Orgasm-canteen

Hacía tiempo que no conseguía un orgasmo, y menos de aquellas dimensiones. ¡Quería explicárselo a sus amigas!

Una tarde, harta de no tener orgasmos con su pareja, decidió comprarse un «Satisfyer». No estaba convencida del todo pues había leído que era demasiado rápido y directo. Quería disfrutar de lo que su marido no le podía dar. Y es que los dos tenían una edad donde todo caía por naturaleza y el vigor masculino no era una excepción.

Entró en la tienda, libre de oscuridades, con un gran escaparate para verlo todo. Desde dentro y desde fuera. «¡Ojalá no pasara ni un conocido!”, pensó mientras, tímidamente, miraba los estantes. Los objetos estaban puestos con mucho cuidado, bien iluminados e, incluso, algunos funcionaban como muestra. No se atrevía a tocar nada.

La dependienta, una chica joven y sin tapujos, se le acercó:
—¿Necesita ayuda?
—No, gracias. Solo estoy mirando.
—Cualquier cosa me avisa.

Y mientras esta regresaba al mostrador, Andrea ya se había arrepentido de responder que no necesitaba nada. ¡Y es que lo necesitaba todo! Pero… ¿Cómo explicárselo? Las palabras se le tropezaban entre la cabeza y la boca. No sabía cómo empezar, aún y así acabó por acercarse al mostrador:

—Bueno… Sí, sí necesito ayuda. Quiero un orgasmo. Ya sabe, a mi edad cada vez cuesta más.
—¡Oh! ¡Vaya! Hay unos tubos de vidrio para ensanchar la vagina. Lo ha de usar a diario. Permítame que le muestre…
Andrea se quedó sorprendida. Esa joven pensaba que tenía el camino cerrado. ¡Menuda barbaridad!
—No, no es un problema de estrechez —aclaró entre calores— el tema es que mi pareja ya no tiene aguante, finaliza antes que yo, se duerme y me quedo a medias.
—¡Oh! ¡Vaya!, ¡qué lástima! Entonces deberá acabar por su cuenta.
—¡Claro! —continuó Andrea algo más relajada— pero me canso. Es que tardo mucho.
—¡Oh! ¡Vaya! Entonces le recomiendo el «orgasm-canteen».
—¿Eso qué es?
—¡Oh! ¡Vaya! Mire, es un vibrador que lleva incorporada una cantimplora en el interior. Usted se introduce el tubito en la boca. Cuando necesite recuperar fuerzas pulse este botón —continuó la dependienta ante la cara de asombro de Andrea— , el marrón y recibirá un sorbito. ¿Sabe? Como los ciclistas. Así no ha de detenerse para recuperar fuerzas. Normalmente se pone agua, pero con otras bebidas (incluso licores) también funciona.
—¡Oh! ¡Vaya! —respondió Andrea imitando a la vendedora.

©Nuria Riera Wirth

UNA TRAMPA AZUL

Al vivir rodeado de cerros y edificios grises, el mar se convierte en una trampa mortal. Es imposible escapar de su vehemencia cuando te lleva a su antojo.

Igual que las etapas del duelo, enfrentar el mar por primera vez es una experiencia abrumadora. Primero, te niegas a entrar por temor a su inmensidad. Luego, el enfado se apodera de tí porque el viento se convirtió en un aliado del mar, incluso su fuerza parece decir: «moveré las fichas cuando se me dé la gana». Después, intentas negociar con una plegaria mientras mueves las piernas de forma constante, en un intento por mantener tu vida a flote.

Una vez que todo ha pasado, la aceptación se encuentra fuera de tu alcance porque los peces te atacan con besos eléctricos y entonces debes elegir: pelear o huir.

Tal vez elija ambas, ninguna o una de las dos opciones.

