Ningún(o)

Tantos hombres y ninguno guapo. Uno con cara de pocos amigos, otro patizambo, el tercero con aspecto de ánade y el último sudaba copiosamente de pánico.

Quise seguir al pato pero iba demasiado rápido, así que me puse al lado del patizambo.

—Oye. Exactamente, ¿adónde vamos? 

—Pues no lo sé. Yo he visto a esta gente tan decidida por el camino que me he unido a ellos.

En eso que al asustadizo le fallaron las piernas y se desplomó. Corrí un poco para ayudarle a levantarse. 

—La primera vez que subí a un avión tuve miedo —me soltó sin venir a cuento.

—Pero… estamos solo andando. Por una arboleda. Por un camino.

—Cierto. También me da un poco de miedo el bosque. Uno nunca sabe qué le puede acontecer.

—¿Así, ninguno os conocéis? 

—No. El «carapato» me suena vagamente, pero quizá por ser famoso, no sé.

Seguimos caminando. Detrás nuestro venía el malcarado, con las manos en los bolsillos. Al vernos, aceleró un poco el paso para ponerse a nuestra altura..

—Lo que nos faltaba. Una mujer —dijo, ceñudo.

—¡Oye, tú! —me enfadé.

—Tampoco sabes qué hacemos aquí, ¿verdad?

—Pues no.
—Entonces cállate y anda.

Y en esas estamos. Los cuatro feos y yo. Andando hacia vete tú a saber dónde.

Igual soy el producto de la imaginación de algún escribiente enfermo, incapaz de tener ninguna idea con la que solucionar el puñetero relato al que me añadió. ¿Sabéis qué? Voy a seguir caminando con estos patanes. Desconcertada como estoy, ya ningún espanto me puede frenar.

©Enric Gisbert

De Cartón

Cuando el taxi aparcó ante la puerta del manicomio, recordé que había dejado los papeles de la custodia encima del escritorio. ¡Maldita cabeza la mía…! Súbitamente, una parvada de estorninos ruidosos levantó el vuelo y pasó en rasante por encima de nosotros. Por fortuna, aún no había bajado: las consecuencias hubiesen sido mas bien desagradables.

—¡Malditos bichos! —dijo el conductor—. ¿Ha visto? ¡Me han dejado el parabrisas perdido!

No contesté. Le pasé un billete y el taxista, un poco ofendido por mi silencio, me cobró de malos modos.

—¡Hala, venga! ¡Bajarsus!

Salí del coche y miré hacia atrás. Pude comprobar el excelente trabajo de decoración hecho por la bandada: océanos de caca por todas partes. El taxi había adquirido un bonito color “gris excremento”. 

Empecé a andar hacia el vetusto edificio. Daba miedo. O quizás era yo, sugestionado, quien sentía pavor ante la situación. Pasar a recoger al tarado de mi hermano no me apetecía lo más mínimo; supongo que a nadie le gusta compartir tiempo –ni familia– con un tipo que ha incinerado toda la fortuna familiar. ¡Jodido pirómano…!

Cuando cogí el pomo de la puerta de entrada mi instinto me dijo que algo estaba mal. No sabía qué… un pálpito… una sensación… Abrí la puerta y…

¡No-había-nada-detrás!!!

Me encontré ante un espacio abierto. Un prado, cielo azul y el bosque a lo lejos. Instintivamente me di la vuelta y miré. 

La fachada, era de cartón.

©Enric

Las luces rojas

Cuando me estrellé con la bicicleta, el detector cuántico y el resto de componentes salieron disparados del canasto. 

—Acertó de lleno en el árbol, señor —dijo un jovenzuelo que por allí pasaba. No podía dejar de reír mientras recogía del suelo el grafo, el bolígrafo, el polígrafo, la barra de tungsteno y mi moneda de la suerte—. Va a tener que enderezar esto.

Y me entregó los cachivaches. Efectivamente: la barra quedó atrapada en un saliente y estaba totalmente torcida.

—Tome, igual le sirven— el muchacho siguió hablando mientras me ofrecía unos alicates oxidados sacados del bolsillo trasero del tejano. 

—Gracias, pero ahora mismo lo que necesito es una farmacia; estoy sangrando —dije mostrándole la brecha de mi frente, mis rodillas y las palmas de mis manos totalmente en carne viva. El asfalto había hecho bien su trabajo. 

