Sombras

Susurrar a la oscuridad me lleva ante ti.
Gritar a la negra noche me acerca a la tumba.

Los alaridos de los sueños me llevan ante ti.
Y el cuadro pintado al aire lo encierra todo tal como una pesadilla.

©Nuria Riera Wirth

Imagen del sufrimiento de una pesadilla
Imagen de Pete Linforth 

Entre tumbas

Ana nunca fue capaz de olvidar la última vez que pisó un cementerio. De eso ya hacía mucho tiempo y se juró que jamás volvería; ni siquiera para los entierros de familiares o amigos. Pero ahora él había fallecido.

Recordaba todos los detalles de ese día. «Estaba en la bañera del hotel cuando tuvo un sueño revelador: su corazón hecho añicos aprendió a expulsar el amor de donde no debía estar. Mientras se secaba, se sintió preparada para luchar por la reconstrucción de su felicidad. Se arregló con esmero y salió a callejear por el centro de la desconocida ciudad. Llegó a un pequeño cementerio escondido entre calles estrechas. Al traspasar la entrada el barullo desapareció, el silencio vestía el lugar de elegancia y paz. Empezó a caminar despacio, se paró ante cada tumba y estudió con detenimiento el nombre y las fechas de los muertos; unas lápidas bien cuidadas, otras abandonadas e incluso algunas marcadas con una etiqueta que invitaba a llamar al responsable del cementerio. Todas la sorprendían por una u otra razón.

Adorar a los que no están o suspirar por su pérdida es algo que no acababa de comprender. “¿Hay diferencia entre la ruptura amorosa o la muerte de un ser querido? A los dos se les llora y siempre se termina por superarlo. O no.» 

En esos pensamientos estaba cuando escuchó un llanto tras el panteón donde se había detenido. Por curiosidad se acercó y encontró a una mujer mayor arrodillada con un ramo de margaritas blancas entre las manos. Su cara le resultó familiar. Decidió ayudarla a levantarse; la mujer se dejó llevar hasta un banco próximo. Una vez sentadas se miraron detenidamente. Ana se vio reflejada en el rostro de la anciana.

—¿Quién eres? —interrogó extrañada.
—Soy Ana —respondió y, ante la cara de sorpresa de su interlocutora, continuó—. Soy tú.
—¿Cómo? ¿Te burlas de mí? —preguntó.

La anciana negó con un movimiento de cabeza, Ana pensó que era una broma de la vida.
—¿Y por qué estás en un lugar desconocido para mí?
—De esta ciudad no te marcharás, te quedarás por el resto de tu vida. O casi.

No le gustó que le hablara de su porvenir, aunque fuera ella misma. Era como estropear las sorpresas del futuro.
Cuando salgas del cementerio irás a contemplar la puesta de sol y allá te reencontraras con tu amor, el de toda la vida.

—¿Cómo? Él no sabe que estoy aquí y precisamente he venido a olvidarlo —protestó enfadada—. No me ama y hasta ahora no he sido capaz de comprenderlo. Muchos años le he llevado en mi corazón, a la espera de una señal, una palabra y nunca…
—Eso es lo que tú crees —la cortó la anciana—. Tranquila, lo irás entendiendo con el tiempo. Su forma de mostrar amor es distinta a la que esperas porque ambos aprendisteis a amar de diferente manera.

Ana no quería seguir con la conversación y se marchó sin despedirse. “¡Y creer que era mi yo del futuro! Demasiadas novelas.” Solo para demostrarse a sí misma que todo era falso, se dirigió al paseo marítimo hasta llegar al mirador desde donde las parejas de enamorados contemplaban la puesta de sol.

Con lágrimas tristes nublando el horizonte lloró desconsoladamente sintiéndose sola y notando que su corazón seguía roto. Sabía que se engañaba a sí misma al intentar no amarlo. El sol desapareció y se secó los ojos. Al levantarse le vio, guapo, como siempre, y con esa mirada que llegaba al alma; la misma desde que se conocieron. En su mano llevaba un ramo de margaritas blancas.

¿Aceptas mi amistad incondicional para el resto de nuestras vidas? —preguntó él.
El camino de líneas tortuosas del corazón de Ana desapareció. Sonrió y le tendió la mano.»

Estuvieron juntos hasta que él se marchó para siempre y ella, con un ramo de margaritas blancas, volvió al cementerio.

