Entrenando “des” con sacapuntas: Desacapuntas

La punta del lápiz se va desgastando mientras creo el desfile de letras, a modo de soldados, con su poco de plomo que añade algo de brillo al grafito. De vez en cuando, hay que enmendar ese gasto cuanto la parada militar se va al fondo de las pautas y las formas ensanchan el contorno y pierden su perfil afilado. Se vuelven borrosas, una especie de niebla va cayendo, escamoteando la calle por la que vamos transitando a la par. Y esa misma cabeza directora pierde agarre y resbala. En su caída, a veces se antepone, a veces se propone y otras busca un camino alternativo.

Miro la punta del lápiz. Y la veo perfecta, aunque la fila de trabajadoras ya es de dos o tres de ancho y se monten entre ellas. Mientras, vienen y van en un caos de patas y antenas y trayectorias. Y hay que recomponer esa punta roma, hay que girar a la inversa lo que está pensando para un sentido, como la escritura formal que se desanda. Se ha hecho necesario y aplicamos el des-sacapuntas que recompone el alma dentro de la madera, se restituye su espíritu. Y como un hechizo, extrae el jugo que ha ido impregnando la página. Se deshace la escritura, banal, incierta y sin forma. Ese contenido va desapareciendo mientras trabaja el ingenio, recobra con sus giros algo del plomo oxidado y redime la definición a los renglones. Trabajador y puntilloso, el desacapuntas ha terminado su aplicación como si un terremoto sujetase la hoja por los hombros, la agitase y hubiera preñado la plana.

Pero recuerdo ese escrito, como si lo hubiera atrapado en una camisa de fuerza. Por eso vuelvo sobre mis pasos con la punta nueva y se rehacen, se recrean armados, los soldaditos dan la vuelta al hotel y se vuelven, marciales, con voluntad de hacer un ciclo eterno. Salvo que no todas las letras harán las mismas palabras, son muy pocas frente al ejército del vocabulario. Algo como una sombra sobrevuela la página y corrige. Dando vueltas al retorno, el texto que se ha adueñado de la página desaparece, se reconstruye, se desanda y las hormigas suben por los dedos hacia la mano, a horcajadas en la comisura de los dedos y ahora es la mano suelta del brazo que se vuelve marioneta, son las hormigas que tiran del hilo de los músculos. Todo anda a la vez sobre su propio rastro en el papel que se ha vuelto tierra blanda o desierto cuyo paso mancha con pisadas firmes que el viento irá borrando de las dunas a su vez, otro caso, otro día, otro amor. Otra oportunidad.

Vuelvo a mirar la libreta, mientras retorno el lápiz al estuche. Con algo que perturba, está blanca, pautada y limpia. No queda nada de los pasos dados. O es un día recreado o es una página vuelta. Lo escrito queda al albur del aire, de las manos, del cerebro más viejo, más gastado. La página hollada con marcas de presión del otro lado me premia con otro lance no del todo impoluto.

Jordi Aldeguer, Clucada

Hubiese dejado de matar por ti

Llevas varias noches sin pegar ojo disfrutando de la disección. ¿Quién te habría dicho lo maravillosamente divertido que resultaba la “revisión ginecológica” a la que estás sometiendo a tu ginecóloga? Sara, totalmente agotada ante tus “biopsias”, ha terminado desmayándose, la pobre, al ver sobre la mesa su propio útero.

Recuerdas lo seca que se mostró en su última conversación por WhatsApp. Tardó horas en contestar tus mensajes y lo hizo de forma escueta y poco cariñosa, nada habitual en ella. Toda esa pasión que os habíais demostrado los últimos tres meses, cuando pensaste que podrías volver a enamorarte de nuevo, se esfumó desde que le confiesas haber estado casada y tener dos niñas. Entonces te manda el último mensaje para anular vuestra cita del fin de semana. Mucho trabajo en la consulta es la excusa que pone. No te preocupes, vamos otro día, contestas. El Liceo no se va a mover de allí. Solo cambiará la programación. Y ahí decides convertirla en otra de tus “pacientes”. 

Por la tarde llama Francis, tu hija mayor, y te vuelve a pedir dinero para salir. Entonces recuerdas que ya le habías dado 50 € hace dos días y tienes la certeza que se lo ha pateado en condones y alcohol. Sin fuerzas para discutir le dices que no te alcanza porque Vanesa, la peque, es más de porros y te ha dejado tiesa en un ataque al monedero. Rebuzna un ¡Vaya pringada!, se oye un portazo, vidrios rotos y cuelga. 