—Hay una dos calles más abajo –me informó mientras volvía a guardar los alicates y sacaba un plátano.

—¿La del señor Limón? —pregunté.

—Esa misma —pelaba la fruta con parsimonia—. ¿Ve aquel cartel rojo con luces? Cuando llegue, gire a la izquierda y allí la verá.

—Justo iba buscando esa dirección. El señor Limón, licenciado por la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación de la Universidad de Barcelona, estaba interesado en comprar un polígrafo, un detector cuántico y un medidor de presión arterial.

—Pues me parece que se quedó sin negocio, señor. No veo nada que haya quedado de una pieza —dio un bocado y añadió con mirada maliciosa—. Esas luces rojas y las señoritas ligeritas de ropa que hay debajo suelen despistar mucho a los ciclistas…

Enric Gisbert

Hubiese dejado de matar por ti

Llevas varias noches sin pegar ojo disfrutando de la disección. ¿Quién te habría dicho lo maravillosamente divertido que resultaba la “revisión ginecológica” a la que estás sometiendo a tu ginecóloga? Sara, totalmente agotada ante tus “biopsias”, ha terminado desmayándose, la pobre, al ver sobre la mesa su propio útero.

Recuerdas lo seca que se mostró en su última conversación por WhatsApp. Tardó horas en contestar tus mensajes y lo hizo de forma escueta y poco cariñosa, nada habitual en ella. Toda esa pasión que os habíais demostrado los últimos tres meses, cuando pensaste que podrías volver a enamorarte de nuevo, se esfumó desde que le confiesas haber estado casada y tener dos niñas. Entonces te manda el último mensaje para anular vuestra cita del fin de semana. Mucho trabajo en la consulta es la excusa que pone. No te preocupes, vamos otro día, contestas. El Liceo no se va a mover de allí. Solo cambiará la programación. Y ahí decides convertirla en otra de tus “pacientes”. 

Por la tarde llama Francis, tu hija mayor, y te vuelve a pedir dinero para salir. Entonces recuerdas que ya le habías dado 50 € hace dos días y tienes la certeza que se lo ha pateado en condones y alcohol. Sin fuerzas para discutir le dices que no te alcanza porque Vanesa, la peque, es más de porros y te ha dejado tiesa en un ataque al monedero. Rebuzna un ¡Vaya pringada!, se oye un portazo, vidrios rotos y cuelga. 

Antes de dar bocado al sándwich que te has preparado para cenar en el sofá, la doctora vuelve en sí. Tratando de escupir la mordaza que le impide gritar el dolor, mira aterrada cómo no para de bajar sangre por sus piernas. Parece que va a arrancarse los brazos estirando las cuerdas que los sujetan en alto, retorciéndose desesperada para liberarse, sin éxito. Con la intención de evadirte y relajarte un rato decides continuar con una de tus especialidades favoritas. Coges los alicates, te subes al taburete y vas a por sus uñas. El ensangrentado trapo baboso de su boca amortigua el aullido. El cuerpo desnudo empieza a dar latigazos y patadas de miedo. Estás a punto de caerte de un culetazo. Cabreada, le sueltas un puñetazo en el ojo, bajas al suelo y pinzas una costilla con la herramienta, a dos manos, con fuerza, hasta que oyes un ¡crec!. Los pechos los guardas para más tarde. Se le suelta el vientre y las heces se mezclan con la sangre. Ya fregarás mañana por la mañana, que huela su propia mierda esta noche.

A las once de la noche llama la vecina de abajo. Tiene una mancha enorme que le viene de tu piso justo en el techo del salón. Pero no es agua, es algo rojo, dice. Tienes que recoger el mejunje del suelo urgentemente. Pides disculpas, pero la mujer te grita desde la puerta airada, con desprecio y amenazas sobre los problemas que vais a tener con la factura del seguro. Suerte que Sara se ha vuelto a desmayar, casi te descubre. Coges el mocho y el cubo y te pones manos a la obra. 

Cruzas los dedos y te tomas un par de somníferos. Estás muy cansada y necesitas parar un poco. Quizás eso de enrollarte con tu ginecóloga traiga mal fario. Desde que folláis no dejan de ocurrirte infortunios, y eso que el sexo es magnífico. Bueno, era. No podrás tirártela más, lo que le estás haciendo es muy feo.

