Verdad o no

En Estados Unidos hay una ciudad llamada “Truth or Consequences”.

Pero mejor empezamos por el principio: en Estados Unidos había un programa de radio llamado “Truth or Consequences”. Si el concursante no completaba la parte de verdad tenía que aceptar las consecuencias y realizar algo estrafalario y vergonzoso. Lo que conocemos como “pagar prenda”. Añadir que los estadounidenses preferían no acertar la verdad y mostrar sus habilidades acrobáticas. El locutor, un día por allá en los años 50 del siglo pasado, decidió hacer un concurso prometiendo retransmitir desde la primera ciudad que cambiara su nombre por el del programa. Hot Springs de Nuevo México ganó.

Imagen de https://www.datosfreak.org/datos/slug/truth-or-consequences-nuevo-mexico/

Este hecho de por sí es curioso e interesante. También los habitantes de dicha ciudad: los hay de lo más variopintos. Por ejemplo, un hombre perseguido por un inspector estatal de construcción pues  acumula en el patio de su casa todo lo que encuentra abandonado en el desierto. Ya no se ve la puerta de entrada. ¿Conseguirá algún día despejar el camino de entrada o deberá aceptar las consecuencias?

También un pintor, algo mayor, quien rehabilitó una cabaña de madera. Recita poesía y vive acongojado por las patadas recibidas de su padre. Las pinta sin cesar. ¿Será cierto que lo pateaban?

O una mujer quien, después de pasar siete años fuera, regresó por la ansiedad generada al no poder visitar a su familia. Sus ingresos eran mínimos y no le alcanzaba para el viaje en un coche de alquiler -le dan pánico los aviones-. Ahora tiene un trabajo miserable. Vive deprimida y aunque no se siente prisionera, lo es. ¿Es consecuencia de la verdad?

Entre todos los habitantes de la ciudad está Sarah, una mujer de noventa años. Cuando era pequeña sufrió abusos sexuales por parte de su padre, quien acabó en prisión. Aún le duele  la ausencia de su madre en el juicio. Aquí podríamos crear una nube de dudas: “¿La madre no fue porque trabajaba?”. “¿La madre no se presentó porque tenía miedo de la justicia?”. “¿La madre se olvidó porque no la amaba?”. 

Por suerte el padre acabó en prisión. Pero los horrores no finalizaron; su hermano mayor también quería su ración de disfrute. Aquí creamos otra nube y no de dudas sino de sentimientos: “Sarah se sentía menospreciada”. “Sarah se odiaba a sí misma”. “Sarah no encontraba la protección de su madre”.

Por suerte un día conoció a Frank. Se enamoraron. Se casaron y fueron felices. Su marido era domador de tigres y juntos hacían varios números de circo. Aquí podemos crear una nube de felicidad: “Es rosa, como el amor del bueno”. “Se amaban y se apoyaban el uno en el otro”. “Frank jamás alzó la voz ni le faltó el respeto”.

Con el paso de los años llegó la vejez y con ella las enfermedades. Una de esas se llevó a Frank para siempre. Desde entonces Sarah vive sola en una caravana cerca de la naturaleza. Cada vez que lo necesita conduce hasta la ciudad para abastecerse de lo necesario. Ante el volante se siente libre al contemplar los paisajes áridos. Las arrugas del tiempo y de las experiencias de la vida la hacen bella e interesante, es una mujer agradecida por las bondades recibidas. Actualmente se dedica a disfrutar de la naturaleza, de la soledad y de los animales que cuida. Recoge perros abandonados, los atiende y los alimenta. También da de comer a una tribu de palomas. Se la ve feliz aunque de su corazón, a veces, surgen nubarrones. Aquí podríamos abrir una nube azul celeste: “Sarah respira el silencio de los animales que atiende”. “Sarah no pierde la esperanza de seguir en paz con ella misma”. “Sarah vive con la ilusión de llegar a un final junto a Frank”.

“Truth or Consequences”, el programa de radio ponía a prueba la sinceridad del concursante. Aquí te dejo, lector, que tú mismo decidas cuáles de estas historias son reales.

©Nuria Riera Wirth

Relatos mágicos

Este sábado 9 de octubre presentamos «Relatos mágicos» la nueva publicación de BCNEscribe en la galería de arte Ronda Barcelona.

«Relatos Mágicos» está escrito por Gabriel, un niño de 10 años que vive en Caracas-Venezuela, y Giannelys, su tía en Barcelona.

