Teníamos un gato

Teníamos un gato, pero lo quemé. Así tal cual te lo cuento, y tú no digas nada a nadie. Me condenarían por ello.

A la edad de diez años, el tío Luis me regaló un gatito de pelaje castaño. Era mi cumpleaños y supuestamente el animalito debía ser cariñoso, como en los cuentos de la abuela Nani, ¿te acuerdas? 
Visto desde la distancia quizás solo quería jugar, pero no lo supe interpretar: buscaba en él un ronroneo pacífico, estirados en el sofá. En cambio, la fiera, sí, una fiera y no me mires así, se dedicó a morderme los pies y los brazos. Corría por mi cuerpo de arriba abajo, buscaba un enemigo invisible entre mí. En un momento poco oportuno conseguí detenerlo y mirarlo con detenimiento ¿Qué clase de bestia era? Sus ojos amarillos desprendían violencia o quizás fuera vitalidad. Sentí como si el demonio se hubiera encarnado en mi nueva mascota. Sin pensarlo mucho y, con él pataleando entre mis brazos, bajé a la cocina. No me mires así o no continuo. 
La cocina estaba desierta y sin pensar, aún, lo metí en la estufa de leña. Durante un rato intentó abrir la tapa y sus alaridos me espeluznaron. Creí vencer al diablo y por ello ganar un lugar en el cielo.
Esos aullidos me persiguieron durante el mes que pasé en cama con fiebre y pesadillas. La familia llegó a creer que enfermé por la huida del gato. ¡Me sigues mirando mal! Mejor vete… y recuerda no explicarlo nunca.

Hubiese dejado de matar por ti

Llevas varias noches sin pegar ojo disfrutando de la disección. ¿Quién te habría dicho lo maravillosamente divertido que resultaba la “revisión ginecológica” a la que estás sometiendo a tu ginecóloga? Sara, totalmente agotada ante tus “biopsias”, ha terminado desmayándose, la pobre, al ver sobre la mesa su propio útero.

Recuerdas lo seca que se mostró en su última conversación por WhatsApp. Tardó horas en contestar tus mensajes y lo hizo de forma escueta y poco cariñosa, nada habitual en ella. Toda esa pasión que os habíais demostrado los últimos tres meses, cuando pensaste que podrías volver a enamorarte de nuevo, se esfumó desde que le confiesas haber estado casada y tener dos niñas. Entonces te manda el último mensaje para anular vuestra cita del fin de semana. Mucho trabajo en la consulta es la excusa que pone. No te preocupes, vamos otro día, contestas. El Liceo no se va a mover de allí. Solo cambiará la programación. Y ahí decides convertirla en otra de tus “pacientes”. 

Por la tarde llama Francis, tu hija mayor, y te vuelve a pedir dinero para salir. Entonces recuerdas que ya le habías dado 50 € hace dos días y tienes la certeza que se lo ha pateado en condones y alcohol. Sin fuerzas para discutir le dices que no te alcanza porque Vanesa, la peque, es más de porros y te ha dejado tiesa en un ataque al monedero. Rebuzna un ¡Vaya pringada!, se oye un portazo, vidrios rotos y cuelga. 

Antes de dar bocado al sándwich que te has preparado para cenar en el sofá, la doctora vuelve en sí. Tratando de escupir la mordaza que le impide gritar el dolor, mira aterrada cómo no para de bajar sangre por sus piernas. Parece que va a arrancarse los brazos estirando las cuerdas que los sujetan en alto, retorciéndose desesperada para liberarse, sin éxito. Con la intención de evadirte y relajarte un rato decides continuar con una de tus especialidades favoritas. Coges los alicates, te subes al taburete y vas a por sus uñas. El ensangrentado trapo baboso de su boca amortigua el aullido. El cuerpo desnudo empieza a dar latigazos y patadas de miedo. Estás a punto de caerte de un culetazo. Cabreada, le sueltas un puñetazo en el ojo, bajas al suelo y pinzas una costilla con la herramienta, a dos manos, con fuerza, hasta que oyes un ¡crec!. Los pechos los guardas para más tarde. Se le suelta el vientre y las heces se mezclan con la sangre. Ya fregarás mañana por la mañana, que huela su propia mierda esta noche.

A las once de la noche llama la vecina de abajo. Tiene una mancha enorme que le viene de tu piso justo en el techo del salón. Pero no es agua, es algo rojo, dice. Tienes que recoger el mejunje del suelo urgentemente. Pides disculpas, pero la mujer te grita desde la puerta airada, con desprecio y amenazas sobre los problemas que vais a tener con la factura del seguro. Suerte que Sara se ha vuelto a desmayar, casi te descubre. Coges el mocho y el cubo y te pones manos a la obra. 