Los bailarines

La amplia e iluminada sala estaba repleta de gente.  Ya casi no se podía caminar.  Una típica sala de bailes de Hong Kong de los años 50, con un ambiente lleno de humo y ruido de las pisadas de los bailarines.  Andy estaba ansioso y buscaba con ganas a su bailarina preferida.  Llevaba varios meses yendo cada viernes a bailar con Kathy.  Su amor era un secreto que prefería mantener sin revelar sus intenciones.  Había salido pronto de su trabajo como aprendiz en un taller de costura y trajes de lujo.  Aquel día, su maestro le había encargado hacer trabajos de poca importancia: limpiar el taller, ordenar los patrones e, incluso, había tenido que ir a la tienda de tabaco a buscar 2 cajetillas de Winston 

Kathy estaba especialmente guapa.  Llevaba un elegante traje Qipao de color rojo de corte tradicional con botones en el costado derecho mostrando su hermosa postura y sus perfectas curvas.  Se acercó a Kathy para solicitar su turno.  Aquel día tenía la intención de pedirle el matrimonio con una copa de champán.  Además, sonaba la canción de moda “Mei Hua”, una bella canción de un amor imposible. 

Andy sabía que su padre no la aceptaría.  Ya desde muy pequeño había sido muy estricto con él ya que era un famoso cabecilla del crimen organizado de los bajos fondos de Hong Kong.  Estaba acostumbrado a que todo el mundo acatara sus órdenes.  Estaba realmente convencido de que si se casaba con Kathy su padre haría lo imposible para impedirlo.  Aquella noche, le declaró su amor y ambos se fueron a un céntrico hotel de Kowloon.

Había pasado 8 años desde aquella noche.  Andy iba con su hija.  Le encantaba llevarla de la mano.  Era un gesto que él recordaba con tremenda ternura de su propia infancia.  Juntos fueron a la floristería a comprar unas bonitas rosas. 

-Lisa, ¿crees que le gustarán a tu madre? -La niña simplemente hizo un gesto de aprobación.

No dijo nada.  Pagó las flores y juntos subieron por la escalinata que daba a la entrada del cementerio.

© PEI YUNG CHAN

Pan negro

Hasta el pan negro estaba muy buscado durante la guerra. La hambruna casi mataba más que las balas y caminar por la ciudad sitiada era jugarse la vida a cada segundo. Las bombas azules del enemigo caían sin previo aviso dejando escombros grises por doquier.

Maribel salía día sí y día también en busca de algo que comer. Sus pies estaban llenos de todo tipo de cicatrices y heridas abiertas a causa de cristales y cascotes. Pero el ansia de alimentar a sus hijos era superior a cualquier dolor. Cada mañana se acercaba la tienda de Don Agustín con la esperanza de que se apiadase de ella y le regalara algo de pan o alguna patata. Antes de la guerra había sido buena clienta, nunca acumuló deudas: su marido, ahora desaparecido, era diplomático y eso le garantizó un excelente servicio por parte de los comerciantes de la ciudad.

Esa mañana fue diferente; el vendedor, sentado en la entrada de la tienda, parecía dormir. Al intentar despertarlo con un ligero toque en el hombro, cayó como un peso muerto. Maribel palideció y entró en la tienda de un salto. En el interior encontró a un hombre, con adornos brillantes en el pecho, comiendo pan. La mujer, más asustada que con la muerte de Don Agustín, se escondió bajo el mostrador. El olor de la mantequilla y el crujir del pan se le unían a los sonidos de su estómago vacío. El general acabó de comer, eructó y dijo algo en un idioma que ella no entendió. Tembló de miedo al ver que salía de la tienda y se quedaba observando el cadáver. Vio como le dio una patada, se rió y se marchó silbando una canción alegre. Maribel salió de su escondite con precaución y, al ver que seguía sola, cogió un cesto y empezó a llenarlo con todo lo que encontró en la trastienda. 

Al salir se acercó a Don Agustín y le pidió disculpas al quitarle los zapatos. Eran de hombre y le iban grandes. “Cuando llegue a casa los rellenaré con papel”, decidió mientras pensaba a qué otras tiendas se podría acercar cuando se le acabaran las provisiones.