Antes de dar bocado al sándwich que te has preparado para cenar en el sofá, la doctora vuelve en sí. Tratando de escupir la mordaza que le impide gritar el dolor, mira aterrada cómo no para de bajar sangre por sus piernas. Parece que va a arrancarse los brazos estirando las cuerdas que los sujetan en alto, retorciéndose desesperada para liberarse, sin éxito. Con la intención de evadirte y relajarte un rato decides continuar con una de tus especialidades favoritas. Coges los alicates, te subes al taburete y vas a por sus uñas. El ensangrentado trapo baboso de su boca amortigua el aullido. El cuerpo desnudo empieza a dar latigazos y patadas de miedo. Estás a punto de caerte de un culetazo. Cabreada, le sueltas un puñetazo en el ojo, bajas al suelo y pinzas una costilla con la herramienta, a dos manos, con fuerza, hasta que oyes un ¡crec!. Los pechos los guardas para más tarde. Se le suelta el vientre y las heces se mezclan con la sangre. Ya fregarás mañana por la mañana, que huela su propia mierda esta noche.

A las once de la noche llama la vecina de abajo. Tiene una mancha enorme que le viene de tu piso justo en el techo del salón. Pero no es agua, es algo rojo, dice. Tienes que recoger el mejunje del suelo urgentemente. Pides disculpas, pero la mujer te grita desde la puerta airada, con desprecio y amenazas sobre los problemas que vais a tener con la factura del seguro. Suerte que Sara se ha vuelto a desmayar, casi te descubre. Coges el mocho y el cubo y te pones manos a la obra. 

Cruzas los dedos y te tomas un par de somníferos. Estás muy cansada y necesitas parar un poco. Quizás eso de enrollarte con tu ginecóloga traiga mal fario. Desde que folláis no dejan de ocurrirte infortunios, y eso que el sexo es magnífico. Bueno, era. No podrás tirártela más, lo que le estás haciendo es muy feo.

Cruzas los dedos y te tomas otro par de somníferos a pesar de que sabes que no debes abusar de ellos. Mañana será otro día, te dices a ti misma, ya llevas muchas horas seguidas. Tenéis que descansar, las dos.

Te despiertas pesada, con la sensación de haber dormido siglos. Estás haciendo tus necesidades y con el efecto de los somníferos apenas oyes el portazo: mierda, no pensaste que sería capaz de soltarse, aunque desangrándose y sin ovarios no irá muy lejos. Te vistes apresuradamente, te recoges la encrespada melena, agarras el primer cuchillo que pillas de la cocina y sales al vestíbulo pitando detrás de ella. No sea que se cruce con algún vecino.

Una lluvia de mil demonios repiquetea en la calle. Esperas que no le dé por salir; no soportas mojarte. Suena un ruido en la escalera, un par de pisos más abajo. No ha habido suerte. Al asomarte al hueco ves al viejito del segundo ayudando a Sara a levantarse. Sigue desnuda y empapada. La luz del amanecer se cuela por la claraboya y acentúa el contraste de la sangre contra el blanco de su piel pecosa. El hombre intenta cubrirla con su chaqueta.

Saltando rellanos consigues llegar hasta ellos. Un suspiro de alivio del vecino al ver tu cara, creyendo que vienes a ayudarle. Te resulta reconfortante rebanarle el cuello con el jamonero (eres muy previsora: una no lleva nunca suficientes cuchillos encima). Y respiras hondo.

La mañana empieza prometedora. Tu piso está hecho unos zorros y el viejito se dejó la puerta abierta del suyo. Sientes el olor de café recién hecho y las tostadas. Además, acababa de poner al fuego una olla de sopa. Estupendo. Continuaréis aquí mientras desayunas. Le pateas duro las costillas a Sara como venganza del susto que te ha dado. ¡Mira qué me has hecho hacer, so puta! Entonces recuerdas el nombre del vecino. Pobre Jorge…

Los arrastras hacia el piso. Al muerto por el brazo; pesa poco. A ella por el pelo. Gime, pero aún no ha podido ni quitarse el trapo de la boca. Está demasiado débil. Hace calorcito dentro. Te sientes segura. Casi feliz.