©Nuria Riera Wirth

Ramo de margaritas

OTROS, NADIE Y DESPUÉS… YO

—¿Recuerdas el viaje que hicimos a Creta? Sería maravilloso volver— Decía mi esposa, mientras yo tomaba un sorbo de café.

—Ah sí, estuvo bien—respondí de forma monótona, mientras leía el diario.

—¿De qué sirve hablar contigo? ¡PREFIERO CHARLAR CON LA PARED!—Luego se levantó y golpeó con furia, la silla del comedor. Acto seguido, se marchó dando un portazo.

Ya estoy acostumbrado a este escenario, menciona viajes con un toque de vieja gloria y después, se enfada al ver mi indiferencia. Siento que esta vida no me pertenece y me siento estancado. El vacío se convirtió en mi fiel amante y la rutina se convirtió en su cómplice. ¿Dónde está la respuesta, a este sinsentido? Mi vida se convirtió en un bucle inundado de mierda. Intento buscar otra manera de vivir, pero no logro conseguirla.

Dejé a un lado el existencialismo mañanero, para tomar una ducha e irme rumbo al trabajo. Creí que la espuma de afeitar, se llevaría todo lo malo; al contrario, esta le brindó fuerzas para alterar la tranquilidad que me caracterizaba. No obstante, la voz de mi asistente me devolvió a la realidad.

—Sr. Parra, tiene una reunión a las 14:00hrs con los accionistas—Asentí con la cabeza y me levanté de la silla para ir a la sala de juntas.

Mientras los accionistas exponían sus propuestas para explorar nuevos negocios, un  móvil empezó a sonar de la nada.

—¡PARRA, NO ME DIGA QUE SU ESPOSA ESTÁ ENFERMA OTRA VEZ! —Gritó uno de mis colegas en tono arrogante, pensando que era mi móvil.

—Esther, mi asistente, es la que lleva mi móvil. Si hay una esposa enferma de celos, esa es la suya Riera—Los asistentes rieron con disimulo, mientras que Riera revisaba su americana y sus pantalones, buscando su móvil. El ruido no lo dejaba pensar y al final, vio que su portafolio vibraba con desesperación. Ahí estaba, tenía siete llamadas perdidas de ya sabemos quién. Su rostro estaba tan rojo de vergüenza y furia, que decidió salir.

Mientras Riera solucionaba sus problemas de faldas, yo me dispuse a cerrar el trato con los accionistas. Decidimos invertir en un negocio lucrativo y vivaz, que sería de gran ayuda para la gente. Queríamos celebrar nuestro éxito por todo lo alto, así que decidimos ir al bar de siempre. Todos ordenamos birras de diferentes variedades, comimos y bebimos hasta perder la conciencia. Mis colegas me vieron tan ebrio, que decidieron llevarme a otro lugar. Lo último que pude recordar era un olor dulce, similar al perfume de mujer.

Y ahora estoy, en una sala rodeado de hombres iguales a mí, cuando río ellos me acompañan, al llorar simpatizan con mi dolor. Aunque tenemos los mismos rasgos, la vestimenta es distinta. El primer hombre llevaba un traje elegante, el segundo tenía un atuendo veraniego y el tercero parecía un profesor universitario mal pagado. Todos tenían expresiones sospechosas ¿Acaso tenían algo que esconder? Decidí hablar con ellos, para saber un poco sobre mis enigmáticos acompañantes.

—¿Y tú, qué haces aquí? —Le pregunté al segundo hombre, ya que su estilo no era de fiar.

—Soy Luis Parra, dejé la universidad y ahora soy campeón de surf—respondió con un aire de superioridad, propio de los jóvenes.

—¡No es posible! ¡TENEMOS EL MISMO NOMBRE!—Sin dar crédito a lo que escuché, dirigí la mirada al tercer hombre. Transmite un aura de sensatez, quizás me brinde una respuesta coherente.

—¡Vaya, que yo también me llamo Luis Parra! Pero no abandoné la universidad, ahora soy docente de física en la Universidad de Granada. Estoy preparando un doctorado en Alemania e iré con mi chica, ya que le hace ilusión comprar un piso allá—. El tercer fulano, también me había robado el nombre. Luego, vi de reojo al primer hombre y…

—No me digas, ¿también te llamas Luis Parra?—Deduje en tono de burla.