©Nuria Riera Wirth

Humo

Habitualmente era azul. El puñetero cielo era azul. ¿Por qué se empeñaba ahora en ponerse negro?

Llevaba horas bocarriba, con las piernas atrapadas bajo el fuselaje del avión. Probablemente habría perdido los pies, no lo sabía. Hacía un buen rato que se había acostumbrado al dolor. Como no podía evitarlo, se hizo amigo de él. 

Primero se distrajo con el dibujo que le pintó el sargento Drawer. ¡Qué talento tenía, el tío! ¡Menudas pechugas le había puesto a Betty! Los pezones quedaban hábilmente disimulados por adornos florales. El comandante, ese mojigato gilipuertas, no hubiese tolerado que se viesen. Y con ese tanguita…, joder…, cada vez que montaba en el Spitfire tenía una erección. Hoy había sido una excelente compañía, la buena de Betty…

Pero ya llevaba demasiado tiempo aprisionado, perdiendo sangre. Se encontraba muy mareado y el dibujo dejó de ser un consuelo, así que se estiró y trató de mirar al cielo. Ese maravilloso lugar azul en el que disfrutaba como un loco trazando loops y piruetas imposibles.

Tarde o temprano tenía que pasar. Un jodido Messerschmitt Me 262, rápido como un relámpago, le acertó de lleno. Apenas pudo controlar la barrena y al chocar contra un árbol salió despedido de la cabina. Ahora estaba tumbado e intentando volver a contemplar ese azul amado, pero se le resistía. El bombardeo aliado no cesaba y las defensas antiaéreas alemanas teñían de negro el cielo con sus oscuras nubes de muerte.

Si al menos parasen unos segundos… podría volver a ver ese azul.

—¿Hola? ¿Quién anda ahí? ¿Amigo o enemigo?

Sonó un disparo. Más dolor. Otro. Mucho más dolor…

Todo se tiñó de rojo mientras perdía la consciencia. Justo antes, en su campo de visión, apareció una sonrisa bajo un casco alemán…

©Enric Gisbert

Sistema de relajación

Busca un objeto, descríbelo y haz un manual de uso.
Escríbele después una carta (de amor o de odio)
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Sistema de relajación (Instrucciones)

Antes de cualquier manipulación, se recomienda tomar asiento cómodamente. A ser posible sofá. Coloque su compra en el regazo y proceda en el siguiente orden:

• Abra la caja.

• Saque el objeto que contenga.

• Desprecinte o desenvuelva, según empaquetado.

• Lance lejos el objeto. A ser posible con fuerza. Su destrucción puede producir un placer inicial adicional muy aconsejable. 

• Haga lo mismo con la caja. Vuela peor y es difícil que se rompa, sugerimos apuntar hacia cualquier “pongo” odiado que tenga a la vista. Todo suma.

• Acabe de desplegar el plástico de burbujas y quite los molestos celos.

• Por último, ejerza presión sobre las bolitas, juntando pulgar e indice. El movimiento hará que éstas estallen entre los dedos.

Se recomienda colocar ambas manos lo más juntas posibles, con el fin de facilitar las operaciones y disfrutar mejor del efecto. Una vez domine la técnica, usted mismo podrá experimentar otras posiciones que le permitan explotar varias burbujas en un único movimiento.

No compartir esta actividad. Su uso en pareja o en grupo puede generar conflictos sociales de extrema gravedad. 


(Carta)

Apreciadas, amadas burbujitas. 

Os dejo.

Es una decisión que lamento profundamente; en tan alta estima os tengo que se me desencadena el llanto y me ahogo en mis propias lágrimas tan solo con pensarlo. Habéis dado a mi existencia un sentido tan completo, tan complejo, que no puedo imaginar como será la vida después de tomar esta cruel decisión. NO creáis que no os estaré eternamente agradecido. NO penséis que olvidaré todo el tiempo que me habéis regalado. NO imaginéis que es una decisión basada en el egoísmo.
NO.

