Entre tumbas

Ana nunca fue capaz de olvidar la última vez que pisó un cementerio. De eso ya hacía mucho tiempo y se juró que jamás volvería; ni siquiera para los entierros de familiares o amigos. Pero ahora él había fallecido.

Recordaba todos los detalles de ese día. «Estaba en la bañera del hotel cuando tuvo un sueño revelador: su corazón hecho añicos aprendió a expulsar el amor de donde no debía estar. Mientras se secaba, se sintió preparada para luchar por la reconstrucción de su felicidad. Se arregló con esmero y salió a callejear por el centro de la desconocida ciudad. Llegó a un pequeño cementerio escondido entre calles estrechas. Al traspasar la entrada el barullo desapareció, el silencio vestía el lugar de elegancia y paz. Empezó a caminar despacio, se paró ante cada tumba y estudió con detenimiento el nombre y las fechas de los muertos; unas lápidas bien cuidadas, otras abandonadas e incluso algunas marcadas con una etiqueta que invitaba a llamar al responsable del cementerio. Todas la sorprendían por una u otra razón.

Adorar a los que no están o suspirar por su pérdida es algo que no acababa de comprender. “¿Hay diferencia entre la ruptura amorosa o la muerte de un ser querido? A los dos se les llora y siempre se termina por superarlo. O no.» 

En esos pensamientos estaba cuando escuchó un llanto tras el panteón donde se había detenido. Por curiosidad se acercó y encontró a una mujer mayor arrodillada con un ramo de margaritas blancas entre las manos. Su cara le resultó familiar. Decidió ayudarla a levantarse; la mujer se dejó llevar hasta un banco próximo. Una vez sentadas se miraron detenidamente. Ana se vio reflejada en el rostro de la anciana.

—¿Quién eres? —interrogó extrañada.
—Soy Ana —respondió y, ante la cara de sorpresa de su interlocutora, continuó—. Soy tú.
—¿Cómo? ¿Te burlas de mí? —preguntó.

La anciana negó con un movimiento de cabeza, Ana pensó que era una broma de la vida.
—¿Y por qué estás en un lugar desconocido para mí?
—De esta ciudad no te marcharás, te quedarás por el resto de tu vida. O casi.

No le gustó que le hablara de su porvenir, aunque fuera ella misma. Era como estropear las sorpresas del futuro.
Cuando salgas del cementerio irás a contemplar la puesta de sol y allá te reencontraras con tu amor, el de toda la vida.

—¿Cómo? Él no sabe que estoy aquí y precisamente he venido a olvidarlo —protestó enfadada—. No me ama y hasta ahora no he sido capaz de comprenderlo. Muchos años le he llevado en mi corazón, a la espera de una señal, una palabra y nunca…
—Eso es lo que tú crees —la cortó la anciana—. Tranquila, lo irás entendiendo con el tiempo. Su forma de mostrar amor es distinta a la que esperas porque ambos aprendisteis a amar de diferente manera.

Ana no quería seguir con la conversación y se marchó sin despedirse. “¡Y creer que era mi yo del futuro! Demasiadas novelas.” Solo para demostrarse a sí misma que todo era falso, se dirigió al paseo marítimo hasta llegar al mirador desde donde las parejas de enamorados contemplaban la puesta de sol.

Con lágrimas tristes nublando el horizonte lloró desconsoladamente sintiéndose sola y notando que su corazón seguía roto. Sabía que se engañaba a sí misma al intentar no amarlo. El sol desapareció y se secó los ojos. Al levantarse le vio, guapo, como siempre, y con esa mirada que llegaba al alma; la misma desde que se conocieron. En su mano llevaba un ramo de margaritas blancas.

¿Aceptas mi amistad incondicional para el resto de nuestras vidas? —preguntó él.
El camino de líneas tortuosas del corazón de Ana desapareció. Sonrió y le tendió la mano.»

Estuvieron juntos hasta que él se marchó para siempre y ella, con un ramo de margaritas blancas, volvió al cementerio.

©Nuria Riera Wirth

Ramo de margaritas

Nota de prensa: éxito literario basado en una vida anónima.

Philip Marlowe murió en el naufragio a la edad de 61 años. No dejó familia ni a nadie que le recordara, pero dos décadas después apareció una caja con varios objetos personales. De ella se extrajo la información necesaria para escribir una novela sobre su vida, una biografía ficticia basada en la interpretación del contenido.