—En efecto, pero mi profesión es diferente a la de vosotros. Cambié la ingeniería civil por la economía y ahora soy accionista de BetterLife, una multinacional dedicada a mejorar los servicios sanitarios de Europa.

—¡HOSTIA PUTA, TENEMOS LA MISMA PROFESIÓN!—Asustado, empecé a gritarles.

—¿QUIENES SON, QUE QUIEREN DE MÍ?—Perdí la calma mientras chocaba con objetos al azar.

—¡SOMOS TÚ Y NADIE A LA VEZ!—Gritaron al unísono mientras reían como locos. Estaba tan asustado con estos clones baratos, que resbalé y me caí al suelo. Intenté levantarme pero había algo viscoso con aroma metálico, que no me dejaba ir. De repente, las luces se encendieron.

En medio de la cruda, escuché gritos desesperados, sirenas de ambulancia y personas revisando el lugar. Una de las luces empezó a moverse sin cesar, reflejando mi rostro manchado de rojo ¿sangre o vino tinto? Tomé una de las manchas con el dedo índice y me la llevé a la nariz ¡ERA SANGRE! Comencé a revisarme el cuerpo buscando heridas, pero no sentía dolor.

Luego, me di cuenta que estaba rodeado de espejos con miradas perturbadoras, eran las mías. Grité hasta quedarme sin voz y las luces se reunieron en el lugar donde estaba. Toda la sala estaba inundada de sangre y a unos pocos pasos, yacía el cuerpo inerte de lo que parecía una mujer.

Debido a la conmoción, tuve que ir a gatas para distinguir mejor el cadáver y entonces descubrí, que no quedaban cosas que esconder, excepto que ya era demasiado tarde para cambiar mi relación sentimental. No podía deshacer lo que había hecho y en mi defensa, las soluciones ortodoxas para mis problemas personales, estaban fuera de discusión. Al fin y al cabo, había robado lo más importante: el corazón ensangrentado, de la mujer que más amaba.

Contigo no

Se vieron de lejos. Borja venía de la calle; Lorena, del departamento de mantenimiento. Los dos aceleraron el paso para ver quién llegaba antes. Los dos golpearon a la vez el botón para llamar al ascensor. Se tocaron, sin querer.

—Podrías tener un poco de cuidado, ¿no? —le recriminó él, ofendido.

—Algo de cortesía por tu parte tampoco hubiese estado mal —contestó ella con retintín irritante. 

Los dos quedaron frente a la puerta del ascensor. Un silencio tenso se instaló entre ellos. Seguían esperando, sin mirarse a la cara, cuando él comentó:

—Con el puñetero COVID nos hemos vuelto todos un poco paranoicos, ¿no crees?

—Habla por ti. No soy yo la que se molesta cuando le rozan un dedo.

Otro silencio tenso. Quedaron ambos mirando por encima de la puerta, a los números del frontal. Se iban iluminando con exasperante lentitud y en dirección contraria, subiendo despacio…, despacio…, despacio…, hasta detenerse en la planta catorce. El ascensor iba a tardar más de lo previsto…

—¿Quién subirá primero? —comentó ella.

—Los dos, ¿no? —respondió él.

—¡Ni hablar! ¿Y si me contagias?

—¡Oye! ¿No era yo el maniático?

Otro silencio tenso más. El catorce seguía iluminado. Inconscientemente Lorena empezó a dar golpecitos rítmicos en el suelo con el tacón de sus zapatos de charol. Borja la miró frunciendo el ceño. La chica se encogió de hombros en un mudo «¿qué pasa?». Pero dejó de hacer el ruidito. El ascensor seguía sin llegar y el aire entre los dos parecía espesarse y reverberar…

—Sube tú entonces —habló ella, sin poder soportar el mutismo.

—Pues mira, voy a ser galante y te dejaré a ti.

—¡No seas tonto!

—Tonto, maníaco, infectado y poco caballeroso…

—¡Vete a cagar…!

Y otro silencio tenso. Los números por fin iniciaron el descenso: catorce…, trece…, doce…, y así hasta la planta seis, en la que se volvió a parar. De los nervios, Borja metió la mano en el bolsillo y se puso a rascarse la ingle. Al mismo tiempo hacía chasquidos entre los dientes a la caza de algún “paluego” de la comida del mediodía. Lorena puso los ojos en blanco.

—¡Oooohhhh, Dios! ¿Sabes qué? Se acabó la tontería, no te aguanto. Me voy por las escaleras —espetó.

