Jaume crece y no crece

Jaume niño levantó la carita, ya demacrada. La cara de un adulto. La barbilla salida, igual que su padre. Los labios inexistentes, igual que su madre.
Iba a la escuela del barrio, solo. De vuelta a casa, los deberes, solo. Los juegos en casa, solo.

“No pongas los codos en la mesa; ponlos detrás de la espalda. Por respeto.”

“No te muerdas las uñas y, si te las muerdes, que yo no lo vea.”

Jaume no creció mucho: las piernas se le quedaron cortas. Los brazos, las manos y los dedos, por contra, eran largos y sensibles.

Como para tocar la guitarra. Y no sé cómo, una le cayó en las manos.

“No cojas la guitarra, que tienes que estudiar.”

“¿Por qué no sales con amigos?”
“¿No sales con chicas?”
“¿Ya te vas?”
“¡No te vayas!”

Con esas frases de siempre, Jaume comprendió que su madre pálida se iba. Primero de la cabeza, después en cuerpo y alma.

La despidieron padre e hijo en el cementerio. Se diría que Jaume se hizo hombre en aquel instante. Había cursado estudios de contabilidad y le tocaba trabajar. Ya no cobrarían la pensión que recibe la mujer por ser la mujer de… y por haberse ido de la cabeza.

Así que, hecho un hombre, se dispuso a revisar todos los gestos aprendidos en su soledad en la escuela de sus padres:
Sonaban en su mente: No salgas. ¿A dónde vas?

Si no fuera por las chicas, no habría salido de casa más que para trabajar. Las chicas… Aquello era superior a él; cuando el padre dormía, él salía por el casc antic a ver a las mujeres que entraban en el Liceo. También a las busconas y a alguna que otra chica joven que salía del cine.

Sólo las veía a ellas, no a sus acompañantes.

De vuelta a casa, sentía la presencia de una de ellas. Se diría que se la llevaba al piso.

“Sh, no hables alto, que mi padre duerme.”
“Sh, pasa, adelante, no tengas miedo. No te haré nada.”
“Toma asiento, que te enseño las fotos de la familia.

Y así, pasaba las hojas del álbum, despacio, muy despacio hasta entrada la noche. Contaba las fotos de la una a la cincuenta. Siempre las mismas, y al acabar decía:
“Si no te quedas, te vas” y, abriendo la puerta, ondeaba la mano durante largo rato hasta que se asomaba por el hueco de la escalera para ver los talones de aquella sombra de mujer.

La escalera de descenso, circular, se le hacía eterna y, la mujer se le hacía más y más pequeña, hasta llegar a ser solo un punto en el infinito. Y así, de noche en noche, le caía una única lágrima. Furtiva.

©Elena Ferran

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