A mediodía se ha vuelto a desmayar. Como venganza por la huida la has estado despellejando encima de la mesa del comedor. Su cara lívida parece recordar el dolor. Se te acabó lo de ir tirando los tejos a cualquier macho que se te cruza, doctorcita. Sobre todo a los maridos de las clientas. Estás por dejarla viva. Con lo bellezón que era, eso sí que sería un castigo.

Entonces empiezan las dudas. Cuando termines con Sara vas a tener que dejar el piso. Es probable que alguien eche de menos al viejo. Y no tienes tiempo para esconderlo. Ella ya te da bastante trabajo. Otra vez a cambiar de ciudad. De nombre. De peinado. Qué pereza…

Por eso, cuando ya no sabes qué hacerle más para que grite, empiezas a cabrearte. Está tan agotada que se desmaya continuamente y los gritos amortiguados por la mordaza han perdido fuerza y son débiles gemidos. No quedan huesos por romper. No queda mucha piel por arrancar. No para de temblar. Seguro que está entrando en shock. Esto se acaba, amigos.

Agarras con fuerza la olla de sopa hirviendo y se la tiras por encima. Apenas reacciona arqueando débilmente el cuerpo. Qué decepción. Con el espasmo, la cabeza le ha quedado colgando en el borde de la mesa. Blandes el puchero en alto y aprovechas el peso para dejarlo caer con fuerza sobre la cara. El cuello se rompe en un satisfactorio ¡crac! 

Te quedas un rato allí, petrificada, viendo como se balancea esa cabecita que un día amaste. Tenías que joderlo todo, ¿eh, idiota? Hubiese dejado de matar por ti.

Estallaste como estalla un volcán. Sin avisar. Tus ojos no derramaron ni una lágrima. Caliente como la lava disfrutaste de tu venganza. Ahora subirás a tu casa a recoger un par de cosas y te irás de aquí. A otra ciudad. Con otro nombre. Te harás un nuevo peinado. Aunque quizás primero te eches una siesta. Estás muy cansada. Demasiada tensión acumulada.

Pilaro Gisbert de Wirth 

Huellas

Quieres acallar mi identidad,
borrando mi boca,
dejando tu huella en mi mente
y creando barreras ante los demás.

Quieres dejar tu huella en mi cuerpo,
borrando mis ojos,
acallando mi personalidad
y marginado mi sensibilidad.

Quieres borrar mis oídos,
dejando tu huella en mi alma,
acallando mi motivación
y provocando miedo.

Mi autoestima y mi silencio son míos.
Mi flor polinizada,
mi abertura al aire,
mi orgánulo celular.

Deja de acallarme,
no plantes tu huella,
ni engendres errores,
porque mi vida es mía.

©Nuria Riera Wirth

Foto de Min An 

Verdad o no

En Estados Unidos hay una ciudad llamada “Truth or Consequences”.

Pero mejor empezamos por el principio: en Estados Unidos había un programa de radio llamado “Truth or Consequences”. Si el concursante no completaba la parte de verdad tenía que aceptar las consecuencias y realizar algo estrafalario y vergonzoso. Lo que conocemos como “pagar prenda”. Añadir que los estadounidenses preferían no acertar la verdad y mostrar sus habilidades acrobáticas. El locutor, un día por allá en los años 50 del siglo pasado, decidió hacer un concurso prometiendo retransmitir desde la primera ciudad que cambiara su nombre por el del programa. Hot Springs de Nuevo México ganó.

Imagen de https://www.datosfreak.org/datos/slug/truth-or-consequences-nuevo-mexico/

Este hecho de por sí es curioso e interesante. También los habitantes de dicha ciudad: los hay de lo más variopintos. Por ejemplo, un hombre perseguido por un inspector estatal de construcción pues  acumula en el patio de su casa todo lo que encuentra abandonado en el desierto. Ya no se ve la puerta de entrada. ¿Conseguirá algún día despejar el camino de entrada o deberá aceptar las consecuencias?

También un pintor, algo mayor, quien rehabilitó una cabaña de madera. Recita poesía y vive acongojado por las patadas recibidas de su padre. Las pinta sin cesar. ¿Será cierto que lo pateaban?

O una mujer quien, después de pasar siete años fuera, regresó por la ansiedad generada al no poder visitar a su familia. Sus ingresos eran mínimos y no le alcanzaba para el viaje en un coche de alquiler -le dan pánico los aviones-. Ahora tiene un trabajo miserable. Vive deprimida y aunque no se siente prisionera, lo es. ¿Es consecuencia de la verdad?