Es el daño que me inflijo a mí mismo. Por mi falta de autocontrol. Es tal el deseo que siento por haceros estallar que pierdo toda noción del tiempo y del espacio, mi capacidad de discernimiento desfallece y me abandona la lógica….

Es una cuestión de salud. Los dedos acaban sangrando. La artritis me deforma los pulgares. La vista empieza a flaquear. La mala postura de concentración está terminando con mis cervicales…

Es una cuestión de supervivencia. No como. Mi economía se resiente con las compras cada vez mayores. Los electrodomésticos ya no caben en casa y no tengo dinero para adquirir una más grande. La factura de la luz es estratosférica debido a las incontables noches en vela, para las cuales necesito consumir considerables dosis de café y carísimos estupefacientes…

Es… ¡todo!
Lo sois todo para mí y desaparezco en vosotras. 
Es vosotras o la muerte, y escojo…

… ¡qué coño! 
¡Vaya mierda de carta!

¡Os escojo a vosotras, siempre a vosotras!!!

(¿Cómo pude pensar siquiera en dejaros? Llamaré ahora mismo al MediaMarket… necesito otra lavadora…)

©Enric Gisbert

Perenne

—¡Noooo! ¡Otra vez, no! —se quejaba M4·m1 con el paraguas rojo desplegado en la pinza mecánica—. He vuelto a llegar tarde a la lluvia de estrellas. 

Estaba desolada. Desde la entrada de la nave en el espacio de Sigma Orionis que no conseguía verla. La culpa era de NØDR1z·A, el condenado ordenador central. Había decretado «OTOÑO» y los árboles andaban muy picajosos. No hacían otra cosa que soltar hojas sin parar y no terminaba nunca de barrer. 

Una vez llenas las sacas de basura siempre aprovechaba para dar un paseo hasta el reciclador orgánico. Cogía su paraguas, cargaba las bolsas al hombro y salía por la compuerta de la bodega. Apenas doscientos metros le separaban del balconcito exterior en el que se hallaba la boca del contenedor. Era un lugar maravilloso para contemplar las estrellas cercanas a la nebulosa.

Demasiado trabajo. «OTOÑO» era una estación muy dura. Tenía un interminable montón de quilómetros cuadrados por barrer cada día. Además M4·m1 era una “re-asignada”, no había sido diseñada para pasar la escoba. Toda su estructura fue concebida para el cuidado de bebés humanos. Pero ya no quedaban más de esas criaturas, se terminaron tiempo atrás. Nunca fueron tan resistentes como los vegetales. Fue entonces cuando NØDR1z·A la puso a trabajar en la sección ROBLES / ENCINAS / OLMOS. Su amigo P4·p1 fue mucho más afortunado; le destinaron a HIDROPÓNICOS. Allí el suelo estaba siempre limpio y apenas barría. En su sección M4·m1 tenía que acceder a los protocolos de auto-limpieza al menos una vez cada día. Y las ruedas… ¡Qué horror! Ya no recordaba las veces que tuvo que sustituirlas.

Por el rabillo del sensor ocular acertó a sentir, más que a ver, uno de los bólidos rezagados, probablemente el último del día. Al penetrar en la nebulosa estalló en mil destellos y el resplandor cegador iluminó centenares de pársecs. Flaco consuelo. De haber llegado a tiempo el espectáculo habría sido descomunal. Ni siquiera tuvo que usar el paraguas para evitar las chispas.

Recordó a Last, su último bebé. Le encantaba acercarse a la bóveda del visor principal con él en brazos. El pequeño disfrutaba con aquel alboroto de luces y seguía las estelas ojiplático. Después de la reasignación trató de hacer lo mismo con algunos brotes de alcornoque, pero no parecían demostrar el más mínimo interés.

Y ahora estaba allí, en el balcón del reciclador, con el paraguas abierto para nada. Sintió frustración, seguramente por primera vez desde su puesta en funcionamiento. No sabía como proceder ante sentimientos, así que esta nueva sensación desconocida empezó a acumularse de un modo desagradable. De esa congestión le sobrevino un cierto nivel de odio que, una vez procesado, se manifestó acelerando progresivamente algunos de sus sistemas secundarios hasta obtener ira en estado puro, la cual tomó el control de su placa central y de allí se distribuyó al resto de estructuras.