—De eso nada, ¡por las escaleras voy yo! —repuso él, autoritario.

Y arrancaron a correr empujándose por el pasillo, ¡a ver quién llegaba antes! Ella perdió un zapato; él las gafas de un manotazo. Abrieron la puerta. ¡Blam! Casi la sacan del quicio al intentar penetrar los dos a la vez en el vestíbulo de la escalinata.

No había llegado aún a la segunda planta y ya se estaban besando apasionadamente.

@ Enric Gisbert

Nota de prensa: éxito literario basado en una vida anónima.

Philip Marlowe murió en el naufragio a la edad de 61 años. No dejó familia ni a nadie que le recordara, pero dos décadas después apareció una caja con varios objetos personales. De ella se extrajo la información necesaria para escribir una novela sobre su vida, una biografía ficticia basada en la interpretación del contenido.

Philip, sin familia, sin amores conocidos y cansado de todo, decidió celebrar el paso de los sesenta años a bordo de un crucero por el Pacífico. Cuando zarparon de Los Ángeles y para evitar el mareo del movimiento del barco empezó a beber sin mucho freno. Eran sus primeras vacaciones y quería disfrutarlas. Con la petaca en el bolsillo de la chaqueta se paseó por las cubiertas en busca del casino, la sala de juegos o el bar donde jugar una partida de póker. Aficionado a las apuestas y adicto a la adrenalina no quería aguardar al hundimiento del barco. Una vez encontrado el salón de juego se sentó en una mesa redonda a la espera de la llegada de jugadores. La primera fue una dama de buen ver, aunque de dudosa reputación, ya conocía bien a las de su calaña. Gracias a su paciencia y observación, perfeccionadas por décadas de profesión, había conocido a todo tipo de mujeres que enredaban a sus maridos con propósitos económicos. Al rato llegaron dos hombres más, amigos y acicalados con mucha clase. Marlowe se sintió fuera de lugar con su desgastado traje. 

Jugaron durante dos horas. Las apuestas y las ganancias fluctuaron igual que las olas del océano. El humor de Marlowe se embraveció cuando la dudosa dama le guiñó un ojo; se enfadó como la tormenta que se estaba desatando en el exterior.  Las mesas del bar sujetas al suelo evitaban desplazarse, pero los pasajeros empezaron a notar el exceso de movimiento. Escuchaban gritos en cubierta: damas en apuros y marineros dispuestos a ayudar. 

Philip dudó de la honestidad de sus compañeros de juego, dudó de lo que sus ojos veían, dudó de todo por el exceso de tragos. Y, en un ataque de furia, acompañado por las olas que sobrepasaban el puente de mando, tiró las cartas, recogió las ganancias de sus oponentes y salió a cubierta. Allí encontró la peor tormenta que había presenciado en su vida. Se creció, se sintió fuerte y con la postura más firme permitida por su ebriedad, mantuvo el equilibrio y empezó a lanzar derechazos al mar como el mejor boxeador. 

Mientras una manga marina, que se acercó por la popa, se lo tragó junto con todo aquel que estaba en cubierta.

©Nuria Riera Wirth

El silencio tras los discursos

En la toda la historia, los discursos de los grandes dirigentes sirven para ocultar el incómodo silencio de los que sufrieron guerras fratricidas. Mientras que Franco Tudjman envalentonaba a su pueblo para recuperar el esplendor de la Gran Croacia, su homónimo serbio, Slovodan Milosevic hacía lo mismo por la Gran Serbia. Entre tanto griterío, disputas y sentimiento patrio, en 1991 ambos firmaban un acuerdo para dividirse Bosnia.

Franko Tudjman (primer presidente de Croacia y Slobodan Milosevic (ex-presidente de Serbia)

Los gritos de ¡Vukovar¡, ¡Vukovar!, rugían en las gargantas de miles de manifestantes en Split en el 95. El ejército croata acaba de tomar la región autónoma de Krajina, y preparaba su embestida para retomar Eslavonia, ambas de mayoría serbia y dentro de las fronteras de la joven república croata. Gritos que ocultaban a la prensa internacional la masacre croata mientras los periodistas ponían las manos sobre la cabeza haciéndose eco de la masacre de Sebrenica en bosnia por parte de los serbios. Tudjman ganó, y su liderazgo, repleto de propaganda y totalitarismo racista fue aplaudido mientras que el de Slobodan fue criticado y hostigado.