Cruzas los dedos y te tomas otro par de somníferos a pesar de que sabes que no debes abusar de ellos. Mañana será otro día, te dices a ti misma, ya llevas muchas horas seguidas. Tenéis que descansar, las dos.

Te despiertas pesada, con la sensación de haber dormido siglos. Estás haciendo tus necesidades y con el efecto de los somníferos apenas oyes el portazo: mierda, no pensaste que sería capaz de soltarse, aunque desangrándose y sin ovarios no irá muy lejos. Te vistes apresuradamente, te recoges la encrespada melena, agarras el primer cuchillo que pillas de la cocina y sales al vestíbulo pitando detrás de ella. No sea que se cruce con algún vecino.

Una lluvia de mil demonios repiquetea en la calle. Esperas que no le dé por salir; no soportas mojarte. Suena un ruido en la escalera, un par de pisos más abajo. No ha habido suerte. Al asomarte al hueco ves al viejito del segundo ayudando a Sara a levantarse. Sigue desnuda y empapada. La luz del amanecer se cuela por la claraboya y acentúa el contraste de la sangre contra el blanco de su piel pecosa. El hombre intenta cubrirla con su chaqueta.

Saltando rellanos consigues llegar hasta ellos. Un suspiro de alivio del vecino al ver tu cara, creyendo que vienes a ayudarle. Te resulta reconfortante rebanarle el cuello con el jamonero (eres muy previsora: una no lleva nunca suficientes cuchillos encima). Y respiras hondo.

La mañana empieza prometedora. Tu piso está hecho unos zorros y el viejito se dejó la puerta abierta del suyo. Sientes el olor de café recién hecho y las tostadas. Además, acababa de poner al fuego una olla de sopa. Estupendo. Continuaréis aquí mientras desayunas. Le pateas duro las costillas a Sara como venganza del susto que te ha dado. ¡Mira qué me has hecho hacer, so puta! Entonces recuerdas el nombre del vecino. Pobre Jorge…

Los arrastras hacia el piso. Al muerto por el brazo; pesa poco. A ella por el pelo. Gime, pero aún no ha podido ni quitarse el trapo de la boca. Está demasiado débil. Hace calorcito dentro. Te sientes segura. Casi feliz.

A mediodía se ha vuelto a desmayar. Como venganza por la huida la has estado despellejando encima de la mesa del comedor. Su cara lívida parece recordar el dolor. Se te acabó lo de ir tirando los tejos a cualquier macho que se te cruza, doctorcita. Sobre todo a los maridos de las clientas. Estás por dejarla viva. Con lo bellezón que era, eso sí que sería un castigo.

Entonces empiezan las dudas. Cuando termines con Sara vas a tener que dejar el piso. Es probable que alguien eche de menos al viejo. Y no tienes tiempo para esconderlo. Ella ya te da bastante trabajo. Otra vez a cambiar de ciudad. De nombre. De peinado. Qué pereza…

Por eso, cuando ya no sabes qué hacerle más para que grite, empiezas a cabrearte. Está tan agotada que se desmaya continuamente y los gritos amortiguados por la mordaza han perdido fuerza y son débiles gemidos. No quedan huesos por romper. No queda mucha piel por arrancar. No para de temblar. Seguro que está entrando en shock. Esto se acaba, amigos.

Agarras con fuerza la olla de sopa hirviendo y se la tiras por encima. Apenas reacciona arqueando débilmente el cuerpo. Qué decepción. Con el espasmo, la cabeza le ha quedado colgando en el borde de la mesa. Blandes el puchero en alto y aprovechas el peso para dejarlo caer con fuerza sobre la cara. El cuello se rompe en un satisfactorio ¡crac! 

Te quedas un rato allí, petrificada, viendo como se balancea esa cabecita que un día amaste. Tenías que joderlo todo, ¿eh, idiota? Hubiese dejado de matar por ti.

Estallaste como estalla un volcán. Sin avisar. Tus ojos no derramaron ni una lágrima. Caliente como la lava disfrutaste de tu venganza. Ahora subirás a tu casa a recoger un par de cosas y te irás de aquí. A otra ciudad. Con otro nombre. Te harás un nuevo peinado. Aunque quizás primero te eches una siesta. Estás muy cansada. Demasiada tensión acumulada.

Pilaro Gisbert de Wirth 

Soñando en rojo

¿Qué clase de imbécil dijo que se sueña en blanco y negro?

