El gallo de la felicidad

Amaneció. El cielo plagado de golondrinas danzando al compás de su alegre trisar. Apenas unas nubes blancas de formas definidas. Respiré aire con aroma a tierra. Cientos de flores con todos los colores del arco iris se abrieron en mi jardín. Mi cuerpo se estremeció.

Salí de casa caminando como si tuviera alas. Las calles se deslizaban como un río bajo mis pies. Algunas estatuas humanas se cruzaban en mi trayecto. Llegué a un lago de aguas esmeraldas habitado por cisnes, ánades, tortugas y peces de colores. Me sumergí en él buceando hasta las profundidades. Unas algas se enredaron en mis cabellos y me convertí en Ninfa. Salí a la superficie, me despojé de mi traje verde y mi cuerpo desnudo reposó en la tierra absorbiendo uno a uno todos los rayos del sol. Y así, integrada en el Universo, el instante presente se fundió con el pasado y el futuro.

Un lavadero de piedra repleto de agua con jabón lagarto donde mi cuerpecito infantil se bañaba. Un patio andaluz con trinos de canarios y nidos de golondrina. Unas escaleras. Noche sin estrellas. Frío, soledad, miedo, sombras, oscuridad. Subí y bajé rodando.

Una nube gris se posaba solo sobre mi cabeza algunas tardes de verano.

Encerrada entre cuatro paredes, la silueta de un hombre al otro lado de la ventana, mi única compañía. Sus pasos y la cadena del váter ayudándome a conciliar el sueño. Muerte.

Infinito crepúsculo de invierno con reuma de rodilla. Veo el gallo de la felicidad destrozado en mil añicos siendo enterrado en la jardinera para ocultar la verdad. Verdad que poco a poco va saliendo a la luz. Unas manos sin respeto lo rompen y lo ocultan continuamente cuando yo lo recompongo. Y escarbo la tierra destrozándome las uñas una y otra vez para recuperar los pedazos que nunca serán los mismos. Y corto esas manos. Y me resigno a vivir sin ese gallo. Quizás no era tan mágico.

El sol se refleja irisado en mis escamas.

El tiempo se agota.

Pilar Luna