LA SEQUÍA

Siempre había creído que la sequía era aquel estado en el cual no había nada, solo muerte. Pero un día descubrí que no era así.

Aquella estrella, que brillaba siempre tan arriba en el cielo, parpadeaba, constante, en su eterno devenir. Yo la contemplé durante muchos años, demasiados, a pesar de que ella nunca me decía nada. Había aprendido a vivir de esta manera; entre humedales y trinos ajenos a mis deseos más escondidos. Y aun así, añoraba sus ojos, su voz, sus movimientos y su dulce canción.

A veces, alguna criatura se me acercaba y me preguntaba por aquella estrella, y yo siempre le contestaba que las estrellas, al igual que los corazones, vuelan errantes por un mundo inventado. Y los caminos pueden ser tan dilatados como eones. No creo que a las criaturas les satisficiera aquella respuesta pero no podía dar otra. Mi estrella favorita vivía en un mundo en el cual las sombras no tienen cabida. Y sin sombras tampoco había dolor, tan solo una ilusión vivida siempre bajo el paraguas de los sueños.

Sin embargo, cierto día, algo cambió. Había dejado de llover y la sequía se apoderó de los campos floridos. El agua se evaporó, las plantas se dispusieron a dormir y el cielo, por un momento, pareció que había dejado de girar.

– ¿Qué sucede? –preguntaron las criaturas, atónitas ante tal acontecimiento.

–A las estrellas nos gusta contemplar el mundo habitado, y hemos venido a haceros compañía. Demasiados años en soledad, demasiados años perdiéndonos los placeres de una vida que nos es tan desconocida.

Las criaturas se miraron mientras yo, ensimismado en mi propio mundo, me di cuenta de algo: las ideas, como las palabras, toman la forma que nuestros sentidos conocen. Yo quería a aquella estrella en mi vida, aunque siempre fue una lejana esperanza. Cuando llegó frente a mis ojos no pude articular palabra alguna, y las criaturas se preguntaron el porqué de mis malinterpretadas dudas. La estrella, que brillaba como nunca antes lo había hecho, contempló mi estupor mientras pensaba que había hecho un nuevo amigo en la Tierra.

Yo quería ser su amigo también, de veras, pues para mí era un regalo dado por unos dioses invisibles. Me dijo su nombre y yo el mío. Me dio su mano y yo la mía. Y fue en ese momento que comprendí que la sequía no era algo tan opuesto a la humedad, sino la ausencia de ésta, como la luz y la oscuridad. 

Y la estrella, que se convirtió en mi mejor amiga, me enseñó muchos secretos acerca de la vida y el universo. Me explicó qué era viajar por el espacio y qué significaba iluminar los diferentes caminos del alma. De hecho, con su dulzura iluminó mi corazón como nunca antes nadie lo había hecho, y fui feliz. Uno de mis sueños se había convertido en realidad.

– ¡Despierta! –la voz gutural de la sombra me despertó.

Entonces, al volver a este mundo, comprendí que todo había sido un sueño; el más dulce y hermoso de mi vida. Sin los sueños la realidad es un poco más seca, aunque hubiera preferido que este cuento fuera real y no una historia inventada para explicar uno de mis deseos más profundos y extraños. Y no hay sequía sin humedad, del mismo modo que no hay luz sin oscuridad, a pesar de que los opuestos no existen, aunque sí lo hacen los contrastes. Y la realidad contrasta con los sueños de un modo tan particular que a veces no hay palabras para definir aquello que es tan etéreo como nosotros mismos. Amo a la estrella del mismo modo que te amo a ti, vida.

Y ya sabemos que no existe la vida sin la muerte.

💜

Lisa Gerrard & Jules Maxwell – ORION

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