El silencio tras los discursos

En la toda la historia, los discursos de los grandes dirigentes sirven para ocultar el incómodo silencio de los que sufrieron guerras fratricidas. Mientras que Franco Tudjman envalentonaba a su pueblo para recuperar el esplendor de la Gran Croacia, su homónimo serbio, Slovodan Milosevic hacía lo mismo por la Gran Serbia. Entre tanto griterío, disputas y sentimiento patrio, en 1991 ambos firmaban un acuerdo para dividirse Bosnia.

Franko Tudjman (primer presidente de Croacia y Slobodan Milosevic (ex-presidente de Serbia)

Los gritos de ¡Vukovar¡, ¡Vukovar!, rugían en las gargantas de miles de manifestantes en Split en el 95. El ejército croata acaba de tomar la región autónoma de Krajina, y preparaba su embestida para retomar Eslavonia, ambas de mayoría serbia y dentro de las fronteras de la joven república croata. Gritos que ocultaban a la prensa internacional la masacre croata mientras los periodistas ponían las manos sobre la cabeza haciéndose eco de la masacre de Sebrenica en bosnia por parte de los serbios. Tudjman ganó, y su liderazgo, repleto de propaganda y totalitarismo racista fue aplaudido mientras que el de Slobodan fue criticado y hostigado.

Un hecho que se repite en toda guerra, no solamente en las balcánicas. Como Beto me hizo ver durante mi periodo en África.

Beto era el chofer de nuestra oficina y siempre estaba dispuesto a ayudarnos. En una tierra tan hostil y burocratizada como Angola, un autóctono es el mejor bastón para moverse. Desde el primer momento, mis compañeros españoles me comentaron que había sido soldado en la guerra civil angoleña, pero que no solía compartir su experiencia.

Era hombre de familia, presumido, de mirada infantil y curiosa, que vivió un episodio traumático. La tensión de la guerra nunca desaparece, sino que se oculta en una máscara. En momentos de confrontación, cuando algún gatuno nos incordiaba o teníamos problemas con algún miembro de alguna empresa pública del país, su rostro se transformaba en una expresión seria, estoica y agresiva. La sonrisa desaparecía y sus labios se volvían taciturnos y severos en cada palabra.

Tras meses desplazándonos por las ruidosas y descuidadas calles de la capital, rasgó el silencio del combatiente, conocedor de mi interés en guerras civiles.

-Luché para el MPLA. – me dijo tomando una curva antes de detener el todoterreno en otro de los infinitos atascos de la ciudad. – Bueno, me llamaron a las armas. Me dieron un fusil y me enviaron a un puesto en medio de la jungla. Casi 30 días ahí perdido, esperando a un enemigo que no se asomaba y rezando a no tener que disparar. Nunca he matado a nadie y estaba nervioso, asustado. Lo hacía por mi familia- añadió acelerando de nuevo y quemando las robustas marchas del Toyota Hilux.

Calle de Luanda al atardecer. 2018

Y es que la UNITA era el rival. Pero eran angoleños, no los portugueses que les habían dominado durante 400 años. Ya no era una cuestión de libertad sino de poder, de traición entre sus líderes, y de ambición edulcorada con propaganda y preciosos discursos que ocultaban el hambre y la muerte. Era normal ver familias dejar morir a sus hijos para salvarse ellos. Niños pidiendo comida por la calle, mendigando o uniéndose a cualquier brigada solamente para poder llevarse algo a la boca.

El hambre en el estómago engorda a las tropas. La cena diaria es la recompensa a las balas disparadas y los hermanos abatidos.

-A la vuelta de mi hogar, no pude más. Mi hermano estaba combatiendo en el frente y mi familia apenas existía. No tenía para quien luchar. Así que decidí irme a Luanda, a buscarme la vida.

Y es que la capital era el único sitio dónde UNITA no había conseguido entrar. Dónde se podía alimentar uno sin depender de un fusil, dónde la guerra no había llegado. Huyó, con el riesgo que suponía. En un país, plagado de minas, en territorios cuyo control cambiaba cada día, era una hazaña. No se podía fiar de la comunicación por radio. Las noticias estaban manipuladas por ambos bandos, y muchas veces, cuando conseguía sintonizar una emisora, desconocía de quién era la señal.

Llegamos a nuestro destino, el edificio de algún ministerio corrupto, donde había escritorios sin ordenadores y trabajadores que miraban por la ventana, haciendo que trabajaban. Se situaba próximo a la Plaza Independencia donde, una estatua de bronce de Agostinho Neto señala la carretera de más de 50 kilómetros que se adentra al continente, señalando el futuro de Angola. Un futuro desde la capital a las provincias

-Allí. – me dijo con un portugués colonial, abierto y fácil entendible para un castellano parlante. – es donde salió Agostinho Neto a hablar y decir que ya éramos libres. ¡Imagínate, después de siglos de control portugués! ¡Fueron las primeras palabras como pueblo libre! El discurso fue precioso.

Pero aquel sueño se truncó cuatro años más tarde, cuando falleció de forma misteriosa en Moscú.

– ¡Epa!, yo soy un simple chófer, no sé mucho, pero hay historias, algunos dicen que lo mató Dos Santos, otros que fue negligencia de los rusos. No lo sé, soy un angoleño más. Solamente quiero una vida tranquila, que no vuelva la guerra y que mis hijos no tengan que sufrir lo que tuvimos que vivir en aquel conflicto.

Y es que, tras la muerte, Dos Santos se adueñó del sueño y discurso del fallecido Neto y lo dirigió hacia el general Savimbi, líder de la UNITA cuya idea de Angola estaba lejana a la del MPLA.

Durante aquellos meses que compartí coche con Beto me ofreció algunas pinceladas que ocultaban detalles más personales. Baúles de recuerdos cerrados para el resto de las personas, experiencias de un soldado, difíciles de digerir por un tercero.

En el bullicio de la monstruosa Luanda, miles de personas guardan silencio, ocultando las barbaridades que cometieron o aceptaron bajo un estandarte. Intentando justificar sus actos para no caer en la locura. Igual que en Vukovar, igual que en Belgrado. Mientras las divisoras voces de Tudjman, Milosevic y Dos Santos retumban en la historia, tres ciudades que se unen bajo el silencio del combatiente.

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