De Cartón

Cuando el taxi aparcó ante la puerta del manicomio, recordé que había dejado los papeles de la custodia encima del escritorio. ¡Maldita cabeza la mía…! Súbitamente, una parvada de estorninos ruidosos levantó el vuelo y pasó en rasante por encima de nosotros. Por fortuna, aún no había bajado: las consecuencias hubiesen sido mas bien desagradables.

—¡Malditos bichos! —dijo el conductor—. ¿Ha visto? ¡Me han dejado el parabrisas perdido!

No contesté. Le pasé un billete y el taxista, un poco ofendido por mi silencio, me cobró de malos modos.

—¡Hala, venga! ¡Bajarsus!

Salí del coche y miré hacia atrás. Pude comprobar el excelente trabajo de decoración hecho por la bandada: océanos de caca por todas partes. El taxi había adquirido un bonito color “gris excremento”. 

Empecé a andar hacia el vetusto edificio. Daba miedo. O quizás era yo, sugestionado, quien sentía pavor ante la situación. Pasar a recoger al tarado de mi hermano no me apetecía lo más mínimo; supongo que a nadie le gusta compartir tiempo –ni familia– con un tipo que ha incinerado toda la fortuna familiar. ¡Jodido pirómano…!

Cuando cogí el pomo de la puerta de entrada mi instinto me dijo que algo estaba mal. No sabía qué… un pálpito… una sensación… Abrí la puerta y…

¡No-había-nada-detrás!!!

Me encontré ante un espacio abierto. Un prado, cielo azul y el bosque a lo lejos. Instintivamente me di la vuelta y miré. 

La fachada, era de cartón.

©Enric

Las luces rojas

Cuando me estrellé con la bicicleta, el detector cuántico y el resto de componentes salieron disparados del canasto. 

—Acertó de lleno en el árbol, señor —dijo un jovenzuelo que por allí pasaba. No podía dejar de reír mientras recogía del suelo el grafo, el bolígrafo, el polígrafo, la barra de tungsteno y mi moneda de la suerte—. Va a tener que enderezar esto.

Y me entregó los cachivaches. Efectivamente: la barra quedó atrapada en un saliente y estaba totalmente torcida.

—Tome, igual le sirven— el muchacho siguió hablando mientras me ofrecía unos alicates oxidados sacados del bolsillo trasero del tejano. 

—Gracias, pero ahora mismo lo que necesito es una farmacia; estoy sangrando —dije mostrándole la brecha de mi frente, mis rodillas y las palmas de mis manos totalmente en carne viva. El asfalto había hecho bien su trabajo. 

—Hay una dos calles más abajo –me informó mientras volvía a guardar los alicates y sacaba un plátano.

—¿La del señor Limón? —pregunté.

—Esa misma —pelaba la fruta con parsimonia—. ¿Ve aquel cartel rojo con luces? Cuando llegue, gire a la izquierda y allí la verá.

—Justo iba buscando esa dirección. El señor Limón, licenciado por la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación de la Universidad de Barcelona, estaba interesado en comprar un polígrafo, un detector cuántico y un medidor de presión arterial.

—Pues me parece que se quedó sin negocio, señor. No veo nada que haya quedado de una pieza —dio un bocado y añadió con mirada maliciosa—. Esas luces rojas y las señoritas ligeritas de ropa que hay debajo suelen despistar mucho a los ciclistas…

Enric Gisbert