El vaivén

1
Sentada en el porche de la casa, la mecedora cruje con ritmo cansado. Ella mira las nubes subir y bajar al compás del vaivén y el sol cae en algún lugar de Ohio, en el Medio Oeste; a lo lejos, se ennegrecen los campos de trigo, los huertos y las montañas.
Es una tarde fría, detiene el balancín y se frota las manos con sus mitones de lana descosidos. Tiene los pies hinchados, los zapatos rotos; en ese día oscuro de otoño, ha caminado por campos y carreteras polvorientas hasta llegar a la casa que está detrás de la arboleda, más allá de la última curva después de los maizales. Antes de sentarse ha dejado el hatillo, con lo poco que tiene, junto al gallinero.
Toma un par de tragos de la botella de whisky que lleva en el bolsillo. Pero siente que el estómago le muerde, para de nuevo la mecedora y come unos huesos de pollo envueltos en periódicos. Con los pocos dientes que le quedan separa la carne que apenas mastica y tira el papel y los restos al suelo.
Impulsa la mecedora con el pie y se balancea una vez más. El vaivén la va dejando dormida, la botella cae de sus manos, rueda por el suelo de madera y la mecedora sigue su ritmo cansado.

Desde algún lugar lejano oye el murmullo de un motor. Una ranchera Ford llena de polvo se para frente a la casa. Ve bajar a un hombre.
Él se acerca y, a una distancia prudente, se detiene y se quita la gorra. Para ella es una señal de respeto, sonríe, la gente saluda de esa manera cuando se dirigen a la dueña de la casa.
—Perdone, ¿dónde está la gasolinera más cercana?
Ella le observa un rato antes de responder. Lleva barba de varios días y el pelo largo y desgreñado, viste un peto descolorido y botas altas. «Debe de ser un granjero», piensa, pero no se atreve a preguntar.
—La más cercana creo que está a unos treinta kilómetros siguiendo la carretera— se queda pensativa.
Recuerda dos o tres bidones en el cobertizo, los ha visto mientras rondaba la casa buscando algo para comer. Duda. Cuando el hombre le da las gracias y vuelve hacia la camioneta, le dice de repente:
—¡Espere! Tengo algo de gasolina si cree que no llegará. Siéntese y miraré a ver lo que encuentro.
Él sonríe y se coloca la gorra de nuevo.

Suena un trueno. Las nubes se oscurecen y el cielo anuncia tormenta.
La mujer se despierta, aturdida apoya las manos en la mecedora y se levanta con torpeza. Camina haciendo eses y poco a poco desaparece por detrás de la casa.
Una vieja Ford pick up aparca justo delante de la casa. Alguien se acerca hasta el porche. Un hombre con un peto descolorido y botas altas mira el viejo balancín. Antes de sentarse se despereza estirando cada músculo de su cuerpo, se sube los pantalones caídos, se ajusta los tirantes y de un soplido suelta el cansancio acumulado del día. Las herramientas en el recibidor de la casa, la mesa del porche con las esquinas podridas y las cortinas sucias de las ventanas le molestan, pero está demasiado cansado.
Al bajar la vista al suelo, encuentra una botella vacía, algunos huesos y restos de periódicos. Mira alrededor y rodea la casa un par de veces ←las vías del ferrocarril pasan cerca y los vagabundos saltan del tren en marcha huyendo de la pobreza—, no ve a nadie, por fin se sienta en la mecedora y se deja vencer por el vaivén.

Suena otro trueno.
Ella camina pesada, soñolienta. Ha salido del cobertizo y arrastra un bidón de gasolina. Cuando se acerca al porche, recoge la botella del suelo, los restos de comida y papeles. Por un momento, se queda mirando las ventanas y recuerda una hilera de flores silvestres junto al río; podría poner algunas en un tiesto y colocarlo en el alféizar. Hasta podría recoger las mazorcas del campo y dar de comer a las gallinas. Entonces le ve. Un escalofrío le recorre el cuerpo. Se acerca poco a poco. El balancín cruje: atrás, adelante, atrás. Está dormido. Se para delante, aprieta los labios con rabia; el bidón cae de sus manos como un peso muerto.
Él se despierta de golpe.
— Pero, ¿qué..qué quiere? ¿Quién es usted?
El vaivén se detiene.