Entre todos los habitantes de la ciudad está Sarah, una mujer de noventa años. Cuando era pequeña sufrió abusos sexuales por parte de su padre, quien acabó en prisión. Aún le duele  la ausencia de su madre en el juicio. Aquí podríamos crear una nube de dudas: “¿La madre no fue porque trabajaba?”. “¿La madre no se presentó porque tenía miedo de la justicia?”. “¿La madre se olvidó porque no la amaba?”. 

Por suerte el padre acabó en prisión. Pero los horrores no finalizaron; su hermano mayor también quería su ración de disfrute. Aquí creamos otra nube y no de dudas sino de sentimientos: “Sarah se sentía menospreciada”. “Sarah se odiaba a sí misma”. “Sarah no encontraba la protección de su madre”.

Por suerte un día conoció a Frank. Se enamoraron. Se casaron y fueron felices. Su marido era domador de tigres y juntos hacían varios números de circo. Aquí podemos crear una nube de felicidad: “Es rosa, como el amor del bueno”. “Se amaban y se apoyaban el uno en el otro”. “Frank jamás alzó la voz ni le faltó el respeto”.

Con el paso de los años llegó la vejez y con ella las enfermedades. Una de esas se llevó a Frank para siempre. Desde entonces Sarah vive sola en una caravana cerca de la naturaleza. Cada vez que lo necesita conduce hasta la ciudad para abastecerse de lo necesario. Ante el volante se siente libre al contemplar los paisajes áridos. Las arrugas del tiempo y de las experiencias de la vida la hacen bella e interesante, es una mujer agradecida por las bondades recibidas. Actualmente se dedica a disfrutar de la naturaleza, de la soledad y de los animales que cuida. Recoge perros abandonados, los atiende y los alimenta. También da de comer a una tribu de palomas. Se la ve feliz aunque de su corazón, a veces, surgen nubarrones. Aquí podríamos abrir una nube azul celeste: “Sarah respira el silencio de los animales que atiende”. “Sarah no pierde la esperanza de seguir en paz con ella misma”. “Sarah vive con la ilusión de llegar a un final junto a Frank”.

“Truth or Consequences”, el programa de radio ponía a prueba la sinceridad del concursante. Aquí te dejo, lector, que tú mismo decidas cuáles de estas historias son reales.

©Nuria Riera Wirth

Relatos mágicos

Este sábado 9 de octubre presentamos «Relatos mágicos» la nueva publicación de BCNEscribe en la galería de arte Ronda Barcelona.

«Relatos Mágicos» está escrito por Gabriel, un niño de 10 años que vive en Caracas-Venezuela, y Giannelys, su tía en Barcelona.

«Relatos Mágicos» tal como indica el título nos transmite magia y mucha imaginación a través de sus cuentos.

Conocí a Giannelys, si la memoria no me falla, hace un par de años en los encuentros de Barcelona Escribe. Por cuestiones laborales tuvo que dejar de asistir, aunque nunca perdió el contacto ni se desvinculó. Un día me envió un mensaje de WhatsApp preguntándome si deseaba ayudarla en un proyecto de escritura que había ideado con su sobrino Gabriel.

Desde su adolescencia, y con apoyo de su madre, Giannelys asistía como voluntaria a una residencia donde se encontraban niños abandonados. Desde entonces ha realizado varias actividades de esta índole. Las ultimas que realizó en Venezuela, Gabriel presenció las ayudas que organizaba con amigas: preparaban comida para repartirlas por la noche en diferentes zonas de Caracas. Hay situaciones que allá no han cambiado y no es secreto para nadie que hay personas, incluso más de lo que crees, en situación de vulnerabilidad.
A pesar de la edad que tiene Gabriel, es consciente de esto y es por eso le preguntó: «¿Tía, que podemos hacer para ganar dinero y ayudar a personas necesitadas?» Gabriel y Giannelys comparten pasión por la escritura. Así que sin pensarlo de preguntaron: ¿Por qué no buscamos a una persona que nos dé clases online, vamos creando el contenido para escribir un libro y así con las ventas, recaudamos dinero para donarlo?