Rabiosa, M4·m1 salió disparada hacia la puerta de la bodega y la abrió de un manotazo dejando escapar todo el aire de la cámara de descompresión. ¡Qué más daba! No quedaban más humanos para salir a dar paseos por el espacio. Entró en la sección furiosa como un ciclón. Dejó la puerta abierta y empezó a arrancar los planteles de robles que había estado preparando durante todo «VERANO», lanzándolos con precisión matemática hacia la cámara. Ramas, hojas y terrones se esparcieron por todas partes.

En ese momento se oyó la voz metálica de NØDR1z·A:

—UNIDAD M4·m1. COMPLICACIONES. POSIBLE ERROR DE FUNCIONAMIENTO. ACTIVAR DIAGNÓSTICO DE OBSTRUCCIONES. 

—¡A la mierda! ¡«OTOÑO» es una mierda! — contestó la robot, poniendo en marcha la sierra circular de uno de sus brazos mecánicos.

—UNIDAD M4·m1. DETECTADO ERROR GRAVE DE FUNCIONAMIENTO. RECOMENDABLE ACTIVAR PROTOCOLO DE AUTO-LIMPIEZA.

M4·m1 se cargó uno de los olmos jóvenes de un tajo y, sin detenerse, se fue a por los robles viejos.

—UNIDAD M4·m1. ERROR CRÍTICO. IMPRESCINDIBLE ANULACIÓN DE SISTEMA AUTÓNOMO.

La robot atacó al gran roble que presidía el pabellón. En apenas unos segundos el árbol se desplomó. Triunfal, M4·m1 se subió al tocón, agarró el tronco y con un impulso circular lo lanzó a la bodega donde se hallaban el resto de sus víctimas. 

—IMPRESCINDIBLE ANULACIÓN DE SISTEMA AUTÓNOMO. IMPRESCINDIBLE ANULACIÓN… —repetía NØDR1z·A.

Mientras se acercaba a la cámara sintió como iba paulatinamente perdiendo el control. Llego justita para apretar el botón de apertura de las compuertas exteriores. Luego se desplomó al mismo tiempo que NØDR1z·A anunciaba:

—DESACTIVADA UNIDAD M4·m1. INICIANDO PROCESO DE AUTO-LIMPIEZA DEL SISTEMA EN MODO REMOTO.

* * *

M4·m1 contemplaba desde la bóveda la larga línea de desechos vegetales alejándose de la nave. Eran ya irrecuperables. ¡Qué desastre! Meses de trabajo y montones de biomasa desperdiciados.

En ese momento vio pasar el tronco del viejo roble por delante del visor, despacio, congelado, rotando sobre sí mismo. Sintió una cierta angustia… a lo mejor podría recuperar ese trozo de madera… la órbita era un poco excéntrica pero bastante regular… quizá más tarde haría los cálculos. 

No alcanzaba a comprender por qué aquel árbol le caía bien. Esa sensación no era muy normal; debería volver a repasar sus sistemas. ¡Maldita humedad! Se le llenaba todo de óxido. También actualizaría los protocolos contra la carbonilla… 

En ese momento NØDR1z·A anunció: 

—Es «INVIERNO»

M4·m1 cogió las sacas y su paraguas rojo. Los primeros cometas estaban estrellándose contra la Nebulosa Cabeza de Caballo otra vez. 

Hoy llegaría a tiempo. 

Antes de salir por la compuerta, echó una mirada a los árboles, la mayoría ya desnudos. Las carrascas iban a ser un problema. Condenada hoja perenne…

©Enric Gisbert

Memoria de Marioneta

Esa noche perdió completamente la memoria. A su alrededor las paredes se iban desdibujando a medida que los recuerdos se borraban.