2
La mujer grita, levanta los puños para pegarle. Él la agarra como haría con un animal salvaje hasta que deja de moverse. Finalmente ella cae al suelo rendida y le mira sin hablar con unos ojos vidriosos de soledad y lágrimas. El hombre la suelta, respira agitado, entra en la casa y cierra de un portazo.
A la mañana siguiente él se despierta y no sabe muy bien si ha soñado o si esa mujer sigue ahí fuera; sale al porche en ropa interior y estira todo su cuerpo para desperezarse.
Debe estar escondida en el cobertizo o detrás del gallinero. Encuentra la botella vacía, los huesos y los papeles de periódico que ella había recogido. Oye su voz cantando desde el granero y la ve con otra botella de whisky en las manos.
Sentada encima de un montón de paja, canta y se alisa la ropa que lleva puesta debajo del abrigo.
Es una falda descolorida como ella, pero a sus ojos todavía tiene el mismo color rosado y las florecitas azules que tanto le gustan. De pronto se detiene, ya no canta, es una niña de siete años y su padre se ríe de ella. Cuando habla con él se le cierra la garganta, tartamudea. El padre mueve la cabeza a un lado y al otro y se aleja riéndose con esa mirada que tienen los que no te ven.
Harry, su marido, tampoco la veía; la cena estaba fría cuando llegaba de la taberna. Gritaba, luego venían los golpes…

El hombre se acerca al granero. Sigue un impulso y cierra la puerta con un candado. Cuando se acabe esa botella ya no tendrá nada más para beber.
La oye gritar casi toda la noche. En algún momento entre el sueño y la vigilia, se levanta y le lleva un plato de alubias al granero.
Mientras camina de vuelta a la casa, por su cabeza corren imágenes de sus padres bebiendo cada noche. Él y sus hermanos se esconden; apenas saben hablar pero ya han aprendido a no molestar para que no les peguen.

Lleva más de tres días encerrada y no quiere comer. Solo grita como si un animal salvaje la devorase por dentro.
Él sabe que solo puede esperar… rezar. «Solo necesitas hablar con Dios», le decía el viejo Sam, el granjero piadoso que lo acogió cuando todavía era un niño, después de largos periodos en casas de beneficencia. De día, le enseñaba a sembrar el maíz y la patata y a criar el ganado, y por la noche, rezaban.
Antes de dormir coge la biblia que tiene al lado de la cama: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo y huirá de vosotros», Santiago 4:7

Esta última noche ha encontrado el plato vacío.
La mujer empieza a comer algo más y pasa el día durmiendo. No quiere hablar, él tampoco. En cuanto esté mejor le dirá que se vaya. Ya no cierra la puerta con candado.
Una tarde fría de enero, después de haber estado todo el día en los campos, el hombre entra en la casa, huele a guiso de carne de cerdo, mira a su alrededor; todo está limpio, parece que cada objeto ocupa el sitio que le corresponde.
Esa misma mañana ella se levantó, entró en la casa y, al ver que él no estaba, decidió darse un baño. Se metió con la ropa puesta en un barreño de aluminio que había llenado con agua del pozo y varios cubos y se frotó con rabia con una pastilla de jabón de ceniza de madera y sebo. En un armario encontró una camisa y un pantalón para ponerse, tendió su ropa al sol y después empezó a cocinar. Abría las vainas de guisantes para desgranarlos y sentía cierto bienestar, algo que hacía mucho tiempo que no recordaba. En su infancia, la casa estaba siempre limpia. Ella entraba en la cocina y olía a galletas recién horneadas, corría detrás de su madre y le tiraba del delantal. «Solo una más, mamá».