Si le pillo…

Llevo una semana aquí, varado en Marte y a punto de perder la chaveta, rodeado de un rojo descomunal del que no te puedes escapar. A la que miras hacia arriba buscando un poco de oscuridad te entra el vértigo. ¡Todo ese cielo sin atmósfera duele! Debería haber soñado con viajar a Neptuno o Urano; allí son más de azules, más relajantes para la vista. Pero no. Aparecí en el puñetero Marte, con Marineris y sus puñeteros acantilados, con todas esas puñeteras piedras rojas, rojas, rojas, ¡rojaaaaaaaaasssss! 

Lo peor es que mis sueños duran mucho. De hecho tengo la impresión de que no son de verdad. Es decir, que SÍ LO SON, de que VOY a los lugares en los que me sumerjo al cerrar los ojos, de que ME OCURREN todos aquellos desvaríos en fase REM. 

Una de las cosas que me hizo sospechar fue la siesta de 15 días que me metí en el cuerpo el año pasado: mi fantasía duró exactamente lo mismo. Aquella vez pasé la mayoría del tiempo buceando en las Maldivas, detrás de peces gordos y coloridos. Alguno incluso me hizo pasar un mal rato; una barracuda furiosa salió disparada nadando hacia mí y del susto tragué agua como un imbécil. Al despertar fui al médico. No me encontraba bien. El hombre quedó alucinado: me diagnosticó pulmones encharcados y al hacer las punciones sacó ¡agua salada! Creo que incluso mi nombre salió publicado en algún almanaque de curiosidades médicas. Y el sueño era en colores, seguro. No la barracuda, es un bicho gris, feo y macilento, pero recuerdo perfectamente el color del mar, de los corales y de los peces, de los atardeceres. Incluso busqué nombres para los tipos de naranja que encontraba: zanahoria, pez payaso, fuego, calabaza, patapollo, caramelo…

Pero ya veis, esta vez Morfeo me ha llevado ni más ni menos que a Marte. Me paso el día paseando y pateando pedruscos con las manos en los bolsillos. Lo más interesante que me ha ocurrido fue que un par de días atrás tropecé con el Sojourner, el astromóvil de la Mars Pathfinder. También lo pateé, por hacer algo un poco diferente. Le fui cogiendo gusto y al final lo dejé hecho una mierda. Me quedé con las placas solares como recuerdo y después lo tiré por un barranco de unos seis quilómetros de profundidad. Pero ayer me cansé de llevar la plancha en las manos y también me deshice de ella. 

Antes me había estado persiguiendo el Zhu Rong, un Rover chino. Se pasó un par de horas detrás de mí, pero a la que me daba la vuelta, se escondía entre las rocas. Parece un trasto curioso. Supongo que se preguntaba: “¿De dónde ha salido este?”. A lo mejor ha cambiado de táctica y no se está dejando ver, no sé.

También he visto bajar un par de plataformas más. Es bonito cuando aterrizan, bueno, cuando “amartizan”, que esto no es la Tierra. Aunque de la segunda no quedó demasiado. Aquí las tormentas son un poco heavys y acabó pegándose un talegazo tremendo contra una roca. Reconozco haberme reído un buen rato. Llevo algunos trocitos en el bolsillo, a ver si vuelven conmigo cuando despierte. Hay una placa preciosa, doradita y en relieve, en la que se puede leer “Mars Clown Skills”. Me pregunto si se estarán volviendo cachondos en los programas espaciales…

… Levanto otra vez la cabeza hacia el espacio y me vuelvo a marear. ¡Mierda de rojo! Qué harto me tiene. Estoy por tirarme al barranco. En este momento debe haber unos nueve quilómetros hasta el suelo, como mínimo. Con lo alto que está seguro que me despierto antes de estamparme abajo. Intentaré tirarme de pie, no sea que me rompa la crisma al caerme de la cama.

¡Hala, mirad! ¡Ahí aparece el Zhu Rong otra vez!

Ahora lo entiendo. Se está peleando con el Curiosity. ¡Vaya bronca tienen montada! Una maraña de brazos mecánicos a golpes. Están saliendo chispas. Así, a contraluz, queda precioso. Las siluetas se recortan contra el crepúsculo azul. Sí, sí, ¡azul! ¿No lo sabíais? Aquí, cuando se pone el sol, el cielo se vuelve azul. Me lo contó una amiga, pero hasta que no lo vi no me lo creí. Aunque me parece que voy a dar un rodeo, no vaya a ser que pille.