Philip, sin familia, sin amores conocidos y cansado de todo, decidió celebrar el paso de los sesenta años a bordo de un crucero por el Pacífico. Cuando zarparon de Los Ángeles y para evitar el mareo del movimiento del barco empezó a beber sin mucho freno. Eran sus primeras vacaciones y quería disfrutarlas. Con la petaca en el bolsillo de la chaqueta se paseó por las cubiertas en busca del casino, la sala de juegos o el bar donde jugar una partida de póker. Aficionado a las apuestas y adicto a la adrenalina no quería aguardar al hundimiento del barco. Una vez encontrado el salón de juego se sentó en una mesa redonda a la espera de la llegada de jugadores. La primera fue una dama de buen ver, aunque de dudosa reputación, ya conocía bien a las de su calaña. Gracias a su paciencia y observación, perfeccionadas por décadas de profesión, había conocido a todo tipo de mujeres que enredaban a sus maridos con propósitos económicos. Al rato llegaron dos hombres más, amigos y acicalados con mucha clase. Marlowe se sintió fuera de lugar con su desgastado traje. 

Jugaron durante dos horas. Las apuestas y las ganancias fluctuaron igual que las olas del océano. El humor de Marlowe se embraveció cuando la dudosa dama le guiñó un ojo; se enfadó como la tormenta que se estaba desatando en el exterior.  Las mesas del bar sujetas al suelo evitaban desplazarse, pero los pasajeros empezaron a notar el exceso de movimiento. Escuchaban gritos en cubierta: damas en apuros y marineros dispuestos a ayudar. 

Philip dudó de la honestidad de sus compañeros de juego, dudó de lo que sus ojos veían, dudó de todo por el exceso de tragos. Y, en un ataque de furia, acompañado por las olas que sobrepasaban el puente de mando, tiró las cartas, recogió las ganancias de sus oponentes y salió a cubierta. Allí encontró la peor tormenta que había presenciado en su vida. Se creció, se sintió fuerte y con la postura más firme permitida por su ebriedad, mantuvo el equilibrio y empezó a lanzar derechazos al mar como el mejor boxeador. 

Mientras una manga marina, que se acercó por la popa, se lo tragó junto con todo aquel que estaba en cubierta.

©Nuria Riera Wirth

Orgasm-canteen

Hacía tiempo que no conseguía un orgasmo, y menos de aquellas dimensiones. ¡Quería explicárselo a sus amigas!

Una tarde, harta de no tener orgasmos con su pareja, decidió comprarse un «Satisfyer». No estaba convencida del todo pues había leído que era demasiado rápido y directo. Quería disfrutar de lo que su marido no le podía dar. Y es que los dos tenían una edad donde todo caía por naturaleza y el vigor masculino no era una excepción.

Entró en la tienda, libre de oscuridades, con un gran escaparate para verlo todo. Desde dentro y desde fuera. «¡Ojalá no pasara ni un conocido!”, pensó mientras, tímidamente, miraba los estantes. Los objetos estaban puestos con mucho cuidado, bien iluminados e, incluso, algunos funcionaban como muestra. No se atrevía a tocar nada.

La dependienta, una chica joven y sin tapujos, se le acercó:
—¿Necesita ayuda?
—No, gracias. Solo estoy mirando.
—Cualquier cosa me avisa.

Y mientras esta regresaba al mostrador, Andrea ya se había arrepentido de responder que no necesitaba nada. ¡Y es que lo necesitaba todo! Pero… ¿Cómo explicárselo? Las palabras se le tropezaban entre la cabeza y la boca. No sabía cómo empezar, aún y así acabó por acercarse al mostrador:

—Bueno… Sí, sí necesito ayuda. Quiero un orgasmo. Ya sabe, a mi edad cada vez cuesta más.
—¡Oh! ¡Vaya! Hay unos tubos de vidrio para ensanchar la vagina. Lo ha de usar a diario. Permítame que le muestre…
Andrea se quedó sorprendida. Esa joven pensaba que tenía el camino cerrado. ¡Menuda barbaridad!
—No, no es un problema de estrechez —aclaró entre calores— el tema es que mi pareja ya no tiene aguante, finaliza antes que yo, se duerme y me quedo a medias.
—¡Oh! ¡Vaya!, ¡qué lástima! Entonces deberá acabar por su cuenta.
—¡Claro! —continuó Andrea algo más relajada— pero me canso. Es que tardo mucho.
—¡Oh! ¡Vaya! Entonces le recomiendo el «orgasm-canteen».
—¿Eso qué es?
—¡Oh! ¡Vaya! Mire, es un vibrador que lleva incorporada una cantimplora en el interior. Usted se introduce el tubito en la boca. Cuando necesite recuperar fuerzas pulse este botón —continuó la dependienta ante la cara de asombro de Andrea— , el marrón y recibirá un sorbito. ¿Sabe? Como los ciclistas. Así no ha de detenerse para recuperar fuerzas. Normalmente se pone agua, pero con otras bebidas (incluso licores) también funciona.
—¡Oh! ¡Vaya! —respondió Andrea imitando a la vendedora.