«Relatos Mágicos» tal como indica el título nos transmite magia y mucha imaginación a través de sus cuentos.

Conocí a Giannelys, si la memoria no me falla, hace un par de años en los encuentros de Barcelona Escribe. Por cuestiones laborales tuvo que dejar de asistir, aunque nunca perdió el contacto ni se desvinculó. Un día me envió un mensaje de WhatsApp preguntándome si deseaba ayudarla en un proyecto de escritura que había ideado con su sobrino Gabriel.

Desde su adolescencia, y con apoyo de su madre, Giannelys asistía como voluntaria a una residencia donde se encontraban niños abandonados. Desde entonces ha realizado varias actividades de esta índole. Las ultimas que realizó en Venezuela, Gabriel presenció las ayudas que organizaba con amigas: preparaban comida para repartirlas por la noche en diferentes zonas de Caracas. Hay situaciones que allá no han cambiado y no es secreto para nadie que hay personas, incluso más de lo que crees, en situación de vulnerabilidad.
A pesar de la edad que tiene Gabriel, es consciente de esto y es por eso le preguntó: «¿Tía, que podemos hacer para ganar dinero y ayudar a personas necesitadas?» Gabriel y Giannelys comparten pasión por la escritura. Así que sin pensarlo de preguntaron: ¿Por qué no buscamos a una persona que nos dé clases online, vamos creando el contenido para escribir un libro y así con las ventas, recaudamos dinero para donarlo?

Para mí fue un gran honor que contara conmigo y, a la vez, pensé en lo difícil que podría ser el proyecto: escribir un libro de relatos desde Caracas y Barcelona. También sentía la presión de tener por primera vez un escritor de diez años. Ahora, pasados estos meses de encuentros semanales, puedo decir que ese miedo desapareció en poco tiempo para convertirse en una gran experiencia. Gabo es un muchacho muy motivado e implicado y, a pesar de los problemas de conexión habidos, en ningún momento bajó su ánimo.

Os explico el proceso de escritura que hemos seguido durante estos meses. Cada miércoles nos juntábamos a través de una aplicación de videollamada. Leíamos un cuento escrito durante la semana, comentarlo para mejorar (si fuera necesario). Continuábamos con la propuesta de un ejercicio con el objetivo de abrir la mente a la creatividad, obteniendo resultados, algunas veces, sorprendentes. Y finalizábamos los noventa minutos escribiendo un nanorrelato, que viene siendo un cuento muy, muy corto.

«Relatos Mágicos» contiene en tres partes: la primera con los relatos escritos por Gabriel, la segunda por los de Giannelys y la tercera con los nanorrelatos. Los nanorrelatos se pueden considerar un esbozo, un esqueleto de un cuento a desarrollar, o dejarlo tal cual para que el lector libere su fantasía e imagine lo que no se explica.

Relatos magicos
Relatos mágicos

Con las ventas de «Relatos Mágicos» Giannelys y Gabo ayudan a quien más lo necesita: niños y niñas de Venezuela en situación vulnerable. Todas las ganancias generadas serán donadas. Y para que todo sea más trasparente se ha creado una página web donde podrás ver qué se está realizando con el dinero de las ventas.

https://gonzalezgescritura.com/index.php/resultados-de-tu-aporte/

Y el libro puedes adquirirlo en Amazon:

Gracias por tu apoyo.

Barcelona Escribe

Soñando en rojo

¿Qué clase de imbécil dijo que se sueña en blanco y negro?

Si le pillo…

Llevo una semana aquí, varado en Marte y a punto de perder la chaveta, rodeado de un rojo descomunal del que no te puedes escapar. A la que miras hacia arriba buscando un poco de oscuridad te entra el vértigo. ¡Todo ese cielo sin atmósfera duele! Debería haber soñado con viajar a Neptuno o Urano; allí son más de azules, más relajantes para la vista. Pero no. Aparecí en el puñetero Marte, con Marineris y sus puñeteros acantilados, con todas esas puñeteras piedras rojas, rojas, rojas, ¡rojaaaaaaaaasssss! 

Lo peor es que mis sueños duran mucho. De hecho tengo la impresión de que no son de verdad. Es decir, que SÍ LO SON, de que VOY a los lugares en los que me sumerjo al cerrar los ojos, de que ME OCURREN todos aquellos desvaríos en fase REM. 