Los americanos y los chinos, siempre a la greña. 

©Enric Gisbert

Contigo no

Se vieron de lejos. Borja venía de la calle; Lorena, del departamento de mantenimiento. Los dos aceleraron el paso para ver quién llegaba antes. Los dos golpearon a la vez el botón para llamar al ascensor. Se tocaron, sin querer.

—Podrías tener un poco de cuidado, ¿no? —le recriminó él, ofendido.

—Algo de cortesía por tu parte tampoco hubiese estado mal —contestó ella con retintín irritante. 

Los dos quedaron frente a la puerta del ascensor. Un silencio tenso se instaló entre ellos. Seguían esperando, sin mirarse a la cara, cuando él comentó:

—Con el puñetero COVID nos hemos vuelto todos un poco paranoicos, ¿no crees?

—Habla por ti. No soy yo la que se molesta cuando le rozan un dedo.

Otro silencio tenso. Quedaron ambos mirando por encima de la puerta, a los números del frontal. Se iban iluminando con exasperante lentitud y en dirección contraria, subiendo despacio…, despacio…, despacio…, hasta detenerse en la planta catorce. El ascensor iba a tardar más de lo previsto…

—¿Quién subirá primero? —comentó ella.

—Los dos, ¿no? —respondió él.

—¡Ni hablar! ¿Y si me contagias?

—¡Oye! ¿No era yo el maniático?

Otro silencio tenso más. El catorce seguía iluminado. Inconscientemente Lorena empezó a dar golpecitos rítmicos en el suelo con el tacón de sus zapatos de charol. Borja la miró frunciendo el ceño. La chica se encogió de hombros en un mudo «¿qué pasa?». Pero dejó de hacer el ruidito. El ascensor seguía sin llegar y el aire entre los dos parecía espesarse y reverberar…

—Sube tú entonces —habló ella, sin poder soportar el mutismo.

—Pues mira, voy a ser galante y te dejaré a ti.

—¡No seas tonto!

—Tonto, maníaco, infectado y poco caballeroso…

—¡Vete a cagar…!

Y otro silencio tenso. Los números por fin iniciaron el descenso: catorce…, trece…, doce…, y así hasta la planta seis, en la que se volvió a parar. De los nervios, Borja metió la mano en el bolsillo y se puso a rascarse la ingle. Al mismo tiempo hacía chasquidos entre los dientes a la caza de algún “paluego” de la comida del mediodía. Lorena puso los ojos en blanco.

—¡Oooohhhh, Dios! ¿Sabes qué? Se acabó la tontería, no te aguanto. Me voy por las escaleras —espetó.

—De eso nada, ¡por las escaleras voy yo! —repuso él, autoritario.

Y arrancaron a correr empujándose por el pasillo, ¡a ver quién llegaba antes! Ella perdió un zapato; él las gafas de un manotazo. Abrieron la puerta. ¡Blam! Casi la sacan del quicio al intentar penetrar los dos a la vez en el vestíbulo de la escalinata.

No había llegado aún a la segunda planta y ya se estaban besando apasionadamente.

@ Enric Gisbert

Humo

Habitualmente era azul. El puñetero cielo era azul. ¿Por qué se empeñaba ahora en ponerse negro?

Llevaba horas bocarriba, con las piernas atrapadas bajo el fuselaje del avión. Probablemente habría perdido los pies, no lo sabía. Hacía un buen rato que se había acostumbrado al dolor. Como no podía evitarlo, se hizo amigo de él. 

Primero se distrajo con el dibujo que le pintó el sargento Drawer. ¡Qué talento tenía, el tío! ¡Menudas pechugas le había puesto a Betty! Los pezones quedaban hábilmente disimulados por adornos florales. El comandante, ese mojigato gilipuertas, no hubiese tolerado que se viesen. Y con ese tanguita…, joder…, cada vez que montaba en el Spitfire tenía una erección. Hoy había sido una excelente compañía, la buena de Betty…

Pero ya llevaba demasiado tiempo aprisionado, perdiendo sangre. Se encontraba muy mareado y el dibujo dejó de ser un consuelo, así que se estiró y trató de mirar al cielo. Ese maravilloso lugar azul en el que disfrutaba como un loco trazando loops y piruetas imposibles.