Para mí fue un gran honor que contara conmigo y, a la vez, pensé en lo difícil que podría ser el proyecto: escribir un libro de relatos desde Caracas y Barcelona. También sentía la presión de tener por primera vez un escritor de diez años. Ahora, pasados estos meses de encuentros semanales, puedo decir que ese miedo desapareció en poco tiempo para convertirse en una gran experiencia. Gabo es un muchacho muy motivado e implicado y, a pesar de los problemas de conexión habidos, en ningún momento bajó su ánimo.

Os explico el proceso de escritura que hemos seguido durante estos meses. Cada miércoles nos juntábamos a través de una aplicación de videollamada. Leíamos un cuento escrito durante la semana, comentarlo para mejorar (si fuera necesario). Continuábamos con la propuesta de un ejercicio con el objetivo de abrir la mente a la creatividad, obteniendo resultados, algunas veces, sorprendentes. Y finalizábamos los noventa minutos escribiendo un nanorrelato, que viene siendo un cuento muy, muy corto.

«Relatos Mágicos» contiene en tres partes: la primera con los relatos escritos por Gabriel, la segunda por los de Giannelys y la tercera con los nanorrelatos. Los nanorrelatos se pueden considerar un esbozo, un esqueleto de un cuento a desarrollar, o dejarlo tal cual para que el lector libere su fantasía e imagine lo que no se explica.

Relatos magicos
Relatos mágicos

Con las ventas de «Relatos Mágicos» Giannelys y Gabo ayudan a quien más lo necesita: niños y niñas de Venezuela en situación vulnerable. Todas las ganancias generadas serán donadas. Y para que todo sea más trasparente se ha creado una página web donde podrás ver qué se está realizando con el dinero de las ventas.

https://gonzalezgescritura.com/index.php/resultados-de-tu-aporte/

Y el libro puedes adquirirlo en Amazon:

Gracias por tu apoyo.

Barcelona Escribe

Soñando en rojo

¿Qué clase de imbécil dijo que se sueña en blanco y negro?

Si le pillo…

Llevo una semana aquí, varado en Marte y a punto de perder la chaveta, rodeado de un rojo descomunal del que no te puedes escapar. A la que miras hacia arriba buscando un poco de oscuridad te entra el vértigo. ¡Todo ese cielo sin atmósfera duele! Debería haber soñado con viajar a Neptuno o Urano; allí son más de azules, más relajantes para la vista. Pero no. Aparecí en el puñetero Marte, con Marineris y sus puñeteros acantilados, con todas esas puñeteras piedras rojas, rojas, rojas, ¡rojaaaaaaaaasssss! 

Lo peor es que mis sueños duran mucho. De hecho tengo la impresión de que no son de verdad. Es decir, que SÍ LO SON, de que VOY a los lugares en los que me sumerjo al cerrar los ojos, de que ME OCURREN todos aquellos desvaríos en fase REM. 

Una de las cosas que me hizo sospechar fue la siesta de 15 días que me metí en el cuerpo el año pasado: mi fantasía duró exactamente lo mismo. Aquella vez pasé la mayoría del tiempo buceando en las Maldivas, detrás de peces gordos y coloridos. Alguno incluso me hizo pasar un mal rato; una barracuda furiosa salió disparada nadando hacia mí y del susto tragué agua como un imbécil. Al despertar fui al médico. No me encontraba bien. El hombre quedó alucinado: me diagnosticó pulmones encharcados y al hacer las punciones sacó ¡agua salada! Creo que incluso mi nombre salió publicado en algún almanaque de curiosidades médicas. Y el sueño era en colores, seguro. No la barracuda, es un bicho gris, feo y macilento, pero recuerdo perfectamente el color del mar, de los corales y de los peces, de los atardeceres. Incluso busqué nombres para los tipos de naranja que encontraba: zanahoria, pez payaso, fuego, calabaza, patapollo, caramelo…

Pero ya veis, esta vez Morfeo me ha llevado ni más ni menos que a Marte. Me paso el día paseando y pateando pedruscos con las manos en los bolsillos. Lo más interesante que me ha ocurrido fue que un par de días atrás tropecé con el Sojourner, el astromóvil de la Mars Pathfinder. También lo pateé, por hacer algo un poco diferente. Le fui cogiendo gusto y al final lo dejé hecho una mierda. Me quedé con las placas solares como recuerdo y después lo tiré por un barranco de unos seis quilómetros de profundidad. Pero ayer me cansé de llevar la plancha en las manos y también me deshice de ella. 