©Nuria Riera Wirth

Pan negro

Hasta el pan negro estaba muy buscado durante la guerra. La hambruna casi mataba más que las balas y caminar por la ciudad sitiada era jugarse la vida a cada segundo. Las bombas azules del enemigo caían sin previo aviso dejando escombros grises por doquier.

Maribel salía día sí y día también en busca de algo que comer. Sus pies estaban llenos de todo tipo de cicatrices y heridas abiertas a causa de cristales y cascotes. Pero el ansia de alimentar a sus hijos era superior a cualquier dolor. Cada mañana se acercaba la tienda de Don Agustín con la esperanza de que se apiadase de ella y le regalara algo de pan o alguna patata. Antes de la guerra había sido buena clienta, nunca acumuló deudas: su marido, ahora desaparecido, era diplomático y eso le garantizó un excelente servicio por parte de los comerciantes de la ciudad.

Esa mañana fue diferente; el vendedor, sentado en la entrada de la tienda, parecía dormir. Al intentar despertarlo con un ligero toque en el hombro, cayó como un peso muerto. Maribel palideció y entró en la tienda de un salto. En el interior encontró a un hombre, con adornos brillantes en el pecho, comiendo pan. La mujer, más asustada que con la muerte de Don Agustín, se escondió bajo el mostrador. El olor de la mantequilla y el crujir del pan se le unían a los sonidos de su estómago vacío. El general acabó de comer, eructó y dijo algo en un idioma que ella no entendió. Tembló de miedo al ver que salía de la tienda y se quedaba observando el cadáver. Vio como le dio una patada, se rió y se marchó silbando una canción alegre. Maribel salió de su escondite con precaución y, al ver que seguía sola, cogió un cesto y empezó a llenarlo con todo lo que encontró en la trastienda. 

Al salir se acercó a Don Agustín y le pidió disculpas al quitarle los zapatos. Eran de hombre y le iban grandes. “Cuando llegue a casa los rellenaré con papel”, decidió mientras pensaba a qué otras tiendas se podría acercar cuando se le acabaran las provisiones.

©Nuria Riera Wirth

Memoria de Marioneta

Esa noche perdió completamente la memoria. A su alrededor las paredes se iban desdibujando a medida que los recuerdos se borraban.

¡Alucinante!, al mirarse no se reconocía. Intentaba recordar cómo había llegado a esa habitación, de dónde surgió su vida y por qué. No encontraba respuestas. Estaba sola y desde la ventana únicamente veía un bosque. Al contemplarlo con más atención podía observar como los árboles se iban empequeñeciendo. Parecían alejarse de la realidad. La cabeza le daba mil vueltas intentando encontrar una respuesta.

Se focalizó en el interior del cuarto. Abrió un libro con la intención de agarrarse a algo y contempló cómo las letras se escapaban. Decidió que sin memoria ni paredes que la protegieran lo mejor sería echar a correr: se dirigió hacia la puerta, pero esta ya se había borrado siendo sustituida por un bloque negro. Enloqueciendo se movió por lo que ya no era su casa, su hogar, y que iba desapareciendo tan solo con mirarla. Sin saber por qué pensó en los complejos nudos de la vida y empezó a sentirse marioneta de un titiritero inexperto. Cerró los ojos y se dejó llevar por el destino. Peor no podía ser.

Meses más tarde descubrió árboles nuevos en la ventana. Esta vez no disminuían ni desaparecían, también entraba una brillante luz. Las paredes borradas volvían a recuperar su forma y tamaño habitual. Siguió observando la habitación y todo parecía regresar a la realidad. Tomó el libro que perdió las letras y pudo leer «Había una vez una niña de papel que jugaba con los árboles…» Satisfecha de saber otra vez quién era se estiró a la espera de la llegada del titiritero. Ahora, tranquila, recordaba: La vida volvía cada verano con el regreso del comediante a su caravana de espectáculos.