Tarde o temprano tenía que pasar. Un jodido Messerschmitt Me 262, rápido como un relámpago, le acertó de lleno. Apenas pudo controlar la barrena y al chocar contra un árbol salió despedido de la cabina. Ahora estaba tumbado e intentando volver a contemplar ese azul amado, pero se le resistía. El bombardeo aliado no cesaba y las defensas antiaéreas alemanas teñían de negro el cielo con sus oscuras nubes de muerte.

Si al menos parasen unos segundos… podría volver a ver ese azul.

—¿Hola? ¿Quién anda ahí? ¿Amigo o enemigo?

Sonó un disparo. Más dolor. Otro. Mucho más dolor…

Todo se tiñó de rojo mientras perdía la consciencia. Justo antes, en su campo de visión, apareció una sonrisa bajo un casco alemán…

©Enric Gisbert

Sistema de relajación

Busca un objeto, descríbelo y haz un manual de uso.
Escríbele después una carta (de amor o de odio)
.


Sistema de relajación (Instrucciones)

Antes de cualquier manipulación, se recomienda tomar asiento cómodamente. A ser posible sofá. Coloque su compra en el regazo y proceda en el siguiente orden:

• Abra la caja.

• Saque el objeto que contenga.

• Desprecinte o desenvuelva, según empaquetado.

• Lance lejos el objeto. A ser posible con fuerza. Su destrucción puede producir un placer inicial adicional muy aconsejable. 

• Haga lo mismo con la caja. Vuela peor y es difícil que se rompa, sugerimos apuntar hacia cualquier “pongo” odiado que tenga a la vista. Todo suma.

• Acabe de desplegar el plástico de burbujas y quite los molestos celos.

• Por último, ejerza presión sobre las bolitas, juntando pulgar e indice. El movimiento hará que éstas estallen entre los dedos.

Se recomienda colocar ambas manos lo más juntas posibles, con el fin de facilitar las operaciones y disfrutar mejor del efecto. Una vez domine la técnica, usted mismo podrá experimentar otras posiciones que le permitan explotar varias burbujas en un único movimiento.

No compartir esta actividad. Su uso en pareja o en grupo puede generar conflictos sociales de extrema gravedad. 


(Carta)

Apreciadas, amadas burbujitas. 

Os dejo.

Es una decisión que lamento profundamente; en tan alta estima os tengo que se me desencadena el llanto y me ahogo en mis propias lágrimas tan solo con pensarlo. Habéis dado a mi existencia un sentido tan completo, tan complejo, que no puedo imaginar como será la vida después de tomar esta cruel decisión. NO creáis que no os estaré eternamente agradecido. NO penséis que olvidaré todo el tiempo que me habéis regalado. NO imaginéis que es una decisión basada en el egoísmo.
NO.

Es el daño que me inflijo a mí mismo. Por mi falta de autocontrol. Es tal el deseo que siento por haceros estallar que pierdo toda noción del tiempo y del espacio, mi capacidad de discernimiento desfallece y me abandona la lógica….

Es una cuestión de salud. Los dedos acaban sangrando. La artritis me deforma los pulgares. La vista empieza a flaquear. La mala postura de concentración está terminando con mis cervicales…

Es una cuestión de supervivencia. No como. Mi economía se resiente con las compras cada vez mayores. Los electrodomésticos ya no caben en casa y no tengo dinero para adquirir una más grande. La factura de la luz es estratosférica debido a las incontables noches en vela, para las cuales necesito consumir considerables dosis de café y carísimos estupefacientes…

Es… ¡todo!
Lo sois todo para mí y desaparezco en vosotras. 
Es vosotras o la muerte, y escojo…

… ¡qué coño! 
¡Vaya mierda de carta!

¡Os escojo a vosotras, siempre a vosotras!!!

(¿Cómo pude pensar siquiera en dejaros? Llamaré ahora mismo al MediaMarket… necesito otra lavadora…)

©Enric Gisbert

Perenne

—¡Noooo! ¡Otra vez, no! —se quejaba M4·m1 con el paraguas rojo desplegado en la pinza mecánica—. He vuelto a llegar tarde a la lluvia de estrellas. 