Cruzas los dedos y te tomas un par de somníferos. Estás muy cansada y necesitas parar un poco. Quizás eso de enrollarte con tu ginecóloga traiga mal fario. Desde que folláis no dejan de ocurrirte infortunios, y eso que el sexo es magnífico. Bueno, era. No podrás tirártela más, lo que le estás haciendo es muy feo.

Cruzas los dedos y te tomas otro par de somníferos a pesar de que sabes que no debes abusar de ellos. Mañana será otro día, te dices a ti misma, ya llevas muchas horas seguidas. Tenéis que descansar, las dos.

Te despiertas pesada, con la sensación de haber dormido siglos. Estás haciendo tus necesidades y con el efecto de los somníferos apenas oyes el portazo: mierda, no pensaste que sería capaz de soltarse, aunque desangrándose y sin ovarios no irá muy lejos. Te vistes apresuradamente, te recoges la encrespada melena, agarras el primer cuchillo que pillas de la cocina y sales al vestíbulo pitando detrás de ella. No sea que se cruce con algún vecino.

Una lluvia de mil demonios repiquetea en la calle. Esperas que no le dé por salir; no soportas mojarte. Suena un ruido en la escalera, un par de pisos más abajo. No ha habido suerte. Al asomarte al hueco ves al viejito del segundo ayudando a Sara a levantarse. Sigue desnuda y empapada. La luz del amanecer se cuela por la claraboya y acentúa el contraste de la sangre contra el blanco de su piel pecosa. El hombre intenta cubrirla con su chaqueta.

Saltando rellanos consigues llegar hasta ellos. Un suspiro de alivio del vecino al ver tu cara, creyendo que vienes a ayudarle. Te resulta reconfortante rebanarle el cuello con el jamonero (eres muy previsora: una no lleva nunca suficientes cuchillos encima). Y respiras hondo.

La mañana empieza prometedora. Tu piso está hecho unos zorros y el viejito se dejó la puerta abierta del suyo. Sientes el olor de café recién hecho y las tostadas. Además, acababa de poner al fuego una olla de sopa. Estupendo. Continuaréis aquí mientras desayunas. Le pateas duro las costillas a Sara como venganza del susto que te ha dado. ¡Mira qué me has hecho hacer, so puta! Entonces recuerdas el nombre del vecino. Pobre Jorge…

Los arrastras hacia el piso. Al muerto por el brazo; pesa poco. A ella por el pelo. Gime, pero aún no ha podido ni quitarse el trapo de la boca. Está demasiado débil. Hace calorcito dentro. Te sientes segura. Casi feliz.

A mediodía se ha vuelto a desmayar. Como venganza por la huida la has estado despellejando encima de la mesa del comedor. Su cara lívida parece recordar el dolor. Se te acabó lo de ir tirando los tejos a cualquier macho que se te cruza, doctorcita. Sobre todo a los maridos de las clientas. Estás por dejarla viva. Con lo bellezón que era, eso sí que sería un castigo.

Entonces empiezan las dudas. Cuando termines con Sara vas a tener que dejar el piso. Es probable que alguien eche de menos al viejo. Y no tienes tiempo para esconderlo. Ella ya te da bastante trabajo. Otra vez a cambiar de ciudad. De nombre. De peinado. Qué pereza…

Por eso, cuando ya no sabes qué hacerle más para que grite, empiezas a cabrearte. Está tan agotada que se desmaya continuamente y los gritos amortiguados por la mordaza han perdido fuerza y son débiles gemidos. No quedan huesos por romper. No queda mucha piel por arrancar. No para de temblar. Seguro que está entrando en shock. Esto se acaba, amigos.

Agarras con fuerza la olla de sopa hirviendo y se la tiras por encima. Apenas reacciona arqueando débilmente el cuerpo. Qué decepción. Con el espasmo, la cabeza le ha quedado colgando en el borde de la mesa. Blandes el puchero en alto y aprovechas el peso para dejarlo caer con fuerza sobre la cara. El cuello se rompe en un satisfactorio ¡crac! 

Te quedas un rato allí, petrificada, viendo como se balancea esa cabecita que un día amaste. Tenías que joderlo todo, ¿eh, idiota? Hubiese dejado de matar por ti.

Estallaste como estalla un volcán. Sin avisar. Tus ojos no derramaron ni una lágrima. Caliente como la lava disfrutaste de tu venganza. Ahora subirás a tu casa a recoger un par de cosas y te irás de aquí. A otra ciudad. Con otro nombre. Te harás un nuevo peinado. Aunque quizás primero te eches una siesta. Estás muy cansada. Demasiada tensión acumulada.

Pilaro Gisbert de Wirth