Un hecho que se repite en toda guerra, no solamente en las balcánicas. Como Beto me hizo ver durante mi periodo en África.

Beto era el chofer de nuestra oficina y siempre estaba dispuesto a ayudarnos. En una tierra tan hostil y burocratizada como Angola, un autóctono es el mejor bastón para moverse. Desde el primer momento, mis compañeros españoles me comentaron que había sido soldado en la guerra civil angoleña, pero que no solía compartir su experiencia.

Era hombre de familia, presumido, de mirada infantil y curiosa, que vivió un episodio traumático. La tensión de la guerra nunca desaparece, sino que se oculta en una máscara. En momentos de confrontación, cuando algún gatuno nos incordiaba o teníamos problemas con algún miembro de alguna empresa pública del país, su rostro se transformaba en una expresión seria, estoica y agresiva. La sonrisa desaparecía y sus labios se volvían taciturnos y severos en cada palabra.

Tras meses desplazándonos por las ruidosas y descuidadas calles de la capital, rasgó el silencio del combatiente, conocedor de mi interés en guerras civiles.

-Luché para el MPLA. – me dijo tomando una curva antes de detener el todoterreno en otro de los infinitos atascos de la ciudad. – Bueno, me llamaron a las armas. Me dieron un fusil y me enviaron a un puesto en medio de la jungla. Casi 30 días ahí perdido, esperando a un enemigo que no se asomaba y rezando a no tener que disparar. Nunca he matado a nadie y estaba nervioso, asustado. Lo hacía por mi familia- añadió acelerando de nuevo y quemando las robustas marchas del Toyota Hilux.

Calle de Luanda al atardecer. 2018

Y es que la UNITA era el rival. Pero eran angoleños, no los portugueses que les habían dominado durante 400 años. Ya no era una cuestión de libertad sino de poder, de traición entre sus líderes, y de ambición edulcorada con propaganda y preciosos discursos que ocultaban el hambre y la muerte. Era normal ver familias dejar morir a sus hijos para salvarse ellos. Niños pidiendo comida por la calle, mendigando o uniéndose a cualquier brigada solamente para poder llevarse algo a la boca.

El hambre en el estómago engorda a las tropas. La cena diaria es la recompensa a las balas disparadas y los hermanos abatidos.

-A la vuelta de mi hogar, no pude más. Mi hermano estaba combatiendo en el frente y mi familia apenas existía. No tenía para quien luchar. Así que decidí irme a Luanda, a buscarme la vida.

Y es que la capital era el único sitio dónde UNITA no había conseguido entrar. Dónde se podía alimentar uno sin depender de un fusil, dónde la guerra no había llegado. Huyó, con el riesgo que suponía. En un país, plagado de minas, en territorios cuyo control cambiaba cada día, era una hazaña. No se podía fiar de la comunicación por radio. Las noticias estaban manipuladas por ambos bandos, y muchas veces, cuando conseguía sintonizar una emisora, desconocía de quién era la señal.

Llegamos a nuestro destino, el edificio de algún ministerio corrupto, donde había escritorios sin ordenadores y trabajadores que miraban por la ventana, haciendo que trabajaban. Se situaba próximo a la Plaza Independencia donde, una estatua de bronce de Agostinho Neto señala la carretera de más de 50 kilómetros que se adentra al continente, señalando el futuro de Angola. Un futuro desde la capital a las provincias

-Allí. – me dijo con un portugués colonial, abierto y fácil entendible para un castellano parlante. – es donde salió Agostinho Neto a hablar y decir que ya éramos libres. ¡Imagínate, después de siglos de control portugués! ¡Fueron las primeras palabras como pueblo libre! El discurso fue precioso.

Pero aquel sueño se truncó cuatro años más tarde, cuando falleció de forma misteriosa en Moscú.

– ¡Epa!, yo soy un simple chófer, no sé mucho, pero hay historias, algunos dicen que lo mató Dos Santos, otros que fue negligencia de los rusos. No lo sé, soy un angoleño más. Solamente quiero una vida tranquila, que no vuelva la guerra y que mis hijos no tengan que sufrir lo que tuvimos que vivir en aquel conflicto.

Y es que, tras la muerte, Dos Santos se adueñó del sueño y discurso del fallecido Neto y lo dirigió hacia el general Savimbi, líder de la UNITA cuya idea de Angola estaba lejana a la del MPLA.