Una de las cosas que me hizo sospechar fue la siesta de 15 días que me metí en el cuerpo el año pasado: mi fantasía duró exactamente lo mismo. Aquella vez pasé la mayoría del tiempo buceando en las Maldivas, detrás de peces gordos y coloridos. Alguno incluso me hizo pasar un mal rato; una barracuda furiosa salió disparada nadando hacia mí y del susto tragué agua como un imbécil. Al despertar fui al médico. No me encontraba bien. El hombre quedó alucinado: me diagnosticó pulmones encharcados y al hacer las punciones sacó ¡agua salada! Creo que incluso mi nombre salió publicado en algún almanaque de curiosidades médicas. Y el sueño era en colores, seguro. No la barracuda, es un bicho gris, feo y macilento, pero recuerdo perfectamente el color del mar, de los corales y de los peces, de los atardeceres. Incluso busqué nombres para los tipos de naranja que encontraba: zanahoria, pez payaso, fuego, calabaza, patapollo, caramelo…

Pero ya veis, esta vez Morfeo me ha llevado ni más ni menos que a Marte. Me paso el día paseando y pateando pedruscos con las manos en los bolsillos. Lo más interesante que me ha ocurrido fue que un par de días atrás tropecé con el Sojourner, el astromóvil de la Mars Pathfinder. También lo pateé, por hacer algo un poco diferente. Le fui cogiendo gusto y al final lo dejé hecho una mierda. Me quedé con las placas solares como recuerdo y después lo tiré por un barranco de unos seis quilómetros de profundidad. Pero ayer me cansé de llevar la plancha en las manos y también me deshice de ella. 

Antes me había estado persiguiendo el Zhu Rong, un Rover chino. Se pasó un par de horas detrás de mí, pero a la que me daba la vuelta, se escondía entre las rocas. Parece un trasto curioso. Supongo que se preguntaba: “¿De dónde ha salido este?”. A lo mejor ha cambiado de táctica y no se está dejando ver, no sé.

También he visto bajar un par de plataformas más. Es bonito cuando aterrizan, bueno, cuando “amartizan”, que esto no es la Tierra. Aunque de la segunda no quedó demasiado. Aquí las tormentas son un poco heavys y acabó pegándose un talegazo tremendo contra una roca. Reconozco haberme reído un buen rato. Llevo algunos trocitos en el bolsillo, a ver si vuelven conmigo cuando despierte. Hay una placa preciosa, doradita y en relieve, en la que se puede leer “Mars Clown Skills”. Me pregunto si se estarán volviendo cachondos en los programas espaciales…

… Levanto otra vez la cabeza hacia el espacio y me vuelvo a marear. ¡Mierda de rojo! Qué harto me tiene. Estoy por tirarme al barranco. En este momento debe haber unos nueve quilómetros hasta el suelo, como mínimo. Con lo alto que está seguro que me despierto antes de estamparme abajo. Intentaré tirarme de pie, no sea que me rompa la crisma al caerme de la cama.

¡Hala, mirad! ¡Ahí aparece el Zhu Rong otra vez!

Ahora lo entiendo. Se está peleando con el Curiosity. ¡Vaya bronca tienen montada! Una maraña de brazos mecánicos a golpes. Están saliendo chispas. Así, a contraluz, queda precioso. Las siluetas se recortan contra el crepúsculo azul. Sí, sí, ¡azul! ¿No lo sabíais? Aquí, cuando se pone el sol, el cielo se vuelve azul. Me lo contó una amiga, pero hasta que no lo vi no me lo creí. Aunque me parece que voy a dar un rodeo, no vaya a ser que pille.

Los americanos y los chinos, siempre a la greña. 

©Enric Gisbert

Manos

Cuando cierras las manos
se pierde el abrazo
y llegan los golpes
amortiguados.

Cuando cierras las manos
la sangre cubre el cuerpo
y el corazón se abandona
en el infinito.

Nadie bebe lágrimas
bajo un abrazo.
Es preciso las manos
para sangrar de amor.

Cuando cierras las manos
mil diablos acuden
desde tu corazón muerto
a llorar sobre mi vientre.

©Nuria Riera Wirth

Imagen de Nino Carè

Sombras

Susurrar a la oscuridad me lleva ante ti.
Gritar a la negra noche me acerca a la tumba.

Los alaridos de los sueños me llevan ante ti.
Y el cuadro pintado al aire lo encierra todo tal como una pesadilla.

©Nuria Riera Wirth

Imagen del sufrimiento de una pesadilla
Imagen de Pete Linforth 

Entre tumbas

Ana nunca fue capaz de olvidar la última vez que pisó un cementerio. De eso ya hacía mucho tiempo y se juró que jamás volvería; ni siquiera para los entierros de familiares o amigos. Pero ahora él había fallecido.

Recordaba todos los detalles de ese día. «Estaba en la bañera del hotel cuando tuvo un sueño revelador: su corazón hecho añicos aprendió a expulsar el amor de donde no debía estar. Mientras se secaba, se sintió preparada para luchar por la reconstrucción de su felicidad. Se arregló con esmero y salió a callejear por el centro de la desconocida ciudad. Llegó a un pequeño cementerio escondido entre calles estrechas. Al traspasar la entrada el barullo desapareció, el silencio vestía el lugar de elegancia y paz. Empezó a caminar despacio, se paró ante cada tumba y estudió con detenimiento el nombre y las fechas de los muertos; unas lápidas bien cuidadas, otras abandonadas e incluso algunas marcadas con una etiqueta que invitaba a llamar al responsable del cementerio. Todas la sorprendían por una u otra razón.

Adorar a los que no están o suspirar por su pérdida es algo que no acababa de comprender. “¿Hay diferencia entre la ruptura amorosa o la muerte de un ser querido? A los dos se les llora y siempre se termina por superarlo. O no.» 

En esos pensamientos estaba cuando escuchó un llanto tras el panteón donde se había detenido. Por curiosidad se acercó y encontró a una mujer mayor arrodillada con un ramo de margaritas blancas entre las manos. Su cara le resultó familiar. Decidió ayudarla a levantarse; la mujer se dejó llevar hasta un banco próximo. Una vez sentadas se miraron detenidamente. Ana se vio reflejada en el rostro de la anciana.

—¿Quién eres? —interrogó extrañada.
—Soy Ana —respondió y, ante la cara de sorpresa de su interlocutora, continuó—. Soy tú.
—¿Cómo? ¿Te burlas de mí? —preguntó.

La anciana negó con un movimiento de cabeza, Ana pensó que era una broma de la vida.
—¿Y por qué estás en un lugar desconocido para mí?
—De esta ciudad no te marcharás, te quedarás por el resto de tu vida. O casi.

No le gustó que le hablara de su porvenir, aunque fuera ella misma. Era como estropear las sorpresas del futuro.
Cuando salgas del cementerio irás a contemplar la puesta de sol y allá te reencontraras con tu amor, el de toda la vida.

—¿Cómo? Él no sabe que estoy aquí y precisamente he venido a olvidarlo —protestó enfadada—. No me ama y hasta ahora no he sido capaz de comprenderlo. Muchos años le he llevado en mi corazón, a la espera de una señal, una palabra y nunca…
—Eso es lo que tú crees —la cortó la anciana—. Tranquila, lo irás entendiendo con el tiempo. Su forma de mostrar amor es distinta a la que esperas porque ambos aprendisteis a amar de diferente manera.

Ana no quería seguir con la conversación y se marchó sin despedirse. “¡Y creer que era mi yo del futuro! Demasiadas novelas.” Solo para demostrarse a sí misma que todo era falso, se dirigió al paseo marítimo hasta llegar al mirador desde donde las parejas de enamorados contemplaban la puesta de sol.

Con lágrimas tristes nublando el horizonte lloró desconsoladamente sintiéndose sola y notando que su corazón seguía roto. Sabía que se engañaba a sí misma al intentar no amarlo. El sol desapareció y se secó los ojos. Al levantarse le vio, guapo, como siempre, y con esa mirada que llegaba al alma; la misma desde que se conocieron. En su mano llevaba un ramo de margaritas blancas.

¿Aceptas mi amistad incondicional para el resto de nuestras vidas? —preguntó él.
El camino de líneas tortuosas del corazón de Ana desapareció. Sonrió y le tendió la mano.»

Estuvieron juntos hasta que él se marchó para siempre y ella, con un ramo de margaritas blancas, volvió al cementerio.

©Nuria Riera Wirth

Ramo de margaritas

OTROS, NADIE Y DESPUÉS… YO

—¿Recuerdas el viaje que hicimos a Creta? Sería maravilloso volver— Decía mi esposa, mientras yo tomaba un sorbo de café.

—Ah sí, estuvo bien—respondí de forma monótona, mientras leía el diario.

—¿De qué sirve hablar contigo? ¡PREFIERO CHARLAR CON LA PARED!—Luego se levantó y golpeó con furia, la silla del comedor. Acto seguido, se marchó dando un portazo.

Ya estoy acostumbrado a este escenario, menciona viajes con un toque de vieja gloria y después, se enfada al ver mi indiferencia. Siento que esta vida no me pertenece y me siento estancado. El vacío se convirtió en mi fiel amante y la rutina se convirtió en su cómplice. ¿Dónde está la respuesta, a este sinsentido? Mi vida se convirtió en un bucle inundado de mierda. Intento buscar otra manera de vivir, pero no logro conseguirla.

Dejé a un lado el existencialismo mañanero, para tomar una ducha e irme rumbo al trabajo. Creí que la espuma de afeitar, se llevaría todo lo malo; al contrario, esta le brindó fuerzas para alterar la tranquilidad que me caracterizaba. No obstante, la voz de mi asistente me devolvió a la realidad.

—Sr. Parra, tiene una reunión a las 14:00hrs con los accionistas—Asentí con la cabeza y me levanté de la silla para ir a la sala de juntas.

Mientras los accionistas exponían sus propuestas para explorar nuevos negocios, un  móvil empezó a sonar de la nada.

—¡PARRA, NO ME DIGA QUE SU ESPOSA ESTÁ ENFERMA OTRA VEZ! —Gritó uno de mis colegas en tono arrogante, pensando que era mi móvil.

—Esther, mi asistente, es la que lleva mi móvil. Si hay una esposa enferma de celos, esa es la suya Riera—Los asistentes rieron con disimulo, mientras que Riera revisaba su americana y sus pantalones, buscando su móvil. El ruido no lo dejaba pensar y al final, vio que su portafolio vibraba con desesperación. Ahí estaba, tenía siete llamadas perdidas de ya sabemos quién. Su rostro estaba tan rojo de vergüenza y furia, que decidió salir.

Mientras Riera solucionaba sus problemas de faldas, yo me dispuse a cerrar el trato con los accionistas. Decidimos invertir en un negocio lucrativo y vivaz, que sería de gran ayuda para la gente. Queríamos celebrar nuestro éxito por todo lo alto, así que decidimos ir al bar de siempre. Todos ordenamos birras de diferentes variedades, comimos y bebimos hasta perder la conciencia. Mis colegas me vieron tan ebrio, que decidieron llevarme a otro lugar. Lo último que pude recordar era un olor dulce, similar al perfume de mujer.

Y ahora estoy, en una sala rodeado de hombres iguales a mí, cuando río ellos me acompañan, al llorar simpatizan con mi dolor. Aunque tenemos los mismos rasgos, la vestimenta es distinta. El primer hombre llevaba un traje elegante, el segundo tenía un atuendo veraniego y el tercero parecía un profesor universitario mal pagado. Todos tenían expresiones sospechosas ¿Acaso tenían algo que esconder? Decidí hablar con ellos, para saber un poco sobre mis enigmáticos acompañantes.

—¿Y tú, qué haces aquí? —Le pregunté al segundo hombre, ya que su estilo no era de fiar.

—Soy Luis Parra, dejé la universidad y ahora soy campeón de surf—respondió con un aire de superioridad, propio de los jóvenes.

—¡No es posible! ¡TENEMOS EL MISMO NOMBRE!—Sin dar crédito a lo que escuché, dirigí la mirada al tercer hombre. Transmite un aura de sensatez, quizás me brinde una respuesta coherente.

—¡Vaya, que yo también me llamo Luis Parra! Pero no abandoné la universidad, ahora soy docente de física en la Universidad de Granada. Estoy preparando un doctorado en Alemania e iré con mi chica, ya que le hace ilusión comprar un piso allá—. El tercer fulano, también me había robado el nombre. Luego, vi de reojo al primer hombre y…

—No me digas, ¿también te llamas Luis Parra?—Deduje en tono de burla.

—En efecto, pero mi profesión es diferente a la de vosotros. Cambié la ingeniería civil por la economía y ahora soy accionista de BetterLife, una multinacional dedicada a mejorar los servicios sanitarios de Europa.

—¡HOSTIA PUTA, TENEMOS LA MISMA PROFESIÓN!—Asustado, empecé a gritarles.

—¿QUIENES SON, QUE QUIEREN DE MÍ?—Perdí la calma mientras chocaba con objetos al azar.

—¡SOMOS TÚ Y NADIE A LA VEZ!—Gritaron al unísono mientras reían como locos. Estaba tan asustado con estos clones baratos, que resbalé y me caí al suelo. Intenté levantarme pero había algo viscoso con aroma metálico, que no me dejaba ir. De repente, las luces se encendieron.

En medio de la cruda, escuché gritos desesperados, sirenas de ambulancia y personas revisando el lugar. Una de las luces empezó a moverse sin cesar, reflejando mi rostro manchado de rojo ¿sangre o vino tinto? Tomé una de las manchas con el dedo índice y me la llevé a la nariz ¡ERA SANGRE! Comencé a revisarme el cuerpo buscando heridas, pero no sentía dolor.

Luego, me di cuenta que estaba rodeado de espejos con miradas perturbadoras, eran las mías. Grité hasta quedarme sin voz y las luces se reunieron en el lugar donde estaba. Toda la sala estaba inundada de sangre y a unos pocos pasos, yacía el cuerpo inerte de lo que parecía una mujer.

Debido a la conmoción, tuve que ir a gatas para distinguir mejor el cadáver y entonces descubrí, que no quedaban cosas que esconder, excepto que ya era demasiado tarde para cambiar mi relación sentimental. No podía deshacer lo que había hecho y en mi defensa, las soluciones ortodoxas para mis problemas personales, estaban fuera de discusión. Al fin y al cabo, había robado lo más importante: el corazón ensangrentado, de la mujer que más amaba.

Contigo no

Se vieron de lejos. Borja venía de la calle; Lorena, del departamento de mantenimiento. Los dos aceleraron el paso para ver quién llegaba antes. Los dos golpearon a la vez el botón para llamar al ascensor. Se tocaron, sin querer.

—Podrías tener un poco de cuidado, ¿no? —le recriminó él, ofendido.

—Algo de cortesía por tu parte tampoco hubiese estado mal —contestó ella con retintín irritante. 

Los dos quedaron frente a la puerta del ascensor. Un silencio tenso se instaló entre ellos. Seguían esperando, sin mirarse a la cara, cuando él comentó:

—Con el puñetero COVID nos hemos vuelto todos un poco paranoicos, ¿no crees?

—Habla por ti. No soy yo la que se molesta cuando le rozan un dedo.

Otro silencio tenso. Quedaron ambos mirando por encima de la puerta, a los números del frontal. Se iban iluminando con exasperante lentitud y en dirección contraria, subiendo despacio…, despacio…, despacio…, hasta detenerse en la planta catorce. El ascensor iba a tardar más de lo previsto…

—¿Quién subirá primero? —comentó ella.

—Los dos, ¿no? —respondió él.

—¡Ni hablar! ¿Y si me contagias?

—¡Oye! ¿No era yo el maniático?

Otro silencio tenso más. El catorce seguía iluminado. Inconscientemente Lorena empezó a dar golpecitos rítmicos en el suelo con el tacón de sus zapatos de charol. Borja la miró frunciendo el ceño. La chica se encogió de hombros en un mudo «¿qué pasa?». Pero dejó de hacer el ruidito. El ascensor seguía sin llegar y el aire entre los dos parecía espesarse y reverberar…

—Sube tú entonces —habló ella, sin poder soportar el mutismo.

—Pues mira, voy a ser galante y te dejaré a ti.

—¡No seas tonto!

—Tonto, maníaco, infectado y poco caballeroso…

—¡Vete a cagar…!

Y otro silencio tenso. Los números por fin iniciaron el descenso: catorce…, trece…, doce…, y así hasta la planta seis, en la que se volvió a parar. De los nervios, Borja metió la mano en el bolsillo y se puso a rascarse la ingle. Al mismo tiempo hacía chasquidos entre los dientes a la caza de algún “paluego” de la comida del mediodía. Lorena puso los ojos en blanco.

—¡Oooohhhh, Dios! ¿Sabes qué? Se acabó la tontería, no te aguanto. Me voy por las escaleras —espetó.

—De eso nada, ¡por las escaleras voy yo! —repuso él, autoritario.

Y arrancaron a correr empujándose por el pasillo, ¡a ver quién llegaba antes! Ella perdió un zapato; él las gafas de un manotazo. Abrieron la puerta. ¡Blam! Casi la sacan del quicio al intentar penetrar los dos a la vez en el vestíbulo de la escalinata.

No había llegado aún a la segunda planta y ya se estaban besando apasionadamente.

@ Enric Gisbert

Nota de prensa: éxito literario basado en una vida anónima.

Philip Marlowe murió en el naufragio a la edad de 61 años. No dejó familia ni a nadie que le recordara, pero dos décadas después apareció una caja con varios objetos personales. De ella se extrajo la información necesaria para escribir una novela sobre su vida, una biografía ficticia basada en la interpretación del contenido.

Philip, sin familia, sin amores conocidos y cansado de todo, decidió celebrar el paso de los sesenta años a bordo de un crucero por el Pacífico. Cuando zarparon de Los Ángeles y para evitar el mareo del movimiento del barco empezó a beber sin mucho freno. Eran sus primeras vacaciones y quería disfrutarlas. Con la petaca en el bolsillo de la chaqueta se paseó por las cubiertas en busca del casino, la sala de juegos o el bar donde jugar una partida de póker. Aficionado a las apuestas y adicto a la adrenalina no quería aguardar al hundimiento del barco. Una vez encontrado el salón de juego se sentó en una mesa redonda a la espera de la llegada de jugadores. La primera fue una dama de buen ver, aunque de dudosa reputación, ya conocía bien a las de su calaña. Gracias a su paciencia y observación, perfeccionadas por décadas de profesión, había conocido a todo tipo de mujeres que enredaban a sus maridos con propósitos económicos. Al rato llegaron dos hombres más, amigos y acicalados con mucha clase. Marlowe se sintió fuera de lugar con su desgastado traje. 

Jugaron durante dos horas. Las apuestas y las ganancias fluctuaron igual que las olas del océano. El humor de Marlowe se embraveció cuando la dudosa dama le guiñó un ojo; se enfadó como la tormenta que se estaba desatando en el exterior.  Las mesas del bar sujetas al suelo evitaban desplazarse, pero los pasajeros empezaron a notar el exceso de movimiento. Escuchaban gritos en cubierta: damas en apuros y marineros dispuestos a ayudar. 

Philip dudó de la honestidad de sus compañeros de juego, dudó de lo que sus ojos veían, dudó de todo por el exceso de tragos. Y, en un ataque de furia, acompañado por las olas que sobrepasaban el puente de mando, tiró las cartas, recogió las ganancias de sus oponentes y salió a cubierta. Allí encontró la peor tormenta que había presenciado en su vida. Se creció, se sintió fuerte y con la postura más firme permitida por su ebriedad, mantuvo el equilibrio y empezó a lanzar derechazos al mar como el mejor boxeador. 

Mientras una manga marina, que se acercó por la popa, se lo tragó junto con todo aquel que estaba en cubierta.

©Nuria Riera Wirth

El silencio tras los discursos

En la toda la historia, los discursos de los grandes dirigentes sirven para ocultar el incómodo silencio de los que sufrieron guerras fratricidas. Mientras que Franco Tudjman envalentonaba a su pueblo para recuperar el esplendor de la Gran Croacia, su homónimo serbio, Slovodan Milosevic hacía lo mismo por la Gran Serbia. Entre tanto griterío, disputas y sentimiento patrio, en 1991 ambos firmaban un acuerdo para dividirse Bosnia.

Franko Tudjman (primer presidente de Croacia y Slobodan Milosevic (ex-presidente de Serbia)

Los gritos de ¡Vukovar¡, ¡Vukovar!, rugían en las gargantas de miles de manifestantes en Split en el 95. El ejército croata acaba de tomar la región autónoma de Krajina, y preparaba su embestida para retomar Eslavonia, ambas de mayoría serbia y dentro de las fronteras de la joven república croata. Gritos que ocultaban a la prensa internacional la masacre croata mientras los periodistas ponían las manos sobre la cabeza haciéndose eco de la masacre de Sebrenica en bosnia por parte de los serbios. Tudjman ganó, y su liderazgo, repleto de propaganda y totalitarismo racista fue aplaudido mientras que el de Slobodan fue criticado y hostigado.

Un hecho que se repite en toda guerra, no solamente en las balcánicas. Como Beto me hizo ver durante mi periodo en África.

Beto era el chofer de nuestra oficina y siempre estaba dispuesto a ayudarnos. En una tierra tan hostil y burocratizada como Angola, un autóctono es el mejor bastón para moverse. Desde el primer momento, mis compañeros españoles me comentaron que había sido soldado en la guerra civil angoleña, pero que no solía compartir su experiencia.

