Eureka (ucronías dispersas)

Corría, más o menos, el 265 a.C. en la antigua Grecia. Quiso el destino que el cuello de Arquímedes, al levantarse inopinadamente de la bañera y resbalar, fuera a parar contra un escabel cercano, quedando en una postura ridículamente imposible para los estándares del sistema óseo humano. No tuvo tiempo de a soltar el supuesto «¡Eureka!», célebre comentario que fue sustituido por un frenético «¡Mecagüen la pu…!». 

Lejos de suponer este hecho un problema para la ciencia, en general, o para las leyes de la hidrostática, en particular, la descripción del tratado «Sobre los cuerpos flotantes» tan solo se demoró unos cuantos meses, cuando Eratóstenes de Cirene se hallaba copulando con Magna Púbica, prostituta favorita de Conon de Samos, gran amigo de juventud del genio. Días antes, durante una de sus «visitas», la susodicha meretriz había sustraído un pergamino de formulaciones del fallecido Aristóteles que Conon conservaba como un tesoro. Eratóstenes, muy aficionado a la lectura durante el fornicio, consultaba el papiro mientras empujaba campeón. Observando los voluptuosos desplazamientos de carnes producidos en las nalgas de la furcia a consecuencia de las embestidas, empezó a comprender los conceptos dibujados y, justo en plena descarga, llegó a la misma conclusión que el célebre sabio.

—¡Lo encontré! —exclamó.

—¡Qué va! No tienes ni idea de dónde lo tengo, mamón —respondió Magna, hastiada, malinterpretando la exclamación.

Lo que debía haber sido el principio de Arquímedes pasó a llamarse principio de Eratóstenes…

**

Años más tarde, hacia el 1685, el momento culminante de la Revolución científica sufrió un ligero retraso. Ocurrió que Isaac Newton decidió cambiar de árbol justo cuando estaba a punto de descubrir su ley de la gravitación universal. Esa mañana la sombra del manzano impidió que el sol secara el suelo donde el físico, matemático y nosecuantas cosas más solía sentarse a meditar. Contrariado, se dirigió a un cocotero cercano, el cual, debido a su naturaleza menos frondosa, había permitido un firme más confortable. Lógicamente, lo que cayó no fue una manzana. Y, desafortunadamente, tampoco lo hizo al lado del sabio. 

La defunción de Newton tuvo consecuencias, pero pocas. De hecho, sus formulaciones eran brillantes para la época pero no del todo correctas, lo cual iba a suponer un retraso ostensible en el descubrimiento de Neptuno y su órbita, por poner solo un ejemplo –Le Verrier casi acaba en un manicomio; se dice que gritaba «¡tiene que estar ahí, tiene que estar ahí! ¡Seguro que hay un planeta…!–. 

Afortunadamente Newton había compartido sus trabajos con su buen amigo Edmund Halley, quien acabó publicando tanto la dichosa ley de la gravedad como las posteriores leyes sobre la dinámica de los objetos. El descubrimiento de Neptuno siguió siendo tardío –J.G. Galle sumó mal los cálculos de Le Verrier y encontró el planeta de bollo–.

Eso sí, las leyes de Newton pasaron a llamarse leyes de Halley…

**

Década de 1880. En plena guerra de las corrientes entre George Westinghouse y Thomas Alva Edison, este segundo muere electrocutado. Se atribuye la culpa a Tesla, quien, todo el mundo lo sabe, guardaba infinito rencor hacia el inventor de la bombilla. Unos creen que por envidia, pero parece más probable la teoría de los impagados del finado científico y empresario. El caso es que Tesla ingresa en prisión a pesar de que no hay pruebas concluyentes del homicidio. 

Vía libre para Guillermo Marconi, el cual se atribuye, además de la ya de por sí discutible invención de la radio, la de la ya mentada bombilla, la del efecto Edison (que pasa lógicamente a llamarse efecto Marconi), la de la central eléctrica, la del kinetógrafo, la del kinetoscopio, la de la bobina Tesla (que pasa lógicamente a llamarse bobina Marconi), la del motor asíncrono de corriente alterna y todas las patentes relacionadas con el sistema polifásico. Menudo pieza, el italiano…

**

Lo de sir Alexander Fleming en 1928 fue más suave. No, no encontró Penicilina en una de las placas de Petri sembradas con Staphylococcus aureus. El feliz hallazgo no lo fue tanto dado que las colonias bacterianas que rodeaban el hongo habitaban un sandwich de jamón y queso que el célebre médico acababa de engullir. La gastroenteritis lo dejó postrado en cama, con lo que el descubrimiento se demoró un par de meses, hasta que el científico volvió a su laboratorio y se encontró con los restos del refrigerio…

**

1976. Jobs, Wayne y Wozniak contemplan el incendio de su garage. La idea del computador personal queda calcinada en el mismo. El pobre Steve, pobre, amargado y olvidado, se quita la vida séis años después.

Bill Gates, privado de su némesis, nunca saca ningún Windows al mercado. 

Las cosas aceleran tanto que no da tiempo a corregir. El mundo no llega a conocer ni a Buzz Lightyear, ni a Nemo, ni a Sully, ni a Rayo McQueen…

©Enric Gisbert

2 comentarios

  1. Esto lo ha escrito alguien con una imaginación desbordante. Qué piensa mucho y lee una barbaridad. Su mente siempre funciona sin parar imaginando, inventando y sin dar abasto con tanta información. Tela

  2. Apaaaa, com t agrada liar.la!!!
    Molt divertit i ocurrent. Al final se t nota una mica l animaversio als ordinadors eh!
    Tu mateix pero per ara et donen de menjar🤣🤣🤣

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *