dijo, ceñudo.

—¡Oye, tú! —me enfadé.

—Tampoco sabes qué hacemos aquí, ¿verdad?

—Pues no.
—Entonces cállate y anda.

Y en esas estamos. Los cuatro feos y yo. Andando hacia vete tú a saber dónde.

Igual soy el producto de la imaginación de algún escribiente enfermo, incapaz de tener ninguna idea con la que solucionar el puñetero relato al que me añadió. ¿Sabéis qué? Voy a seguir caminando con estos patanes. Desconcertada como estoy, ya ningún espanto me puede frenar.

©Enric Gisbert

De Cartón

Cuando el taxi aparcó ante la puerta del manicomio, recordé que había dejado los papeles de la custodia encima del escritorio. ¡Maldita cabeza la mía…! Súbitamente, una parvada de estorninos ruidosos levantó el vuelo y pasó en rasante por encima de nosotros. Por fortuna, aún no había bajado: las consecuencias hubiesen sido mas bien desagradables.

—¡Malditos bichos! —dijo el conductor—. ¿Ha visto? ¡Me han dejado el parabrisas perdido!

No contesté. Le pasé un billete y el taxista, un poco ofendido por mi silencio, me cobró de malos modos.

—¡Hala, venga! ¡Bajarsus!

Salí del coche y miré hacia atrás. Pude comprobar el excelente trabajo de decoración hecho por la bandada: océanos de caca por todas partes. El taxi había adquirido un bonito color “gris excremento”. 

Empecé a andar hacia el vetusto edificio. Daba miedo. O quizás era yo, sugestionado, quien sentía pavor ante la situación. Pasar a recoger al tarado de mi hermano no me apetecía lo más mínimo; supongo que a nadie le gusta compartir tiempo –ni familia– con un tipo que ha incinerado toda la fortuna familiar. ¡Jodido pirómano…!

Cuando cogí el pomo de la puerta de entrada mi instinto me dijo que algo estaba mal. No sabía qué… un pálpito… una sensación… Abrí la puerta y…

¡No-había-nada-detrás!!!

Me encontré ante un espacio abierto. Un prado, cielo azul y el bosque a lo lejos. Instintivamente me di la vuelta y miré. 

La fachada, era de cartón.

©Enric

Talleres/cápsulas de escritura

A partir del mes de abril en Barcelona Escribe iniciamos unos talleres/cápsula para trabajar y aprender lo esencial de la escritura. Estos talleres serán de una hora de duración y se realizarán el primer jueves de cada mes. El primero va a estar dedicado a los personajes.

Taller/Cápsula de escritura: creación de personajes
jueves 7 de abril de 19-20h
Adultos / Todos los niveles.

Importe del taller: 10 € / (socios gratis). Infórmate de cómo hacerte socio

Reserva tu plaza rellenado este formulario 

La creación de personajes es una de las partes del proceso de escritura de la que más disfrutan los autores. Concebir un ser desde la nada, imaginar su aspecto físico, darle rasgos morales e intelectuales.
Pero a pesar de que crear personajes puede ser la parte más divertida del trabajo de planificación que debe anteceder siempre a la escritura en sí, a menudo la creación de personajes se aborda de manera superficial o directamente errónea.
En este taller veremos lo que sí es importante tener en cuenta a la hora de abordar la creación de un personaje y señalaremos algunos errores que se suelen cometer cuando llega ese momento crucial para la concepción de una obra de ficción.

Reserva tu plaza rellenado este formulario 

Más información en el teléfono: 661 317 961

Ya somos una Asociación

Barcelona Escribe, desde enero 2022, es una ASOCIACIÓN.
—¡Ohh!, ¿una asociación de qué?
—Pues una asociación de escritores.
—¡Ahh!, ¿y para qué?
—Pues para darnos soporte entre todos desde el proceso creativo hasta la publicación del libro
—¡Uala!, ¡qué buena idea! y ¿qué tengo que hacer para hacerme socio?
—¡Ei!, ¡que bien!, te veo muy animado, pero ¿Quieres que te dé más información? Mira, te voy a explicar todo lo que te vamos a ofrecer como socio: te hacemos un informe de lectura del libro que estés escribiendo. Y, como no, correcciones ortográficas y gramaticales. Maquetamos tu libro en papel y en formato digital, hacemos reuniones entre autores y organizamos actividades como seminarios y coloquios.
—Eso es fantástico. ¿Dime qué tengo que hacer para hacerme socio?
—Veo que estas muy convencido, tienes que rellenar el siguiente formulario https://forms.gle/2QbMZ4BwRK937Wxv5
En el plazo de ocho días la Junta Directiva se pondrá en contacto contigo y te informará de los siguientes pasos a realizar.
—¿Y esto cuesta dinero?
—Sí, la cuota de socio es de 60€ anuales.
—No pierdo más el tiempo y voy a rellenar ahora mismo el formulario.
— También puedes leerte los estatutos. Ves a este enlace

Orgullosos estamos en Barcelona Escribe de haber constituido esta asociación cultural sin ánimo de lucro. Desde Enero, que la Generalitat nos dio la respuesta, hemos ido avanzando poco a poco, pero de forma sólida. Consiguiendo interacciones con otras asociaciones e iniciando nuevos proyectos.

Y en pocos meses esperamos daros más noticias buenas como esta.

Servicio de Paquetería Postal

A principios del siglo XX el matrimonio Spok, al regresar de un viaje, halló una caja ante la puerta de su casa con un sello en el que se leía: «retornar a origen».

La pareja dejó el equipaje y con el paquete entre las manos se dirigieron, a toda prisa, a la estafeta más cercana.
—¿Se puede saber la razón del retorno de este paquete?
—A ver, déjeme ver la caja —el oficial de correos la tomó en las manos y añadió—. Falta la población de destino, no se pudo entregar. ¿Cómo es que no han reclamado hasta ahora?
—Nos fuimos de viaje justo después de efectuar el envío —comentó apenado el Sr Spok.
—¿Cómo íbamos a saber que se devolvería? —añadió alterada la señora Spok.
—Si desean volver a proceder con el envío, por favor completen bien la dirección.
—¡No! Ahora ya no es necesario —respondió la mujer—. Queremos que nos devuelvan el importe del seguro.
—¿El seguro? ¿Qué seguro? —preguntó el oficial.
—Pues el que pagamos por el paquete. No se cumplió con el envío y tenemos derecho a su devolución. 
—Fueron cincuenta dólares a los que hay que añadir los intereses de los diez años —informó el marido frotándose las manos.
—Para reclamar el importe de un seguro de hace tanto tiempo deberán rellenar el siguiente impreso.
—¿Quince páginas de formulario? ¡Qué barbaridad! —objetó la mujer, miró a su marido y siguió— ¿Qué te parece si la volvemos a enviar?, ahora no sabría cómo educar a Andrea, habrá crecido mucho y no se encontrará a gusto en un sitio más amplio que la caja. Con su abuela y en una casa más pequeña quizás tenga otra oportunidad.
—¡Mozo! ¿Nos ayuda con las señas correctas? —solicitó el Sr Spok
—Evidentemente señor.

Semanas más tarde el matrimonio recibió una carta:

«Queridos Hilda y Homer,
El servicio postal de paquetería de la oficina de correos acaba de entregarme una caja llena de huesitos. De tratarse de un recuerdo de vuestro viaje por Europa lo guardaré con cariño.

Aprovecho para saludar a Andrea, bien seguro que está preciosa. Ya sabéis que me hubiera hecho mucha compañía durante vuestra ausencia.

Con cariño,

Magy Spok»

©Nuria Riera Wirth