Antes me había estado persiguiendo el Zhu Rong, un Rover chino. Se pasó un par de horas detrás de mí, pero a la que me daba la vuelta, se escondía entre las rocas. Parece un trasto curioso. Supongo que se preguntaba: “¿De dónde ha salido este?”. A lo mejor ha cambiado de táctica y no se está dejando ver, no sé.

También he visto bajar un par de plataformas más. Es bonito cuando aterrizan, bueno, cuando “amartizan”, que esto no es la Tierra. Aunque de la segunda no quedó demasiado. Aquí las tormentas son un poco heavys y acabó pegándose un talegazo tremendo contra una roca. Reconozco haberme reído un buen rato. Llevo algunos trocitos en el bolsillo, a ver si vuelven conmigo cuando despierte. Hay una placa preciosa, doradita y en relieve, en la que se puede leer “Mars Clown Skills”. Me pregunto si se estarán volviendo cachondos en los programas espaciales…

… Levanto otra vez la cabeza hacia el espacio y me vuelvo a marear. ¡Mierda de rojo! Qué harto me tiene. Estoy por tirarme al barranco. En este momento debe haber unos nueve quilómetros hasta el suelo, como mínimo. Con lo alto que está seguro que me despierto antes de estamparme abajo. Intentaré tirarme de pie, no sea que me rompa la crisma al caerme de la cama.

¡Hala, mirad! ¡Ahí aparece el Zhu Rong otra vez!

Ahora lo entiendo. Se está peleando con el Curiosity. ¡Vaya bronca tienen montada! Una maraña de brazos mecánicos a golpes. Están saliendo chispas. Así, a contraluz, queda precioso. Las siluetas se recortan contra el crepúsculo azul. Sí, sí, ¡azul! ¿No lo sabíais? Aquí, cuando se pone el sol, el cielo se vuelve azul. Me lo contó una amiga, pero hasta que no lo vi no me lo creí. Aunque me parece que voy a dar un rodeo, no vaya a ser que pille.

Los americanos y los chinos, siempre a la greña. 

©Enric Gisbert

Manos

Cuando cierras las manos
se pierde el abrazo
y llegan los golpes
amortiguados.

Cuando cierras las manos
la sangre cubre el cuerpo
y el corazón se abandona
en el infinito.

Nadie bebe lágrimas
bajo un abrazo.
Es preciso las manos
para sangrar de amor.

Cuando cierras las manos
mil diablos acuden
desde tu corazón muerto
a llorar sobre mi vientre.

©Nuria Riera Wirth

Imagen de Nino Carè

Sombras

Susurrar a la oscuridad me lleva ante ti.
Gritar a la negra noche me acerca a la tumba.

Los alaridos de los sueños me llevan ante ti.
Y el cuadro pintado al aire lo encierra todo tal como una pesadilla.

©Nuria Riera Wirth

Imagen del sufrimiento de una pesadilla
Imagen de Pete Linforth 

Entre tumbas

Ana nunca fue capaz de olvidar la última vez que pisó un cementerio. De eso ya hacía mucho tiempo y se juró que jamás volvería; ni siquiera para los entierros de familiares o amigos. Pero ahora él había fallecido.

Recordaba todos los detalles de ese día. «Estaba en la bañera del hotel cuando tuvo un sueño revelador: su corazón hecho añicos aprendió a expulsar el amor de donde no debía estar. Mientras se secaba, se sintió preparada para luchar por la reconstrucción de su felicidad. Se arregló con esmero y salió a callejear por el centro de la desconocida ciudad. Llegó a un pequeño cementerio escondido entre calles estrechas. Al traspasar la entrada el barullo desapareció, el silencio vestía el lugar de elegancia y paz. Empezó a caminar despacio, se paró ante cada tumba y estudió con detenimiento el nombre y las fechas de los muertos; unas lápidas bien cuidadas, otras abandonadas e incluso algunas marcadas con una etiqueta que invitaba a llamar al responsable del cementerio. Todas la sorprendían por una u otra razón.

Adorar a los que no están o suspirar por su pérdida es algo que no acababa de comprender. “¿Hay diferencia entre la ruptura amorosa o la muerte de un ser querido? A los dos se les llora y siempre se termina por superarlo. O no.» 