©Nuria Riera Wirth

Un rato de lluvia (diario de una universitaria)

Esta mañana me desperté tarde y llegué a la Uni con la clase empezada. Éramos más de cuarenta y no se notó: Los alumnos íbamos entrando y saliendo sin que el profesor hiciera ningún comentario. En un momento dado me entraron ganas de practicar estiramientos de yoga para mejorar la flexibilidad de las piernas. Así que dejé libre mi silla y me situé tras la columna para practicar. Ni el profesor ni los compañeros se percataron de mi falta. Primero hice cinco minutos de calentamiento y luego me puse con los estiramientos. Tan concentrada estaba con los ejercicios que no me di cuenta de que la clase había terminado. Solo quedaban cuatro alumnos conversando con el profesor y mis objetos en una silla, los únicos en medio de la clase. Tan elegantemente como pude lo recogí todo y salí sin apenas hacer ruido. Mirando el reloj me dirigí hacia el comedor del campus donde comí un aceptable arroz con salmón: creo que el limón lo salvó. En la cafetería, como era habitual, siempre había mucha gente. Así que acostumbraba a comer rápido.

Soy tan introvertida como un cacahuete solitario y prefiero seguir así. Creo que tengo alergia a las personas del mismo modo que algunos la tienen a los frutos secos. Cuando se me acerca un chico me pongo roja como un tomate y me encojo de miedo. En cambio, cuando es una chica soy fría y distante. Es curioso este cambio de reacción ante los diferentes seres de la especie humana pues no sé cuál es mi orientación sexual. Aún no he dejado que nadie se acerque lo suficiente como para intimar.

A pocas calles de la zona universitaria hay una placita donde una cafetería saca una mesa a la calle, a modo de terraza. Allí voy las tardes que debo esperar para la clase de francés. Hoy la infusión estaba caliente y noté como me quemaba, de una forma agradable, la garganta dejando su calor en la punta de la lengua.
Una manera que tengo para evadirme del mundo es contemplar las palomas picoteando el pan que les acerca un abuelito sentado en un banco. Esta tarde, a los pocos minutos de llegar, las palomas se fueron dejando los restos de pan. Miré a los árboles y las farolas buscándolas: ni las veía ni las oía cantar “¿Por qué se habían ido?” Sin darle importancia saqué la novela de la mochila y empecé a leer. Al poco rato vi las páginas del libro salpicadas de gotas de agua, al igual que en la mesa y en el suelo de la plaza. El camarero vino a ayudarme, invitándome a entrar en el local. El bar era pequeño, estrecho, oscuro y con mobiliario antiguo: apenas había cinco mesas y todas ocupadas con oficinistas hablando y riendo. Si me quedaba debería hacerlo en la barra, de pie y siendo el objeto de miradas de todos los comensales. Todas las alergias del mundo acudieron a mí y salí corriendo del local.

Mientras esperaba que abriera la biblioteca, recordé que me había ido sin pagar la infusión. ¡Mi primer “simpa”! Durante el resto de la tarde no fui capaz de concentrarme. “¿Qué tenía que hacer: volver a pagar o no regresar jamás?” Ninguna de las dos opciones me convencía y no sabía cómo solucionarlo.

Acabadas las clases, en el metro de regreso a casa se sentó a mi lado un hombre vestido con pantalón negro y camisa blanca. Sin presentarse ni pedir permiso me dijo: “le he dicho a la jefa que la consumición ya la habías pagado”. Creo que jamás había mirado a ese hombre a la cara, pero en ese momento levanté el rostro y mirándole a los ojos vi un alma serena y dócil. Curiosamente mis alergias no aparecieron y fui capaz de hablar. Con un “gracias” él se sintió complacido. Con un “mañana regresaré” sonrió. Y con un “cuando volvamos a coincidir en el metro podemos charlar” se le iluminaron los ojos.

Ahora de noche sentada ante mi diario me siento indescriptiblemente feliz y tengo un cosquilleo de placer en el vientre que jamás había sentido. Algo así como si hubiera conquistado el Everest o hubiera ganado una maratón. Y simplemente ha llovido.

Cuento publicado en «¿Vuelas?» – ©Nuria Riera Wirth