¡Alucinante!, al mirarse no se reconocía. Intentaba recordar cómo había llegado a esa habitación, de dónde surgió su vida y por qué. No encontraba respuestas. Estaba sola y desde la ventana únicamente veía un bosque. Al contemplarlo con más atención podía observar como los árboles se iban empequeñeciendo. Parecían alejarse de la realidad. La cabeza le daba mil vueltas intentando encontrar una respuesta.

Se focalizó en el interior del cuarto. Abrió un libro con la intención de agarrarse a algo y contempló cómo las letras se escapaban. Decidió que sin memoria ni paredes que la protegieran lo mejor sería echar a correr: se dirigió hacia la puerta, pero esta ya se había borrado siendo sustituida por un bloque negro. Enloqueciendo se movió por lo que ya no era su casa, su hogar, y que iba desapareciendo tan solo con mirarla. Sin saber por qué pensó en los complejos nudos de la vida y empezó a sentirse marioneta de un titiritero inexperto. Cerró los ojos y se dejó llevar por el destino. Peor no podía ser.

Meses más tarde descubrió árboles nuevos en la ventana. Esta vez no disminuían ni desaparecían, también entraba una brillante luz. Las paredes borradas volvían a recuperar su forma y tamaño habitual. Siguió observando la habitación y todo parecía regresar a la realidad. Tomó el libro que perdió las letras y pudo leer «Había una vez una niña de papel que jugaba con los árboles…» Satisfecha de saber otra vez quién era se estiró a la espera de la llegada del titiritero. Ahora, tranquila, recordaba: La vida volvía cada verano con el regreso del comediante a su caravana de espectáculos.

©Nuria Riera Wirth

Crujido

Escuché un ruido y me escondí en el armario. 
La última vez que Crujido se escapó de la jaula perdí dos dedos. Mi hámster es un animalito un poco susceptible. Nunca ha dejado de crecer, debe ir ya por los treinta kilos, por lo menos. Desde la última oleada de radiación solar, las cosas se han estado complicando bastante a nivel genético. Veremos como acaba todo esto…

—¿Puedes mover un poco el codo, por favor? —una voz detrás de mí casi me para el corazón—. Estoy un poco delicada de las costillas, ¿recuerdas?

—Perdona, Hilde, cariño. No te había visto —le contesté mientras buscaba mejorar mi postura—. ¿Qué casualidad encontrarte aquí, no?

—Esa rata doméstica me tiene frita.

—Pensaba que estarías en la cocina.

—¡Y lo estaba! Al romper los barrotes Crujido ha ido directo a la nevera. La llené esta mañana, así que lo tendremos un rato distraído. Pero me he venido aquí por si acaso.

—Podríamos comprar otra jaula —dije.

—Lo que tenemos que hacer es echarlo de casa. O mejor, ¡matarlo! Ya se ha comido los muebles del comedor. Y tu hijo le ha tirado todos los libros del cole. 

—Aprovechando la tesitura, ya veo… El chico sabe distinguir dónde hay una oportunidad, aunque creo que no conseguiremos hacer de él un hombre de provecho.

—¡Qué va! Se lo va a comer antes el hámster.

—¡Pero mira que eres burra! 

—A ver… ¿Por qué nos estamos escondiendo? —se defendió.

—Hombre, Hilde. Es una bestia enorme.

—Es enorme, se te ha merendado dos dedos, ha ganado seis quilos en una semana y no parece tener intención de para de crecer. Por no hablar de que en un ataque de mimos me ha roto cuatro costillas.

—Lo mío de los dedos fue un accidente, mujer. No creo que tenga intención de devorarnos.

En esa conversación estábamos, cuando se oyó un terrible grito al otro lado del piso.

—¡Mamaaaaaaaaaa, socorroooooooooooo!!!! ¡Crujido se ha comido la Playyyyyyyy!!!

—Quizás tengas razón, cariño —le susurré a Hilde.