En esos pensamientos estaba cuando escuchó un llanto tras el panteón donde se había detenido. Por curiosidad se acercó y encontró a una mujer mayor arrodillada con un ramo de margaritas blancas entre las manos. Su cara le resultó familiar. Decidió ayudarla a levantarse; la mujer se dejó llevar hasta un banco próximo. Una vez sentadas se miraron detenidamente. Ana se vio reflejada en el rostro de la anciana.

—¿Quién eres? —interrogó extrañada.
—Soy Ana —respondió y, ante la cara de sorpresa de su interlocutora, continuó—. Soy tú.
—¿Cómo? ¿Te burlas de mí? —preguntó.

La anciana negó con un movimiento de cabeza, Ana pensó que era una broma de la vida.
—¿Y por qué estás en un lugar desconocido para mí?
—De esta ciudad no te marcharás, te quedarás por el resto de tu vida. O casi.

No le gustó que le hablara de su porvenir, aunque fuera ella misma. Era como estropear las sorpresas del futuro.
Cuando salgas del cementerio irás a contemplar la puesta de sol y allá te reencontraras con tu amor, el de toda la vida.

—¿Cómo? Él no sabe que estoy aquí y precisamente he venido a olvidarlo —protestó enfadada—. No me ama y hasta ahora no he sido capaz de comprenderlo. Muchos años le he llevado en mi corazón, a la espera de una señal, una palabra y nunca…
—Eso es lo que tú crees —la cortó la anciana—. Tranquila, lo irás entendiendo con el tiempo. Su forma de mostrar amor es distinta a la que esperas porque ambos aprendisteis a amar de diferente manera.

Ana no quería seguir con la conversación y se marchó sin despedirse. “¡Y creer que era mi yo del futuro! Demasiadas novelas.” Solo para demostrarse a sí misma que todo era falso, se dirigió al paseo marítimo hasta llegar al mirador desde donde las parejas de enamorados contemplaban la puesta de sol.

Con lágrimas tristes nublando el horizonte lloró desconsoladamente sintiéndose sola y notando que su corazón seguía roto. Sabía que se engañaba a sí misma al intentar no amarlo. El sol desapareció y se secó los ojos. Al levantarse le vio, guapo, como siempre, y con esa mirada que llegaba al alma; la misma desde que se conocieron. En su mano llevaba un ramo de margaritas blancas.

¿Aceptas mi amistad incondicional para el resto de nuestras vidas? —preguntó él.
El camino de líneas tortuosas del corazón de Ana desapareció. Sonrió y le tendió la mano.»

Estuvieron juntos hasta que él se marchó para siempre y ella, con un ramo de margaritas blancas, volvió al cementerio.

©Nuria Riera Wirth

Ramo de margaritas

OTROS, NADIE Y DESPUÉS… YO

—¿Recuerdas el viaje que hicimos a Creta? Sería maravilloso volver— Decía mi esposa, mientras yo tomaba un sorbo de café.

—Ah sí, estuvo bien—respondí de forma monótona, mientras leía el diario.

—¿De qué sirve hablar contigo? ¡PREFIERO CHARLAR CON LA PARED!—Luego se levantó y golpeó con furia, la silla del comedor. Acto seguido, se marchó dando un portazo.

Ya estoy acostumbrado a este escenario, menciona viajes con un toque de vieja gloria y después, se enfada al ver mi indiferencia. Siento que esta vida no me pertenece y me siento estancado. El vacío se convirtió en mi fiel amante y la rutina se convirtió en su cómplice. ¿Dónde está la respuesta, a este sinsentido? Mi vida se convirtió en un bucle inundado de mierda. Intento buscar otra manera de vivir, pero no logro conseguirla.

Dejé a un lado el existencialismo mañanero, para tomar una ducha e irme rumbo al trabajo. Creí que la espuma de afeitar, se llevaría todo lo malo; al contrario, esta le brindó fuerzas para alterar la tranquilidad que me caracterizaba. No obstante, la voz de mi asistente me devolvió a la realidad.

—Sr. Parra, tiene una reunión a las 14:00hrs con los accionistas—Asentí con la cabeza y me levanté de la silla para ir a la sala de juntas.

Mientras los accionistas exponían sus propuestas para explorar nuevos negocios, un  móvil empezó a sonar de la nada.

—¡PARRA, NO ME DIGA QUE SU ESPOSA ESTÁ ENFERMA OTRA VEZ! —Gritó uno de mis colegas en tono arrogante, pensando que era mi móvil.

