Teníamos un gato

Teníamos un gato, pero lo quemé. Así tal cual te lo cuento, y tú no digas nada a nadie. Me condenarían por ello.

A la edad de diez años, el tío Luis me regaló un gatito de pelaje castaño. Era mi cumpleaños y supuestamente el animalito debía ser cariñoso, como en los cuentos de la abuela Nani, ¿te acuerdas? 
Visto desde la distancia quizás solo quería jugar, pero no lo supe interpretar: buscaba en él un ronroneo pacífico, estirados en el sofá. En cambio, la fiera, sí, una fiera y no me mires así, se dedicó a morderme los pies y los brazos. Corría por mi cuerpo de arriba abajo, buscaba un enemigo invisible entre mí. En un momento poco oportuno conseguí detenerlo y mirarlo con detenimiento ¿Qué clase de bestia era? Sus ojos amarillos desprendían violencia o quizás fuera vitalidad. Sentí como si el demonio se hubiera encarnado en mi nueva mascota. Sin pensarlo mucho y, con él pataleando entre mis brazos, bajé a la cocina. No me mires así o no continuo. 
La cocina estaba desierta y sin pensar, aún, lo metí en la estufa de leña. Durante un rato intentó abrir la tapa y sus alaridos me espeluznaron. Creí vencer al diablo y por ello ganar un lugar en el cielo.
Esos aullidos me persiguieron durante el mes que pasé en cama con fiebre y pesadillas. La familia llegó a creer que enfermé por la huida del gato. ¡Me sigues mirando mal! Mejor vete… y recuerda no explicarlo nunca.

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