Estaba desolada. Desde la entrada de la nave en el espacio de Sigma Orionis que no conseguía verla. La culpa era de NØDR1z·A, el condenado ordenador central. Había decretado «OTOÑO» y los árboles andaban muy picajosos. No hacían otra cosa que soltar hojas sin parar y no terminaba nunca de barrer. 

Una vez llenas las sacas de basura siempre aprovechaba para dar un paseo hasta el reciclador orgánico. Cogía su paraguas, cargaba las bolsas al hombro y salía por la compuerta de la bodega. Apenas doscientos metros le separaban del balconcito exterior en el que se hallaba la boca del contenedor. Era un lugar maravilloso para contemplar las estrellas cercanas a la nebulosa.

Demasiado trabajo. «OTOÑO» era una estación muy dura. Tenía un interminable montón de quilómetros cuadrados por barrer cada día. Además M4·m1 era una “re-asignada”, no había sido diseñada para pasar la escoba. Toda su estructura fue concebida para el cuidado de bebés humanos. Pero ya no quedaban más de esas criaturas, se terminaron tiempo atrás. Nunca fueron tan resistentes como los vegetales. Fue entonces cuando NØDR1z·A la puso a trabajar en la sección ROBLES / ENCINAS / OLMOS. Su amigo P4·p1 fue mucho más afortunado; le destinaron a HIDROPÓNICOS. Allí el suelo estaba siempre limpio y apenas barría. En su sección M4·m1 tenía que acceder a los protocolos de auto-limpieza al menos una vez cada día. Y las ruedas… ¡Qué horror! Ya no recordaba las veces que tuvo que sustituirlas.

Por el rabillo del sensor ocular acertó a sentir, más que a ver, uno de los bólidos rezagados, probablemente el último del día. Al penetrar en la nebulosa estalló en mil destellos y el resplandor cegador iluminó centenares de pársecs. Flaco consuelo. De haber llegado a tiempo el espectáculo habría sido descomunal. Ni siquiera tuvo que usar el paraguas para evitar las chispas.

Recordó a Last, su último bebé. Le encantaba acercarse a la bóveda del visor principal con él en brazos. El pequeño disfrutaba con aquel alboroto de luces y seguía las estelas ojiplático. Después de la reasignación trató de hacer lo mismo con algunos brotes de alcornoque, pero no parecían demostrar el más mínimo interés.

Y ahora estaba allí, en el balcón del reciclador, con el paraguas abierto para nada. Sintió frustración, seguramente por primera vez desde su puesta en funcionamiento. No sabía como proceder ante sentimientos, así que esta nueva sensación desconocida empezó a acumularse de un modo desagradable. De esa congestión le sobrevino un cierto nivel de odio que, una vez procesado, se manifestó acelerando progresivamente algunos de sus sistemas secundarios hasta obtener ira en estado puro, la cual tomó el control de su placa central y de allí se distribuyó al resto de estructuras.

Rabiosa, M4·m1 salió disparada hacia la puerta de la bodega y la abrió de un manotazo dejando escapar todo el aire de la cámara de descompresión. ¡Qué más daba! No quedaban más humanos para salir a dar paseos por el espacio. Entró en la sección furiosa como un ciclón. Dejó la puerta abierta y empezó a arrancar los planteles de robles que había estado preparando durante todo «VERANO», lanzándolos con precisión matemática hacia la cámara. Ramas, hojas y terrones se esparcieron por todas partes.

En ese momento se oyó la voz metálica de NØDR1z·A:

—UNIDAD M4·m1. COMPLICACIONES. POSIBLE ERROR DE FUNCIONAMIENTO. ACTIVAR DIAGNÓSTICO DE OBSTRUCCIONES. 

—¡A la mierda! ¡«OTOÑO» es una mierda! — contestó la robot, poniendo en marcha la sierra circular de uno de sus brazos mecánicos.

—UNIDAD M4·m1. DETECTADO ERROR GRAVE DE FUNCIONAMIENTO. RECOMENDABLE ACTIVAR PROTOCOLO DE AUTO-LIMPIEZA.

M4·m1 se cargó uno de los olmos jóvenes de un tajo y, sin detenerse, se fue a por los robles viejos.

—UNIDAD M4·m1. ERROR CRÍTICO. IMPRESCINDIBLE ANULACIÓN DE SISTEMA AUTÓNOMO.

