Pan negro

Hasta el pan negro estaba muy buscado durante la guerra. La hambruna casi mataba más que las balas y caminar por la ciudad sitiada era jugarse la vida a cada segundo. Las bombas azules del enemigo caían sin previo aviso dejando escombros grises por doquier.

Maribel salía día sí y día también en busca de algo que comer. Sus pies estaban llenos de todo tipo de cicatrices y heridas abiertas a causa de cristales y cascotes. Pero el ansia de alimentar a sus hijos era superior a cualquier dolor. Cada mañana se acercaba la tienda de Don Agustín con la esperanza de que se apiadase de ella y le regalara algo de pan o alguna patata. Antes de la guerra había sido buena clienta, nunca acumuló deudas: su marido, ahora desaparecido, era diplomático y eso le garantizó un excelente servicio por parte de los comerciantes de la ciudad.

Esa mañana fue diferente; el vendedor, sentado en la entrada de la tienda, parecía dormir. Al intentar despertarlo con un ligero toque en el hombro, cayó como un peso muerto. Maribel palideció y entró en la tienda de un salto. En el interior encontró a un hombre, con adornos brillantes en el pecho, comiendo pan. La mujer, más asustada que con la muerte de Don Agustín, se escondió bajo el mostrador. El olor de la mantequilla y el crujir del pan se le unían a los sonidos de su estómago vacío. El general acabó de comer, eructó y dijo algo en un idioma que ella no entendió. Tembló de miedo al ver que salía de la tienda y se quedaba observando el cadáver. Vio como le dio una patada, se rió y se marchó silbando una canción alegre. Maribel salió de su escondite con precaución y, al ver que seguía sola, cogió un cesto y empezó a llenarlo con todo lo que encontró en la trastienda. 

Al salir se acercó a Don Agustín y le pidió disculpas al quitarle los zapatos. Eran de hombre y le iban grandes. “Cuando llegue a casa los rellenaré con papel”, decidió mientras pensaba a qué otras tiendas se podría acercar cuando se le acabaran las provisiones.

©Nuria Riera Wirth

6 respuestas a «Pan negro»

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