Soñando en rojo

¿Qué clase de imbécil dijo que se sueña en blanco y negro?

Si le pillo…

Llevo una semana aquí, varado en Marte y a punto de perder la chaveta, rodeado de un rojo descomunal del que no te puedes escapar. A la que miras hacia arriba buscando un poco de oscuridad te entra el vértigo. ¡Todo ese cielo sin atmósfera duele! Debería haber soñado con viajar a Neptuno o Urano; allí son más de azules, más relajantes para la vista. Pero no. Aparecí en el puñetero Marte, con Marineris y sus puñeteros acantilados, con todas esas puñeteras piedras rojas, rojas, rojas, ¡rojaaaaaaaaasssss! 

Lo peor es que mis sueños duran mucho. De hecho tengo la impresión de que no son de verdad. Es decir, que SÍ LO SON, de que VOY a los lugares en los que me sumerjo al cerrar los ojos, de que ME OCURREN todos aquellos desvaríos en fase REM. 

Una de las cosas que me hizo sospechar fue la siesta de 15 días que me metí en el cuerpo el año pasado: mi fantasía duró exactamente lo mismo. Aquella vez pasé la mayoría del tiempo buceando en las Maldivas, detrás de peces gordos y coloridos. Alguno incluso me hizo pasar un mal rato; una barracuda furiosa salió disparada nadando hacia mí y del susto tragué agua como un imbécil. Al despertar fui al médico. No me encontraba bien. El hombre quedó alucinado: me diagnosticó pulmones encharcados y al hacer las punciones sacó ¡agua salada! Creo que incluso mi nombre salió publicado en algún almanaque de curiosidades médicas. Y el sueño era en colores, seguro. No la barracuda, es un bicho gris, feo y macilento, pero recuerdo perfectamente el color del mar, de los corales y de los peces, de los atardeceres. Incluso busqué nombres para los tipos de naranja que encontraba: zanahoria, pez payaso, fuego, calabaza, patapollo, caramelo…

Pero ya veis, esta vez Morfeo me ha llevado ni más ni menos que a Marte. Me paso el día paseando y pateando pedruscos con las manos en los bolsillos. Lo más interesante que me ha ocurrido fue que un par de días atrás tropecé con el Sojourner, el astromóvil de la Mars Pathfinder. También lo pateé, por hacer algo un poco diferente. Le fui cogiendo gusto y al final lo dejé hecho una mierda. Me quedé con las placas solares como recuerdo y después lo tiré por un barranco de unos seis quilómetros de profundidad. Pero ayer me cansé de llevar la plancha en las manos y también me deshice de ella. 

Antes me había estado persiguiendo el Zhu Rong, un Rover chino. Se pasó un par de horas detrás de mí, pero a la que me daba la vuelta, se escondía entre las rocas. Parece un trasto curioso. Supongo que se preguntaba: “¿De dónde ha salido este?”. A lo mejor ha cambiado de táctica y no se está dejando ver, no sé.

También he visto bajar un par de plataformas más. Es bonito cuando aterrizan, bueno, cuando “amartizan”, que esto no es la Tierra. Aunque de la segunda no quedó demasiado. Aquí las tormentas son un poco heavys y acabó pegándose un talegazo tremendo contra una roca. Reconozco haberme reído un buen rato. Llevo algunos trocitos en el bolsillo, a ver si vuelven conmigo cuando despierte. Hay una placa preciosa, doradita y en relieve, en la que se puede leer “Mars Clown Skills”. Me pregunto si se estarán volviendo cachondos en los programas espaciales…

… Levanto otra vez la cabeza hacia el espacio y me vuelvo a marear. ¡Mierda de rojo! Qué harto me tiene. Estoy por tirarme al barranco. En este momento debe haber unos nueve quilómetros hasta el suelo, como mínimo. Con lo alto que está seguro que me despierto antes de estamparme abajo. Intentaré tirarme de pie, no sea que me rompa la crisma al caerme de la cama.

¡Hala, mirad! ¡Ahí aparece el Zhu Rong otra vez!

Ahora lo entiendo. Se está peleando con el Curiosity. ¡Vaya bronca tienen montada! Una maraña de brazos mecánicos a golpes. Están saliendo chispas. Así, a contraluz, queda precioso. Las siluetas se recortan contra el crepúsculo azul. Sí, sí, ¡azul! ¿No lo sabíais? Aquí, cuando se pone el sol, el cielo se vuelve azul. Me lo contó una amiga, pero hasta que no lo vi no me lo creí. Aunque me parece que voy a dar un rodeo, no vaya a ser que pille.

Los americanos y los chinos, siempre a la greña. 

©Enric Gisbert

UNA TRAMPA AZUL

Al vivir rodeado de cerros y edificios grises, el mar se convierte en una trampa mortal. Es imposible escapar de su vehemencia cuando te lleva a su antojo.

Igual que las etapas del duelo, enfrentar el mar por primera vez es una experiencia abrumadora. Primero, te niegas a entrar por temor a su inmensidad. Luego, el enfado se apodera de tí porque el viento se convirtió en un aliado del mar, incluso su fuerza parece decir: «moveré las fichas cuando se me dé la gana». Después, intentas negociar con una plegaria mientras mueves las piernas de forma constante, en un intento por mantener tu vida a flote.

Una vez que todo ha pasado, la aceptación se encuentra fuera de tu alcance porque los peces te atacan con besos eléctricos y entonces debes elegir: pelear o huir.

Tal vez elija ambas, ninguna o una de las dos opciones.

Humo

Habitualmente era azul. El puñetero cielo era azul. ¿Por qué se empeñaba ahora en ponerse negro?

Llevaba horas bocarriba, con las piernas atrapadas bajo el fuselaje del avión. Probablemente habría perdido los pies, no lo sabía. Hacía un buen rato que se había acostumbrado al dolor. Como no podía evitarlo, se hizo amigo de él. 

Primero se distrajo con el dibujo que le pintó el sargento Drawer. ¡Qué talento tenía, el tío! ¡Menudas pechugas le había puesto a Betty! Los pezones quedaban hábilmente disimulados por adornos florales. El comandante, ese mojigato gilipuertas, no hubiese tolerado que se viesen. Y con ese tanguita…, joder…, cada vez que montaba en el Spitfire tenía una erección. Hoy había sido una excelente compañía, la buena de Betty…

Pero ya llevaba demasiado tiempo aprisionado, perdiendo sangre. Se encontraba muy mareado y el dibujo dejó de ser un consuelo, así que se estiró y trató de mirar al cielo. Ese maravilloso lugar azul en el que disfrutaba como un loco trazando loops y piruetas imposibles.

Tarde o temprano tenía que pasar. Un jodido Messerschmitt Me 262, rápido como un relámpago, le acertó de lleno. Apenas pudo controlar la barrena y al chocar contra un árbol salió despedido de la cabina. Ahora estaba tumbado e intentando volver a contemplar ese azul amado, pero se le resistía. El bombardeo aliado no cesaba y las defensas antiaéreas alemanas teñían de negro el cielo con sus oscuras nubes de muerte.

Si al menos parasen unos segundos… podría volver a ver ese azul.

—¿Hola? ¿Quién anda ahí? ¿Amigo o enemigo?

Sonó un disparo. Más dolor. Otro. Mucho más dolor…

Todo se tiñó de rojo mientras perdía la consciencia. Justo antes, en su campo de visión, apareció una sonrisa bajo un casco alemán…

©Enric Gisbert