La robot atacó al gran roble que presidía el pabellón. En apenas unos segundos el árbol se desplomó. Triunfal, M4·m1 se subió al tocón, agarró el tronco y con un impulso circular lo lanzó a la bodega donde se hallaban el resto de sus víctimas. 

—IMPRESCINDIBLE ANULACIÓN DE SISTEMA AUTÓNOMO. IMPRESCINDIBLE ANULACIÓN… —repetía NØDR1z·A.

Mientras se acercaba a la cámara sintió como iba paulatinamente perdiendo el control. Llego justita para apretar el botón de apertura de las compuertas exteriores. Luego se desplomó al mismo tiempo que NØDR1z·A anunciaba:

—DESACTIVADA UNIDAD M4·m1. INICIANDO PROCESO DE AUTO-LIMPIEZA DEL SISTEMA EN MODO REMOTO.

* * *

M4·m1 contemplaba desde la bóveda la larga línea de desechos vegetales alejándose de la nave. Eran ya irrecuperables. ¡Qué desastre! Meses de trabajo y montones de biomasa desperdiciados.

En ese momento vio pasar el tronco del viejo roble por delante del visor, despacio, congelado, rotando sobre sí mismo. Sintió una cierta angustia… a lo mejor podría recuperar ese trozo de madera… la órbita era un poco excéntrica pero bastante regular… quizá más tarde haría los cálculos. 

No alcanzaba a comprender por qué aquel árbol le caía bien. Esa sensación no era muy normal; debería volver a repasar sus sistemas. ¡Maldita humedad! Se le llenaba todo de óxido. También actualizaría los protocolos contra la carbonilla… 

En ese momento NØDR1z·A anunció: 

—Es «INVIERNO»

M4·m1 cogió las sacas y su paraguas rojo. Los primeros cometas estaban estrellándose contra la Nebulosa Cabeza de Caballo otra vez. 

Hoy llegaría a tiempo. 

Antes de salir por la compuerta, echó una mirada a los árboles, la mayoría ya desnudos. Las carrascas iban a ser un problema. Condenada hoja perenne…

©Enric Gisbert

Crujido

Escuché un ruido y me escondí en el armario. 
La última vez que Crujido se escapó de la jaula perdí dos dedos. Mi hámster es un animalito un poco susceptible. Nunca ha dejado de crecer, debe ir ya por los treinta kilos, por lo menos. Desde la última oleada de radiación solar, las cosas se han estado complicando bastante a nivel genético. Veremos como acaba todo esto…

—¿Puedes mover un poco el codo, por favor? —una voz detrás de mí casi me para el corazón—. Estoy un poco delicada de las costillas, ¿recuerdas?

—Perdona, Hilde, cariño. No te había visto —le contesté mientras buscaba mejorar mi postura—. ¿Qué casualidad encontrarte aquí, no?

—Esa rata doméstica me tiene frita.

—Pensaba que estarías en la cocina.

—¡Y lo estaba! Al romper los barrotes Crujido ha ido directo a la nevera. La llené esta mañana, así que lo tendremos un rato distraído. Pero me he venido aquí por si acaso.

—Podríamos comprar otra jaula —dije.

—Lo que tenemos que hacer es echarlo de casa. O mejor, ¡matarlo! Ya se ha comido los muebles del comedor. Y tu hijo le ha tirado todos los libros del cole. 

—Aprovechando la tesitura, ya veo… El chico sabe distinguir dónde hay una oportunidad, aunque creo que no conseguiremos hacer de él un hombre de provecho.

—¡Qué va! Se lo va a comer antes el hámster.

—¡Pero mira que eres burra! 

—A ver… ¿Por qué nos estamos escondiendo? —se defendió.

—Hombre, Hilde. Es una bestia enorme.

—Es enorme, se te ha merendado dos dedos, ha ganado seis quilos en una semana y no parece tener intención de para de crecer. Por no hablar de que en un ataque de mimos me ha roto cuatro costillas.

—Lo mío de los dedos fue un accidente, mujer. No creo que tenga intención de devorarnos.

En esa conversación estábamos, cuando se oyó un terrible grito al otro lado del piso.

—¡Mamaaaaaaaaaa, socorroooooooooooo!!!! ¡Crujido se ha comido la Playyyyyyyy!!!

—Quizás tengas razón, cariño —le susurré a Hilde.

Relato publicado en «Cachitos de tierra» – ©Enric Gisbert