Cuando está cambiando unas flores de la ventana, lo ve entrar. Se queda quieta, como un animal asustado. De repente, sale corriendo hacia el granero.
Él cena el guiso de carne que ella ha cocinado. Mira los platos de loza, la cazuela de barro todavía caliente con el guiso, las flores, el suelo limpio, las herramientas recogidas. Nota que los objetos, las cortinas, hasta los muebles tienen un aspecto diferente, como si hubieran recobrado una vida que durante mucho tiempo había estado ausente, y le resulta extraño; no está muy seguro pero no le disgusta.
Apenas cruzan más de dos palabras, pero él se va acostumbrando a ver la cocina recogida, la colada tendida con olor a campo, las flores frescas en un jarrón. Son como dos carreteras paralelas que nunca se encuentran: cuando él llega por la noche, ella ya se ha escondido en el granero y, por la mañana, cuando se levanta, ella duerme; desde el porche oye sus ronquidos mientras carga las herramientas. Se miran de reojo el uno al otro y han descubierto un lenguaje de silencios que sin darse cuenta les proporciona una manera de vivir, a pesar de todo, en compañía. Han pasado más de tres meses y ni una sola vez han comido juntos, pero ella sabe si le gusta lo que cocina: los platos quedan casi limpios. También observa que no se pone las camisas sucias como hacía antes, ahora coge las que ella ha lavado, tendido y doblado antes de dejarlas en la balda que hay en la pared al lado de su cama.
3
El frío va dando paso a la primavera con cierta timidez. Aquel día él regresa antes de lo habitual. El sol todavía calienta las primeras horas de la tarde y está de buen humor; será un buen año para la cosecha del trigo. Tiene hambre y al entrar huele el vapor de la cocina cargado de especias. Una media sonrisa se le cruza en la cara. Ella acaba de guisar y recoge la cocina. Se dispone a marcharse, como hace siempre, pero él la coge del brazo. No dice nada, solo hace un gesto hacia la silla, casi con un gruñido, y pone otro plato en la mesa.
A ella le tiemblan las manos cuando sujeta el tenedor. Quiere salir corriendo, no sentir ni por un segundo un atisbo de amabilidad. Pero no se mueve.
La mesa habla por ellos. Los cubiertos chocan contra el plato, el vaso contra la mesa, el cuchillo corta con precisión la patata y los trozos de yuca. Un lenguaje de sonidos dispares acompaña el ruido de la boca al masticar, al tragar los trozos de carne, cuando beben y la comida baja desde la garganta al estómago. No se miran pero los dos saben exactamente lo que hace el otro. No hablan, pero se van conociendo.
Él se limpia la boca con el puño de la camisa y cierra la navaja para dar por finalizada la comida. Como disparada por un resorte, ella se levanta. Un trueno anuncia tormenta. El ruido de la lluvia se mezcla con el agua que cae de la pica de la cocina mientras ella lava los platos.
Suena otro trueno, más amenazador aún que el anterior. Cuando ella se gira, él está detrás. Tiene una manta y una almohada en las manos. La mira a los ojos y le indica que lo siga hasta la habitación pequeña del final del pasadizo. Siempre la ha visto llena de herramientas y aperos, también de motores viejos que esperan volver a funcionar algún día. Pero esta vez, él ha hecho sitio para una cama donde deja la manta y la almohada. Después sale de la habitación sin hablar.
Ella se mete dentro, huele las sábanas, nota el tacto en su piel y se tapa hasta arriba. Cuando se pone de lado, encorva el cuerpo y encoge las piernas como una niña. De pronto los ojos se le llenan de lágrimas que recorren su cara como caminos húmedos, como todos los caminos por los que ha deambulado durante tanto tiempo.

4
Ha vuelto el otoño.
Él regresa a casa y discute consigo mismo mientras conduce la ranchera. Nunca sabe qué decir, algunas palabras son demasiado dulzonas: «Pensará que me río de ella o lo que es peor, se reirá de mí»; otras, son muy toscas.«Mejor no decir nada, los silencios son más cómodos… Traeré un manojo de laurel».
Cuando entra en la casa, ella sale del dormitorio. Encima de la cama está la ropa preparada: un vestido rosado de flores diminutas, una camisa a cuadros y un pantalón de pana.
Es domingo. Salen juntos de camino a la iglesia. Él camina algo más rápido hasta que ella le coge del brazo y poco a poco encuentran el mismo ritmo.
Ya de vuelta, antes de entrar en la casa, ella se descalza en el porche, se sienta en la mecedora y se va quedando dormida.
La noche avanza.
Delante no hay nada más que las sombras oscuras de los campos de trigo, los
huertos y las montañas.
El vaivén cruje con ritmo cansado.
Se despierta.

©Olga F. Jaumot

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