Era hombre de familia, presumido, de mirada infantil y curiosa, que vivió un episodio traumático. La tensión de la guerra nunca desaparece, sino que se oculta en una máscara. En momentos de confrontación, cuando algún gatuno nos incordiaba o teníamos problemas con algún miembro de alguna empresa pública del país, su rostro se transformaba en una expresión seria, estoica y agresiva. La sonrisa desaparecía y sus labios se volvían taciturnos y severos en cada palabra.

Tras meses desplazándonos por las ruidosas y descuidadas calles de la capital, rasgó el silencio del combatiente, conocedor de mi interés en guerras civiles.

-Luché para el MPLA. – me dijo tomando una curva antes de detener el todoterreno en otro de los infinitos atascos de la ciudad. – Bueno, me llamaron a las armas. Me dieron un fusil y me enviaron a un puesto en medio de la jungla. Casi 30 días ahí perdido, esperando a un enemigo que no se asomaba y rezando a no tener que disparar. Nunca he matado a nadie y estaba nervioso, asustado. Lo hacía por mi familia- añadió acelerando de nuevo y quemando las robustas marchas del Toyota Hilux.

Calle de Luanda al atardecer. 2018

Y es que la UNITA era el rival. Pero eran angoleños, no los portugueses que les habían dominado durante 400 años. Ya no era una cuestión de libertad sino de poder, de traición entre sus líderes, y de ambición edulcorada con propaganda y preciosos discursos que ocultaban el hambre y la muerte. Era normal ver familias dejar morir a sus hijos para salvarse ellos. Niños pidiendo comida por la calle, mendigando o uniéndose a cualquier brigada solamente para poder llevarse algo a la boca.

El hambre en el estómago engorda a las tropas. La cena diaria es la recompensa a las balas disparadas y los hermanos abatidos.

-A la vuelta de mi hogar, no pude más. Mi hermano estaba combatiendo en el frente y mi familia apenas existía. No tenía para quien luchar. Así que decidí irme a Luanda, a buscarme la vida.

Y es que la capital era el único sitio dónde UNITA no había conseguido entrar. Dónde se podía alimentar uno sin depender de un fusil, dónde la guerra no había llegado. Huyó, con el riesgo que suponía. En un país, plagado de minas, en territorios cuyo control cambiaba cada día, era una hazaña. No se podía fiar de la comunicación por radio. Las noticias estaban manipuladas por ambos bandos, y muchas veces, cuando conseguía sintonizar una emisora, desconocía de quién era la señal.

Llegamos a nuestro destino, el edificio de algún ministerio corrupto, donde había escritorios sin ordenadores y trabajadores que miraban por la ventana, haciendo que trabajaban. Se situaba próximo a la Plaza Independencia donde, una estatua de bronce de Agostinho Neto señala la carretera de más de 50 kilómetros que se adentra al continente, señalando el futuro de Angola. Un futuro desde la capital a las provincias

-Allí. – me dijo con un portugués colonial, abierto y fácil entendible para un castellano parlante. – es donde salió Agostinho Neto a hablar y decir que ya éramos libres. ¡Imagínate, después de siglos de control portugués! ¡Fueron las primeras palabras como pueblo libre! El discurso fue precioso.

Pero aquel sueño se truncó cuatro años más tarde, cuando falleció de forma misteriosa en Moscú.

– ¡Epa!, yo soy un simple chófer, no sé mucho, pero hay historias, algunos dicen que lo mató Dos Santos, otros que fue negligencia de los rusos. No lo sé, soy un angoleño más. Solamente quiero una vida tranquila, que no vuelva la guerra y que mis hijos no tengan que sufrir lo que tuvimos que vivir en aquel conflicto.

Y es que, tras la muerte, Dos Santos se adueñó del sueño y discurso del fallecido Neto y lo dirigió hacia el general Savimbi, líder de la UNITA cuya idea de Angola estaba lejana a la del MPLA.

Durante aquellos meses que compartí coche con Beto me ofreció algunas pinceladas que ocultaban detalles más personales. Baúles de recuerdos cerrados para el resto de las personas, experiencias de un soldado, difíciles de digerir por un tercero.

En el bullicio de la monstruosa Luanda, miles de personas guardan silencio, ocultando las barbaridades que cometieron o aceptaron bajo un estandarte. Intentando justificar sus actos para no caer en la locura. Igual que en Vukovar, igual que en Belgrado. Mientras las divisoras voces de Tudjman, Milosevic y Dos Santos retumban en la historia, tres ciudades que se unen bajo el silencio del combatiente.