Un rato de lluvia (diario de una universitaria)

Esta mañana me desperté tarde y llegué a la Uni con la clase empezada. Éramos más de cuarenta y no se notó: Los alumnos íbamos entrando y saliendo sin que el profesor hiciera ningún comentario. En un momento dado me entraron ganas de practicar estiramientos de yoga para mejorar la flexibilidad de las piernas. Así que dejé libre mi silla y me situé tras la columna para practicar. Ni el profesor ni los compañeros se percataron de mi falta. Primero hice cinco minutos de calentamiento y luego me puse con los estiramientos. Tan concentrada estaba con los ejercicios que no me di cuenta de que la clase había terminado. Solo quedaban cuatro alumnos conversando con el profesor y mis objetos en una silla, los únicos en medio de la clase. Tan elegantemente como pude lo recogí todo y salí sin apenas hacer ruido. Mirando el reloj me dirigí hacia el comedor del campus donde comí un aceptable arroz con salmón: creo que el limón lo salvó. En la cafetería, como era habitual, siempre había mucha gente. Así que acostumbraba a comer rápido.

Soy tan introvertida como un cacahuete solitario y prefiero seguir así. Creo que tengo alergia a las personas del mismo modo que algunos la tienen a los frutos secos. Cuando se me acerca un chico me pongo roja como un tomate y me encojo de miedo. En cambio, cuando es una chica soy fría y distante. Es curioso este cambio de reacción ante los diferentes seres de la especie humana pues no sé cuál es mi orientación sexual. Aún no he dejado que nadie se acerque lo suficiente como para intimar.

A pocas calles de la zona universitaria hay una placita donde una cafetería saca una mesa a la calle, a modo de terraza. Allí voy las tardes que debo esperar para la clase de francés. Hoy la infusión estaba caliente y noté como me quemaba, de una forma agradable, la garganta dejando su calor en la punta de la lengua.
Una manera que tengo para evadirme del mundo es contemplar las palomas picoteando el pan que les acerca un abuelito sentado en un banco. Esta tarde, a los pocos minutos de llegar, las palomas se fueron dejando los restos de pan. Miré a los árboles y las farolas buscándolas: ni las veía ni las oía cantar “¿Por qué se habían ido?” Sin darle importancia saqué la novela de la mochila y empecé a leer. Al poco rato vi las páginas del libro salpicadas de gotas de agua, al igual que en la mesa y en el suelo de la plaza. El camarero vino a ayudarme, invitándome a entrar en el local. El bar era pequeño, estrecho, oscuro y con mobiliario antiguo: apenas había cinco mesas y todas ocupadas con oficinistas hablando y riendo. Si me quedaba debería hacerlo en la barra, de pie y siendo el objeto de miradas de todos los comensales. Todas las alergias del mundo acudieron a mí y salí corriendo del local.

Mientras esperaba que abriera la biblioteca, recordé que me había ido sin pagar la infusión. ¡Mi primer “simpa”! Durante el resto de la tarde no fui capaz de concentrarme. “¿Qué tenía que hacer: volver a pagar o no regresar jamás?” Ninguna de las dos opciones me convencía y no sabía cómo solucionarlo.

Acabadas las clases, en el metro de regreso a casa se sentó a mi lado un hombre vestido con pantalón negro y camisa blanca. Sin presentarse ni pedir permiso me dijo: “le he dicho a la jefa que la consumición ya la habías pagado”. Creo que jamás había mirado a ese hombre a la cara, pero en ese momento levanté el rostro y mirándole a los ojos vi un alma serena y dócil. Curiosamente mis alergias no aparecieron y fui capaz de hablar. Con un “gracias” él se sintió complacido. Con un “mañana regresaré” sonrió. Y con un “cuando volvamos a coincidir en el metro podemos charlar” se le iluminaron los ojos.

Ahora de noche sentada ante mi diario me siento indescriptiblemente feliz y tengo un cosquilleo de placer en el vientre que jamás había sentido. Algo así como si hubiera conquistado el Everest o hubiera ganado una maratón. Y simplemente ha llovido.

Cuento publicado en «¿Vuelas?» – ©Nuria Riera Wirth

3 respuestas a «Un rato de lluvia (diario de una universitaria)»

    1. Hola Jordi,
      No, realmente no está basado en ninguna experiencia personal. Tengo el recuerdo muy vivo del día que lo escribí y cómo lo hice. Creo que llega muy bien al lector porque está escrito desde el interior del personaje.
      Gracias por tu comentario.

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