In memoriam

Ternura de abrazos y sábanas
que no volví a sentir.
Fuiste mi «romántico» y
te fuiste del todo.

Lloraba de celos,
reías de amor.
Me creías loca
por desear tu exclusiva.
Incumplías pactos.
Me amabas y tus
caricias calmaban mi pena.

Descubrí en mi locura
tu mentira:
eras un repartidor de mimos.

M  e     a  l e  j  é.

Con los años te busqué
y no me acerqué.
«Otro día«, pensé.

Te fuiste antes del reencuentro.
Ese «otro día» que no llegó
revive las arrugas en las sábanas.

En memoria de C.C.A.

Teníamos un gato

Teníamos un gato, pero lo quemé. Así tal cual te lo cuento, y tú no digas nada a nadie. Me condenarían por ello.

A la edad de diez años, el tío Luis me regaló un gatito de pelaje castaño. Era mi cumpleaños y supuestamente el animalito debía ser cariñoso, como en los cuentos de la abuela Nani, ¿te acuerdas? 
Visto desde la distancia quizás solo quería jugar, pero no lo supe interpretar: buscaba en él un ronroneo pacífico, estirados en el sofá. En cambio, la fiera, sí, una fiera y no me mires así, se dedicó a morderme los pies y los brazos. Corría por mi cuerpo de arriba abajo, buscaba un enemigo invisible entre mí. En un momento poco oportuno conseguí detenerlo y mirarlo con detenimiento ¿Qué clase de bestia era? Sus ojos amarillos desprendían violencia o quizás fuera vitalidad. Sentí como si el demonio se hubiera encarnado en mi nueva mascota. Sin pensarlo mucho y, con él pataleando entre mis brazos, bajé a la cocina. No me mires así o no continuo. 
La cocina estaba desierta y sin pensar, aún, lo metí en la estufa de leña. Durante un rato intentó abrir la tapa y sus alaridos me espeluznaron. Creí vencer al diablo y por ello ganar un lugar en el cielo.
Esos aullidos me persiguieron durante el mes que pasé en cama con fiebre y pesadillas. La familia llegó a creer que enfermé por la huida del gato. ¡Me sigues mirando mal! Mejor vete… y recuerda no explicarlo nunca.

Servicio de Paquetería Postal

A principios del siglo XX el matrimonio Spok, al regresar de un viaje, halló una caja ante la puerta de su casa con un sello en el que se leía: «retornar a origen».

La pareja dejó el equipaje y con el paquete entre las manos se dirigieron, a toda prisa, a la estafeta más cercana.
—¿Se puede saber la razón del retorno de este paquete?
—A ver, déjeme ver la caja —el oficial de correos la tomó en las manos y añadió—. Falta la población de destino, no se pudo entregar. ¿Cómo es que no han reclamado hasta ahora?
—Nos fuimos de viaje justo después de efectuar el envío —comentó apenado el Sr Spok.
—¿Cómo íbamos a saber que se devolvería? —añadió alterada la señora Spok.
—Si desean volver a proceder con el envío, por favor completen bien la dirección.
—¡No! Ahora ya no es necesario —respondió la mujer—. Queremos que nos devuelvan el importe del seguro.
—¿El seguro? ¿Qué seguro? —preguntó el oficial.
—Pues el que pagamos por el paquete. No se cumplió con el envío y tenemos derecho a su devolución. 
—Fueron cincuenta dólares a los que hay que añadir los intereses de los diez años —informó el marido frotándose las manos.
—Para reclamar el importe de un seguro de hace tanto tiempo deberán rellenar el siguiente impreso.
—¿Quince páginas de formulario? ¡Qué barbaridad! —objetó la mujer, miró a su marido y siguió— ¿Qué te parece si la volvemos a enviar?, ahora no sabría cómo educar a Andrea, habrá crecido mucho y no se encontrará a gusto en un sitio más amplio que la caja. Con su abuela y en una casa más pequeña quizás tenga otra oportunidad.
—¡Mozo! ¿Nos ayuda con las señas correctas? —solicitó el Sr Spok
—Evidentemente señor.

Semanas más tarde el matrimonio recibió una carta:

«Queridos Hilda y Homer,
El servicio postal de paquetería de la oficina de correos acaba de entregarme una caja llena de huesitos. De tratarse de un recuerdo de vuestro viaje por Europa lo guardaré con cariño.

Aprovecho para saludar a Andrea, bien seguro que está preciosa. Ya sabéis que me hubiera hecho mucha compañía durante vuestra ausencia.

Con cariño,

Magy Spok»

©Nuria Riera Wirth

Severino García

La meta de Severino García consistía en ser escritor, pero no sabía escribir tres frases seguidas sin faltas de ortografía. ¿Cómo lo lograría?
Esa era la pregunta que se cuestionaba cada día camino al trabajo en una fábrica de conservas. 

Una mañana, el encargado le asignó la tarea de vaciar unos muebles viejos para venderlos. El chatarrero no quería papel y debía deshacerse de todo el que hallara. 
Severino pasó dos días llenando bolsas de basura con documentos viejos. A última hora de la segunda tarde encontró un cuaderno que le llamó la atención. Lo abrió y lo ojeó percatándose de que era una novela, escrita y olvidada, por algún antiguo trabajador. Guardó la libreta y al llegar a casa empezó a transcribirla. La historia contaba la vida de un hombre que conquistó a una mujer escribiendo un libro después de vender su alma al diablo. Le pareció un relato interesante, con misterio, algo de terror y amor.

La novela de Severino García se convirtió en un gran best seller. Firmó miles de ejemplares y también fue traducido a varios idiomas. Un día, pasados los primeros meses de éxito, la editorial le dio un adelanto para el siguiente libro. No hallaba el modo de hacerlo, pues como ya conocemos desde el principio no escribía correctamente ni tres palabras juntas. En esos pensamientos andaba mientras acariciaba el cuaderno que le dio la fama. Una nube roja surgió de él apareciéndose el diablo en persona.

–Severino, si quieres seguir siendo un escritor famoso tendrás que venderme tu alma.
–¿Puedo exigir algo?
–Sí, claro –aseguró el diablo.
–Lo haré por cien libros.

©Nuria Riera Wirth

Instante

Funámbulo en la cuerda floja 
te detienes un segundo.

Un instante bello,
sin miedo al vacío,
sin caída al infierno.
Donde el aroma a ocaso
anuncia experiencias por venir.

El público ahogado
desea una gota roja
suspendida en el espacio.
Un grito de dolor
colgado en la nada.

Desayunas café al sol,
instante hermoso de vida.
¿Un equilibrista en prensa?
No.
Los espectadores perdieron,
entre suspiros ahogados,
su momento cruel.

Acróbata de historias,
sigue gozando del instante.

©Nuria Riera Wirth

Foto de Ludvig Hedenborg

Huellas

Quieres acallar mi identidad,
borrando mi boca,
dejando tu huella en mi mente
y creando barreras ante los demás.

Quieres dejar tu huella en mi cuerpo,
borrando mis ojos,
acallando mi personalidad
y marginado mi sensibilidad.

Quieres borrar mis oídos,
dejando tu huella en mi alma,
acallando mi motivación
y provocando miedo.

Mi autoestima y mi silencio son míos.
Mi flor polinizada,
mi abertura al aire,
mi orgánulo celular.

Deja de acallarme,
no plantes tu huella,
ni engendres errores,
porque mi vida es mía.

©Nuria Riera Wirth

Foto de Min An 

Verdad o no

En Estados Unidos hay una ciudad llamada “Truth or Consequences”.

Pero mejor empezamos por el principio: en Estados Unidos había un programa de radio llamado “Truth or Consequences”. Si el concursante no completaba la parte de verdad tenía que aceptar las consecuencias y realizar algo estrafalario y vergonzoso. Lo que conocemos como “pagar prenda”. Añadir que los estadounidenses preferían no acertar la verdad y mostrar sus habilidades acrobáticas. El locutor, un día por allá en los años 50 del siglo pasado, decidió hacer un concurso prometiendo retransmitir desde la primera ciudad que cambiara su nombre por el del programa. Hot Springs de Nuevo México ganó.