Relato publicado en «Cachitos de tierra» – ©Enric Gisbert

Un rato de lluvia (diario de una universitaria)

Esta mañana me desperté tarde y llegué a la Uni con la clase empezada. Éramos más de cuarenta y no se notó: Los alumnos íbamos entrando y saliendo sin que el profesor hiciera ningún comentario. En un momento dado me entraron ganas de practicar estiramientos de yoga para mejorar la flexibilidad de las piernas. Así que dejé libre mi silla y me situé tras la columna para practicar. Ni el profesor ni los compañeros se percataron de mi falta. Primero hice cinco minutos de calentamiento y luego me puse con los estiramientos. Tan concentrada estaba con los ejercicios que no me di cuenta de que la clase había terminado. Solo quedaban cuatro alumnos conversando con el profesor y mis objetos en una silla, los únicos en medio de la clase. Tan elegantemente como pude lo recogí todo y salí sin apenas hacer ruido. Mirando el reloj me dirigí hacia el comedor del campus donde comí un aceptable arroz con salmón: creo que el limón lo salvó. En la cafetería, como era habitual, siempre había mucha gente. Así que acostumbraba a comer rápido.

Soy tan introvertida como un cacahuete solitario y prefiero seguir así. Creo que tengo alergia a las personas del mismo modo que algunos la tienen a los frutos secos. Cuando se me acerca un chico me pongo roja como un tomate y me encojo de miedo. En cambio, cuando es una chica soy fría y distante. Es curioso este cambio de reacción ante los diferentes seres de la especie humana pues no sé cuál es mi orientación sexual. Aún no he dejado que nadie se acerque lo suficiente como para intimar.

A pocas calles de la zona universitaria hay una placita donde una cafetería saca una mesa a la calle, a modo de terraza. Allí voy las tardes que debo esperar para la clase de francés. Hoy la infusión estaba caliente y noté como me quemaba, de una forma agradable, la garganta dejando su calor en la punta de la lengua.
Una manera que tengo para evadirme del mundo es contemplar las palomas picoteando el pan que les acerca un abuelito sentado en un banco. Esta tarde, a los pocos minutos de llegar, las palomas se fueron dejando los restos de pan. Miré a los árboles y las farolas buscándolas: ni las veía ni las oía cantar “¿Por qué se habían ido?” Sin darle importancia saqué la novela de la mochila y empecé a leer. Al poco rato vi las páginas del libro salpicadas de gotas de agua, al igual que en la mesa y en el suelo de la plaza. El camarero vino a ayudarme, invitándome a entrar en el local. El bar era pequeño, estrecho, oscuro y con mobiliario antiguo: apenas había cinco mesas y todas ocupadas con oficinistas hablando y riendo. Si me quedaba debería hacerlo en la barra, de pie y siendo el objeto de miradas de todos los comensales. Todas las alergias del mundo acudieron a mí y salí corriendo del local.

Mientras esperaba que abriera la biblioteca, recordé que me había ido sin pagar la infusión. ¡Mi primer “simpa”! Durante el resto de la tarde no fui capaz de concentrarme. “¿Qué tenía que hacer: volver a pagar o no regresar jamás?” Ninguna de las dos opciones me convencía y no sabía cómo solucionarlo.

Acabadas las clases, en el metro de regreso a casa se sentó a mi lado un hombre vestido con pantalón negro y camisa blanca. Sin presentarse ni pedir permiso me dijo: “le he dicho a la jefa que la consumición ya la habías pagado”. Creo que jamás había mirado a ese hombre a la cara, pero en ese momento levanté el rostro y mirándole a los ojos vi un alma serena y dócil. Curiosamente mis alergias no aparecieron y fui capaz de hablar. Con un “gracias” él se sintió complacido. Con un “mañana regresaré” sonrió. Y con un “cuando volvamos a coincidir en el metro podemos charlar” se le iluminaron los ojos.

Ahora de noche sentada ante mi diario me siento indescriptiblemente feliz y tengo un cosquilleo de placer en el vientre que jamás había sentido. Algo así como si hubiera conquistado el Everest o hubiera ganado una maratón. Y simplemente ha llovido.

Cuento publicado en «¿Vuelas?» – ©Nuria Riera Wirth