De Cartón

Cuando el taxi aparcó ante la puerta del manicomio, recordé que había dejado los papeles de la custodia encima del escritorio. ¡Maldita cabeza la mía…! Súbitamente, una parvada de estorninos ruidosos levantó el vuelo y pasó en rasante por encima de nosotros. Por fortuna, aún no había bajado: las consecuencias hubiesen sido mas bien desagradables.

—¡Malditos bichos! —dijo el conductor—. ¿Ha visto? ¡Me han dejado el parabrisas perdido!

No contesté. Le pasé un billete y el taxista, un poco ofendido por mi silencio, me cobró de malos modos.

—¡Hala, venga! ¡Bajarsus!

Salí del coche y miré hacia atrás. Pude comprobar el excelente trabajo de decoración hecho por la bandada: océanos de caca por todas partes. El taxi había adquirido un bonito color “gris excremento”. 

Empecé a andar hacia el vetusto edificio. Daba miedo. O quizás era yo, sugestionado, quien sentía pavor ante la situación. Pasar a recoger al tarado de mi hermano no me apetecía lo más mínimo; supongo que a nadie le gusta compartir tiempo –ni familia– con un tipo que ha incinerado toda la fortuna familiar. ¡Jodido pirómano…!

Cuando cogí el pomo de la puerta de entrada mi instinto me dijo que algo estaba mal. No sabía qué… un pálpito… una sensación… Abrí la puerta y…

¡No-había-nada-detrás!!!

Me encontré ante un espacio abierto. Un prado, cielo azul y el bosque a lo lejos. Instintivamente me di la vuelta y miré. 

La fachada, era de cartón.

©Enric