Durante aquellos meses que compartí coche con Beto me ofreció algunas pinceladas que ocultaban detalles más personales. Baúles de recuerdos cerrados para el resto de las personas, experiencias de un soldado, difíciles de digerir por un tercero.

En el bullicio de la monstruosa Luanda, miles de personas guardan silencio, ocultando las barbaridades que cometieron o aceptaron bajo un estandarte. Intentando justificar sus actos para no caer en la locura. Igual que en Vukovar, igual que en Belgrado. Mientras las divisoras voces de Tudjman, Milosevic y Dos Santos retumban en la historia, tres ciudades que se unen bajo el silencio del combatiente.

Orgasm-canteen

Hacía tiempo que no conseguía un orgasmo, y menos de aquellas dimensiones. ¡Quería explicárselo a sus amigas!

Una tarde, harta de no tener orgasmos con su pareja, decidió comprarse un «Satisfyer». No estaba convencida del todo pues había leído que era demasiado rápido y directo. Quería disfrutar de lo que su marido no le podía dar. Y es que los dos tenían una edad donde todo caía por naturaleza y el vigor masculino no era una excepción.

Entró en la tienda, libre de oscuridades, con un gran escaparate para verlo todo. Desde dentro y desde fuera. «¡Ojalá no pasara ni un conocido!”, pensó mientras, tímidamente, miraba los estantes. Los objetos estaban puestos con mucho cuidado, bien iluminados e, incluso, algunos funcionaban como muestra. No se atrevía a tocar nada.

La dependienta, una chica joven y sin tapujos, se le acercó:
—¿Necesita ayuda?
—No, gracias. Solo estoy mirando.
—Cualquier cosa me avisa.

Y mientras esta regresaba al mostrador, Andrea ya se había arrepentido de responder que no necesitaba nada. ¡Y es que lo necesitaba todo! Pero… ¿Cómo explicárselo? Las palabras se le tropezaban entre la cabeza y la boca. No sabía cómo empezar, aún y así acabó por acercarse al mostrador:

—Bueno… Sí, sí necesito ayuda. Quiero un orgasmo. Ya sabe, a mi edad cada vez cuesta más.
—¡Oh! ¡Vaya! Hay unos tubos de vidrio para ensanchar la vagina. Lo ha de usar a diario. Permítame que le muestre…
Andrea se quedó sorprendida. Esa joven pensaba que tenía el camino cerrado. ¡Menuda barbaridad!
—No, no es un problema de estrechez —aclaró entre calores— el tema es que mi pareja ya no tiene aguante, finaliza antes que yo, se duerme y me quedo a medias.
—¡Oh! ¡Vaya!, ¡qué lástima! Entonces deberá acabar por su cuenta.
—¡Claro! —continuó Andrea algo más relajada— pero me canso. Es que tardo mucho.
—¡Oh! ¡Vaya! Entonces le recomiendo el «orgasm-canteen».
—¿Eso qué es?
—¡Oh! ¡Vaya! Mire, es un vibrador que lleva incorporada una cantimplora en el interior. Usted se introduce el tubito en la boca. Cuando necesite recuperar fuerzas pulse este botón —continuó la dependienta ante la cara de asombro de Andrea— , el marrón y recibirá un sorbito. ¿Sabe? Como los ciclistas. Así no ha de detenerse para recuperar fuerzas. Normalmente se pone agua, pero con otras bebidas (incluso licores) también funciona.
—¡Oh! ¡Vaya! —respondió Andrea imitando a la vendedora.

©Nuria Riera Wirth

UNA TRAMPA AZUL

Al vivir rodeado de cerros y edificios grises, el mar se convierte en una trampa mortal. Es imposible escapar de su vehemencia cuando te lleva a su antojo.

Igual que las etapas del duelo, enfrentar el mar por primera vez es una experiencia abrumadora. Primero, te niegas a entrar por temor a su inmensidad. Luego, el enfado se apodera de tí porque el viento se convirtió en un aliado del mar, incluso su fuerza parece decir: «moveré las fichas cuando se me dé la gana». Después, intentas negociar con una plegaria mientras mueves las piernas de forma constante, en un intento por mantener tu vida a flote.

Una vez que todo ha pasado, la aceptación se encuentra fuera de tu alcance porque los peces te atacan con besos eléctricos y entonces debes elegir: pelear o huir.