Imagen de https://www.datosfreak.org/datos/slug/truth-or-consequences-nuevo-mexico/

Este hecho de por sí es curioso e interesante. También los habitantes de dicha ciudad: los hay de lo más variopintos. Por ejemplo, un hombre perseguido por un inspector estatal de construcción pues  acumula en el patio de su casa todo lo que encuentra abandonado en el desierto. Ya no se ve la puerta de entrada. ¿Conseguirá algún día despejar el camino de entrada o deberá aceptar las consecuencias?

También un pintor, algo mayor, quien rehabilitó una cabaña de madera. Recita poesía y vive acongojado por las patadas recibidas de su padre. Las pinta sin cesar. ¿Será cierto que lo pateaban?

O una mujer quien, después de pasar siete años fuera, regresó por la ansiedad generada al no poder visitar a su familia. Sus ingresos eran mínimos y no le alcanzaba para el viaje en un coche de alquiler -le dan pánico los aviones-. Ahora tiene un trabajo miserable. Vive deprimida y aunque no se siente prisionera, lo es. ¿Es consecuencia de la verdad?

Entre todos los habitantes de la ciudad está Sarah, una mujer de noventa años. Cuando era pequeña sufrió abusos sexuales por parte de su padre, quien acabó en prisión. Aún le duele  la ausencia de su madre en el juicio. Aquí podríamos crear una nube de dudas: “¿La madre no fue porque trabajaba?”. “¿La madre no se presentó porque tenía miedo de la justicia?”. “¿La madre se olvidó porque no la amaba?”. 

Por suerte el padre acabó en prisión. Pero los horrores no finalizaron; su hermano mayor también quería su ración de disfrute. Aquí creamos otra nube y no de dudas sino de sentimientos: “Sarah se sentía menospreciada”. “Sarah se odiaba a sí misma”. “Sarah no encontraba la protección de su madre”.

Por suerte un día conoció a Frank. Se enamoraron. Se casaron y fueron felices. Su marido era domador de tigres y juntos hacían varios números de circo. Aquí podemos crear una nube de felicidad: “Es rosa, como el amor del bueno”. “Se amaban y se apoyaban el uno en el otro”. “Frank jamás alzó la voz ni le faltó el respeto”.

Con el paso de los años llegó la vejez y con ella las enfermedades. Una de esas se llevó a Frank para siempre. Desde entonces Sarah vive sola en una caravana cerca de la naturaleza. Cada vez que lo necesita conduce hasta la ciudad para abastecerse de lo necesario. Ante el volante se siente libre al contemplar los paisajes áridos. Las arrugas del tiempo y de las experiencias de la vida la hacen bella e interesante, es una mujer agradecida por las bondades recibidas. Actualmente se dedica a disfrutar de la naturaleza, de la soledad y de los animales que cuida. Recoge perros abandonados, los atiende y los alimenta. También da de comer a una tribu de palomas. Se la ve feliz aunque de su corazón, a veces, surgen nubarrones. Aquí podríamos abrir una nube azul celeste: “Sarah respira el silencio de los animales que atiende”. “Sarah no pierde la esperanza de seguir en paz con ella misma”. “Sarah vive con la ilusión de llegar a un final junto a Frank”.

“Truth or Consequences”, el programa de radio ponía a prueba la sinceridad del concursante. Aquí te dejo, lector, que tú mismo decidas cuáles de estas historias son reales.

©Nuria Riera Wirth

Manos

Cuando cierras las manos
se pierde el abrazo
y llegan los golpes
amortiguados.

Cuando cierras las manos
la sangre cubre el cuerpo
y el corazón se abandona
en el infinito.

Nadie bebe lágrimas
bajo un abrazo.
Es preciso las manos
para sangrar de amor.

Cuando cierras las manos
mil diablos acuden
desde tu corazón muerto
a llorar sobre mi vientre.

©Nuria Riera Wirth

Imagen de Nino Carè

Sombras

Susurrar a la oscuridad me lleva ante ti.
Gritar a la negra noche me acerca a la tumba.

Los alaridos de los sueños me llevan ante ti.
Y el cuadro pintado al aire lo encierra todo tal como una pesadilla.