—Esther, mi asistente, es la que lleva mi móvil. Si hay una esposa enferma de celos, esa es la suya Riera—Los asistentes rieron con disimulo, mientras que Riera revisaba su americana y sus pantalones, buscando su móvil. El ruido no lo dejaba pensar y al final, vio que su portafolio vibraba con desesperación. Ahí estaba, tenía siete llamadas perdidas de ya sabemos quién. Su rostro estaba tan rojo de vergüenza y furia, que decidió salir.

Mientras Riera solucionaba sus problemas de faldas, yo me dispuse a cerrar el trato con los accionistas. Decidimos invertir en un negocio lucrativo y vivaz, que sería de gran ayuda para la gente. Queríamos celebrar nuestro éxito por todo lo alto, así que decidimos ir al bar de siempre. Todos ordenamos birras de diferentes variedades, comimos y bebimos hasta perder la conciencia. Mis colegas me vieron tan ebrio, que decidieron llevarme a otro lugar. Lo último que pude recordar era un olor dulce, similar al perfume de mujer.

Y ahora estoy, en una sala rodeado de hombres iguales a mí, cuando río ellos me acompañan, al llorar simpatizan con mi dolor. Aunque tenemos los mismos rasgos, la vestimenta es distinta. El primer hombre llevaba un traje elegante, el segundo tenía un atuendo veraniego y el tercero parecía un profesor universitario mal pagado. Todos tenían expresiones sospechosas ¿Acaso tenían algo que esconder? Decidí hablar con ellos, para saber un poco sobre mis enigmáticos acompañantes.

—¿Y tú, qué haces aquí? —Le pregunté al segundo hombre, ya que su estilo no era de fiar.

—Soy Luis Parra, dejé la universidad y ahora soy campeón de surf—respondió con un aire de superioridad, propio de los jóvenes.

—¡No es posible! ¡TENEMOS EL MISMO NOMBRE!—Sin dar crédito a lo que escuché, dirigí la mirada al tercer hombre. Transmite un aura de sensatez, quizás me brinde una respuesta coherente.

—¡Vaya, que yo también me llamo Luis Parra! Pero no abandoné la universidad, ahora soy docente de física en la Universidad de Granada. Estoy preparando un doctorado en Alemania e iré con mi chica, ya que le hace ilusión comprar un piso allá—. El tercer fulano, también me había robado el nombre. Luego, vi de reojo al primer hombre y…

—No me digas, ¿también te llamas Luis Parra?—Deduje en tono de burla.

—En efecto, pero mi profesión es diferente a la de vosotros. Cambié la ingeniería civil por la economía y ahora soy accionista de BetterLife, una multinacional dedicada a mejorar los servicios sanitarios de Europa.

—¡HOSTIA PUTA, TENEMOS LA MISMA PROFESIÓN!—Asustado, empecé a gritarles.

—¿QUIENES SON, QUE QUIEREN DE MÍ?—Perdí la calma mientras chocaba con objetos al azar.

—¡SOMOS TÚ Y NADIE A LA VEZ!—Gritaron al unísono mientras reían como locos. Estaba tan asustado con estos clones baratos, que resbalé y me caí al suelo. Intenté levantarme pero había algo viscoso con aroma metálico, que no me dejaba ir. De repente, las luces se encendieron.

En medio de la cruda, escuché gritos desesperados, sirenas de ambulancia y personas revisando el lugar. Una de las luces empezó a moverse sin cesar, reflejando mi rostro manchado de rojo ¿sangre o vino tinto? Tomé una de las manchas con el dedo índice y me la llevé a la nariz ¡ERA SANGRE! Comencé a revisarme el cuerpo buscando heridas, pero no sentía dolor.

Luego, me di cuenta que estaba rodeado de espejos con miradas perturbadoras, eran las mías. Grité hasta quedarme sin voz y las luces se reunieron en el lugar donde estaba. Toda la sala estaba inundada de sangre y a unos pocos pasos, yacía el cuerpo inerte de lo que parecía una mujer.

Debido a la conmoción, tuve que ir a gatas para distinguir mejor el cadáver y entonces descubrí, que no quedaban cosas que esconder, excepto que ya era demasiado tarde para cambiar mi relación sentimental. No podía deshacer lo que había hecho y en mi defensa, las soluciones ortodoxas para mis problemas personales, estaban fuera de discusión. Al fin y al cabo, había robado lo más importante: el corazón ensangrentado, de la mujer que más amaba.