Tal vez elija ambas, ninguna o una de las dos opciones.

Los bailarines

La amplia e iluminada sala estaba repleta de gente.  Ya casi no se podía caminar.  Una típica sala de bailes de Hong Kong de los años 50, con un ambiente lleno de humo y ruido de las pisadas de los bailarines.  Andy estaba ansioso y buscaba con ganas a su bailarina preferida.  Llevaba varios meses yendo cada viernes a bailar con Kathy.  Su amor era un secreto que prefería mantener sin revelar sus intenciones.  Había salido pronto de su trabajo como aprendiz en un taller de costura y trajes de lujo.  Aquel día, su maestro le había encargado hacer trabajos de poca importancia: limpiar el taller, ordenar los patrones e, incluso, había tenido que ir a la tienda de tabaco a buscar 2 cajetillas de Winston 

Kathy estaba especialmente guapa.  Llevaba un elegante traje Qipao de color rojo de corte tradicional con botones en el costado derecho mostrando su hermosa postura y sus perfectas curvas.  Se acercó a Kathy para solicitar su turno.  Aquel día tenía la intención de pedirle el matrimonio con una copa de champán.  Además, sonaba la canción de moda “Mei Hua”, una bella canción de un amor imposible. 

Andy sabía que su padre no la aceptaría.  Ya desde muy pequeño había sido muy estricto con él ya que era un famoso cabecilla del crimen organizado de los bajos fondos de Hong Kong.  Estaba acostumbrado a que todo el mundo acatara sus órdenes.  Estaba realmente convencido de que si se casaba con Kathy su padre haría lo imposible para impedirlo.  Aquella noche, le declaró su amor y ambos se fueron a un céntrico hotel de Kowloon.

Había pasado 8 años desde aquella noche.  Andy iba con su hija.  Le encantaba llevarla de la mano.  Era un gesto que él recordaba con tremenda ternura de su propia infancia.  Juntos fueron a la floristería a comprar unas bonitas rosas. 

-Lisa, ¿crees que le gustarán a tu madre? -La niña simplemente hizo un gesto de aprobación.

No dijo nada.  Pagó las flores y juntos subieron por la escalinata que daba a la entrada del cementerio.

© PEI YUNG CHAN

Pan negro

Hasta el pan negro estaba muy buscado durante la guerra. La hambruna casi mataba más que las balas y caminar por la ciudad sitiada era jugarse la vida a cada segundo. Las bombas azules del enemigo caían sin previo aviso dejando escombros grises por doquier.

Maribel salía día sí y día también en busca de algo que comer. Sus pies estaban llenos de todo tipo de cicatrices y heridas abiertas a causa de cristales y cascotes. Pero el ansia de alimentar a sus hijos era superior a cualquier dolor. Cada mañana se acercaba la tienda de Don Agustín con la esperanza de que se apiadase de ella y le regalara algo de pan o alguna patata. Antes de la guerra había sido buena clienta, nunca acumuló deudas: su marido, ahora desaparecido, era diplomático y eso le garantizó un excelente servicio por parte de los comerciantes de la ciudad.

Esa mañana fue diferente; el vendedor, sentado en la entrada de la tienda, parecía dormir. Al intentar despertarlo con un ligero toque en el hombro, cayó como un peso muerto. Maribel palideció y entró en la tienda de un salto. En el interior encontró a un hombre, con adornos brillantes en el pecho, comiendo pan. La mujer, más asustada que con la muerte de Don Agustín, se escondió bajo el mostrador. El olor de la mantequilla y el crujir del pan se le unían a los sonidos de su estómago vacío. El general acabó de comer, eructó y dijo algo en un idioma que ella no entendió. Tembló de miedo al ver que salía de la tienda y se quedaba observando el cadáver. Vio como le dio una patada, se rió y se marchó silbando una canción alegre. Maribel salió de su escondite con precaución y, al ver que seguía sola, cogió un cesto y empezó a llenarlo con todo lo que encontró en la trastienda. 

Al salir se acercó a Don Agustín y le pidió disculpas al quitarle los zapatos. Eran de hombre y le iban grandes. “Cuando llegue a casa los rellenaré con papel”, decidió mientras pensaba a qué otras tiendas se podría acercar cuando se le acabaran las provisiones.

©Nuria Riera Wirth