©Nuria Riera Wirth

Imagen del sufrimiento de una pesadilla
Imagen de Pete Linforth 

Entre tumbas

Ana nunca fue capaz de olvidar la última vez que pisó un cementerio. De eso ya hacía mucho tiempo y se juró que jamás volvería; ni siquiera para los entierros de familiares o amigos. Pero ahora él había fallecido.

Recordaba todos los detalles de ese día. «Estaba en la bañera del hotel cuando tuvo un sueño revelador: su corazón hecho añicos aprendió a expulsar el amor de donde no debía estar. Mientras se secaba, se sintió preparada para luchar por la reconstrucción de su felicidad. Se arregló con esmero y salió a callejear por el centro de la desconocida ciudad. Llegó a un pequeño cementerio escondido entre calles estrechas. Al traspasar la entrada el barullo desapareció, el silencio vestía el lugar de elegancia y paz. Empezó a caminar despacio, se paró ante cada tumba y estudió con detenimiento el nombre y las fechas de los muertos; unas lápidas bien cuidadas, otras abandonadas e incluso algunas marcadas con una etiqueta que invitaba a llamar al responsable del cementerio. Todas la sorprendían por una u otra razón.

Adorar a los que no están o suspirar por su pérdida es algo que no acababa de comprender. “¿Hay diferencia entre la ruptura amorosa o la muerte de un ser querido? A los dos se les llora y siempre se termina por superarlo. O no.» 

En esos pensamientos estaba cuando escuchó un llanto tras el panteón donde se había detenido. Por curiosidad se acercó y encontró a una mujer mayor arrodillada con un ramo de margaritas blancas entre las manos. Su cara le resultó familiar. Decidió ayudarla a levantarse; la mujer se dejó llevar hasta un banco próximo. Una vez sentadas se miraron detenidamente. Ana se vio reflejada en el rostro de la anciana.

—¿Quién eres? —interrogó extrañada.
—Soy Ana —respondió y, ante la cara de sorpresa de su interlocutora, continuó—. Soy tú.
—¿Cómo? ¿Te burlas de mí? —preguntó.

La anciana negó con un movimiento de cabeza, Ana pensó que era una broma de la vida.
—¿Y por qué estás en un lugar desconocido para mí?
—De esta ciudad no te marcharás, te quedarás por el resto de tu vida. O casi.

No le gustó que le hablara de su porvenir, aunque fuera ella misma. Era como estropear las sorpresas del futuro.
Cuando salgas del cementerio irás a contemplar la puesta de sol y allá te reencontraras con tu amor, el de toda la vida.

—¿Cómo? Él no sabe que estoy aquí y precisamente he venido a olvidarlo —protestó enfadada—. No me ama y hasta ahora no he sido capaz de comprenderlo. Muchos años le he llevado en mi corazón, a la espera de una señal, una palabra y nunca…
—Eso es lo que tú crees —la cortó la anciana—. Tranquila, lo irás entendiendo con el tiempo. Su forma de mostrar amor es distinta a la que esperas porque ambos aprendisteis a amar de diferente manera.

Ana no quería seguir con la conversación y se marchó sin despedirse. “¡Y creer que era mi yo del futuro! Demasiadas novelas.” Solo para demostrarse a sí misma que todo era falso, se dirigió al paseo marítimo hasta llegar al mirador desde donde las parejas de enamorados contemplaban la puesta de sol.

Con lágrimas tristes nublando el horizonte lloró desconsoladamente sintiéndose sola y notando que su corazón seguía roto. Sabía que se engañaba a sí misma al intentar no amarlo. El sol desapareció y se secó los ojos. Al levantarse le vio, guapo, como siempre, y con esa mirada que llegaba al alma; la misma desde que se conocieron. En su mano llevaba un ramo de margaritas blancas.

¿Aceptas mi amistad incondicional para el resto de nuestras vidas? —preguntó él.
El camino de líneas tortuosas del corazón de Ana desapareció. Sonrió y le tendió la mano.»

Estuvieron juntos hasta que él se marchó para siempre y ella, con un ramo de margaritas blancas, volvió al cementerio.

©Nuria Riera Wirth

Ramo de margaritas